La pesada herencia cultural

30 de septiembre de 2019

Nahuel Sosa. Sociólogo. Director del Centro de Formación y Pensamiento Génera e integrante de Agenda Argentina

Marcos Fernández. Gestor cultural. Integrante del Movimiento de espacios culturales y artísticos (MECA).

Todo debate es político. Siempre implica contradicciones, controversias y conflictos. A su vez, los debates tienen distintas intensidades y formas. Algunos son más visibles, otros están más ocultos, pero no por ello son menos importantes. Podríamos decir que los debates se ganan y se pierden, pero es una verdad a medias. Quizás sea mejor pensar que “ganar” un debate es, al fin de cuentas, dirimir qué tipos de valores, ideas y maneras de ver el mundo son los que predominan en una sociedad.

Por eso, la oposición tiene el desafío de transformar el triunfo electoral de las PASO en un triunfo cultural. Un aporte clave para la construcción de una nueva hegemonía que supere, definitivamente, la filosofía política que encarnan Durán Barba y Marcos Peña, que deja una pesada herencia económica y también cultural.

Y ese triunfo se construye si se involucra al conjunto de la sociedad civil en un nuevo debate social que pueda transformar la bronca en esperanza. Que sea capaz de estimular una democracia de alta intensidad y de recuperar el quehacer político como práctica transformadora. Que haga -también- de las acciones colectivas -como el flashmob o las asambleas ciudadanas- una forma de disputar la individualización que nos impuso una cultura exitista y frívola.

La victoria contundente del Frente de Todos también arrojó una esperanza sobre la ciudad, donde existe la posibilidad concreta de romper con doce años de hegemonía macrista. Cuna y laboratorio para el despegue nacional del PRO, hoy Buenos Aires puede convertirse en la plataforma de salida para el proyecto de ajuste y pobreza iniciado en 2007.

El macrismo no es apenas un producto de buenas estrategias de marketing. Cualquier tipo de subestimación impide confrontarlo con cierto éxito. Esta nueva elite ha logrado elaborar valores y sentidos identitarios que conectan con una parte significativa de la sociedad, especialmente con los sectores medios urbanos porteños.

En su nacimiento, el PRO fue capaz de contener diversos actores de la sociedad civil como Fundaciones, ONGs, institutos privados, think-thanks. Esta nueva elite conformada principalmente por multimillonarios, profesionales liberales y CEOs parte de una esencia política que propone opciones innovadoras y que hace de los conceptos de modernización, meritocracia y emprendimiento, los pilares fundamentales para el desarrollo de su proyecto histórico.

La Alianza Cambiemos logró la expansión y la penetración de un relato posmoderno vacío, que fetichiza lo privado y sólo apela al derecho individual como forma de elevar el bienestar. Generó, además, un nuevo tipo de subjetividad y un desplazamiento en las expectativas de los individuos.

Algunos de los valores que le permitieron a la élite gobernante conectar con amplios sectores medios urbanos fueron la cultura entrepreneur, la modernización, los timbreos, el punitivismo recargado, las mascotas, la meritocracia, los “ciudadanos de bien”, la autorrealización y meditación. Es ahí -entonces- donde la batalla cultural deberá dar respuesta.

Se pueden ganar las elecciones. Sin embargo, para enfrentar este escenario de crisis necesitamos desplegar un proyecto cultural federal. Desde lo simbólico, la reconstrucción del tejido social, el afianzamiento de lazos, pero también desde lo económico. En las ciudades y en los pueblos de todo el país.

Sería un grosero error entender la inversión cultural como un gasto. En tiempos de crisis, la cultura es clave para contribuir a encender la economía. Hay múltiples industrias culturales públicas y privadas, y alrededor de ellas no sólo se generan bienes culturales sino también una economía pujante.

La cultura será una herramienta central para luchar contra los efectos de la exclusión y la desigualdad. A su vez, se puede recuperar y multiplicar la capacidad de exportación de bienes y servicios culturales, contribuyendo al desarrollo de una economía nacional que funcione.

La Ciudad de Buenos Aires tiene que ser parte de ese proceso. Si quiere recuperar su lugar de gran capital cultural latinoamericana, tiene que convertirse en un engranaje fundamental de una Argentina más federal. El encuentro y la articulación entre Nación, Ciudad y las provincias y municipios que promuevan la integración, la cooperación y el fortalecimiento de las identidades es fundamental para el proceso que se abre.

En este escenario, es clave el impulso a las culturas emergentes y alternativas, respetar las identidades y las diversidades, construir efectivamente una soberanía cultural con lógica descolonizante, que valorice el diálogo social y la comunidad.

Son muchos los desafíos porque es grande el desorden. Pero, sin dudas, de esta crisis se sale con más debate, más política y más cultura.