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Que el acuerdo con la UE no tape la macro

06 de julio de 2019

La polarización entre el kirchnerismo y Cambiemos, ambos ampliados con alianzas que hace poco parecían sumamente improbables, ejerce también su impacto en los negocios.

Un sector relevante del empresariado argentino rechaza la idea de volver a las políticas económicas del último mandato de Cristina Fernández de Kirchner, donde numerosas regulaciones y restricciones le impedían hacer sus negocios como pretendía – para bien o para mal -. Pero esto no significa que Cambiemos cuente con esos votos, al contrario, en los últimos meses cada vez más la duda es qué propondría en términos económicos un segundo mandato de Macri que pueda entusiasmar a las empresas argentinas.

Ya no se trata sólo del incumplimiento de las promesas de campaña de Macri, desde el control de la inflación, pasando por la pobreza cero y la lluvia de inversiones, hasta la eliminación del impuesto a las ganancias a los trabajadores. El vacío de propuestas del macrismo también se ha demostrado en aspectos donde no se lo esperaba, como la política económica en general y (más previsiblemente) la política industrial en particular.

Así, el escenario ante un eventual triunfo del oficialismo en las elecciones de fin de año se presenta con una gran dosis de incertidumbre. ¿Cuál va a ser el horizonte para las empresas industriales en los próximos años, dónde habrá negocios a los que apostar y dónde se crearán puestos de trabajo de calidad? No hay respuesta a esa pregunta desde la Casa Rosada.

Por ahora todo indica que se seguirá transitando un sendero con la menor intervención estatal posible y apostando a la esperanza de que la Argentina se transforme en el supermercado del mundo sólo por impulso del sector privado. En este contexto, el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea puede resultar sumamente dañino para muchas firmas industriales locales. ¿Por qué?

A grandes rasgos, el 60% de las exportaciones locales están formadas por Productos Primarios (PP) y Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA); y el resto son mayormente Manufacturas de Origen Industrial (MOI) que generan mayor valor, mayores encadenamientos y más empleo. Sin embargo, cuando tomamos sólo a la UE como destino, los PP y las MOA equivalen a alrededor del 80% de las ventas allí dirigidas.

En contraposición, cuando tomamos como destino el Mercosur, las exportaciones industriales alcanzan el 65% del total; esas exportaciones ahora competirán con la mayor productividad de la industria europea, lo cual sin dudas les restará mercado en los países vecinos.

En contrapartida, las importaciones que Argentina concreta desde la UE se comportan en forma similar a la de cualquier otro origen en el resto del mundo: el 70% de nuestras importaciones están formadas por Bienes de Capital, Piezas y Accesorios y Bienes Intermedios.

En forma simplificada, hoy la inserción en el comercio bilateral con la UE posiciona a la Argentina como exportadora de bienes de escaso valor agregado (mayoritariamente harina de soja y en menor medida carne), e importadora de bienes de alto valor agregado.

Sin negar la necesidad de inversiones y capacidades tecnológicas para producir los pellets de soja, Argentina carece de una oferta suficiente en otros sectores que pueda competir de igual a igual con la alta productividad que ya poseen las firmas europeas.

Así, de no mediar cambios en la política industrial, lo que seguramente suceda es un proceso de segmentación muy marcado en el ámbito empresarial argentino. Las empresas que ya son competitivas hoy podrán acceder a nuevos mercados: en general, sectores tradicionales vinculados a los altos rendimientos del suelo y subsuelo argentinos o nichos específicos en industria y servicios. Por otro lado, las que están en el límite y aquellas menos productivas difícilmente sean capaces de competir con los productos de las empresas europeas.

Si sumamos las inconsistencias macroeconómicas existentes y persistentes en la historia argentina, que introducen una excesiva incertidumbre en las apuestas de negocios de las firmas argentinas, el acuerdo puede resultar muy perjudicial: a un entramado industrial golpeado, se le exigiría un salto de productividad que no puede dar por sí solo.

En cambio, si se supone otro contexto político y económico, el acuerdo puede motorizar un sistema dinámico de intercambios que resulten en una mayor productividad industrial. No se trata de intentar sostener barreras arancelarias eternas, que tienden a eternizar posiciones monopólicas sin requerimientos de inversión en investigación y desarrollo.

El punto es cómo pensar la transición hacia una economía con niveles competitivos de productividad, contribuyendo a mejorar en lugar de tomar la “salida fácil” de destruir el entramado productivo ya existente.

Pero más allá del acuerdo, hay otra cuestión no menor, íntimamente ligada: la disponibilidad de divisas. La Argentina atraviesa desde hace décadas un problema que no ha podido resolver entre lo generado por un sector exportador competitivo centrado en productos derivados del suelo, y la importación de insumos industriales necesarios para el normal funcionamiento y el crecimiento de la actividad.

En la actualidad esta condición puede parecer secundaria, puesto que se han acumulado Reservas Internacionales en el Banco Central y al menos por algunas semanas el dólar se mantiene estable. No obstante, existe una masa de Leliq de alrededor de $1.000.000 millones que pueden volcarse al dólar en cualquier momento en que las enormes tasas de interés les resulten insuficientes ante un riesgo de una nueva devaluación.

El proceso de endeudamiento masivo de los últimos años no se tradujo en una mayor capacidad de repago y los vencimientos de esa deuda paulatinamente presionarán para que suba la cotización del dólar. Por pago de intereses, para 2020 hay desembolsos previstos por USD 10.000 millones, más USD 17.000 millones de vencimiento de capital sujetos a renovación.

En ese contexto, el acuerdo con la UE podría generar un impulso a las exportaciones, pero con un techo limitado ante la falta de políticas para que nuevos sectores puedan competir en el mercado europeo.

Sólo con esa mejora comercial no alcanzará para que Argentina se asegure los dólares que necesita para que su economía funcione. Pagar sus deudas, permitir que las empresas extranjeras se lleven sus ganancias, concretar importaciones de bienes de capital, insumos y bienes de consumo e incluso solventar el ahorro en dólares de la parte de la sociedad que así lo demanda no son detalles que vayan a solucionarse sin una perspectiva financiera y productiva clara a futuro.

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