Lo que nos ocupa es esa abuela...

13 de noviembre de 2019

…La conciencia que regula al mundo”, cantaba Invisible, el trío de Spinetta-Pomo-Machi. Probablemente una forma de expresar su mirada respecto del sentido común reinante a mediados de los setenta mientras la Argentina transitaba a velocidad crucero desde el “luche y vuelve” hacia “los argentinos somos derechos y humanos”.

Hace unos pocos días, mientras Alberto Fernández mantenía su conciliábulo con Roberto Lavagna, su desaparición por unas horas del radar periodístico que sigue al Presidente electo generó una movida en redes que especuló sobre su estado de salud. Tal runrún de twiteros hizo que algunos medios -cómo Perfil- usaran el runrún como fuente para publicar la duda. Fernández usó las mismas redes sociales para cerrar el episodio imputando a Marcos Peña fogonear la actividad en la red del pajarito y señalando elípticamente la responsabilidad de Perfil de publicar el chisme malicioso como noticia. Todos los involucrados estuvieron por un rato ocupándose de esa abuela, la conciencia que regula al mundo que hoy se construye tanto desde los zócalos de los canales de noticias y las líneas editoriales de los grandes medios como desde la acumulación aluvional de hashtags, likes y compartidos que mezclan en una plaza virtual a cientos de miles de usuarios que subsumen en esta categoría el cada vez más obsoleto concepto de “ciudadano”. El problema es que estos usuarios y estas plazas también pueden ser “aparateadas”. Hoy no es la fuerza de choque de un sindicato la que se abre paso para copar un acto. Ni una facción de la barra la que toma el dominio del paravalancha. Hoy una cantidad determinada de recursos técnicos y humanos comandados por quien los financia logran perforar y teñir el espacio público dónde se construyen las ideas centrales de una sociedad y esta ecuación vuelve a poner en el centro del debate los efectos colaterales de esta fase del capitalismo, su pulsión natural a ordenar a la sociedad como mercado y fomentar los monopolios.

Como consecuencia de la concentración de las tres redes sociales mas grandes del planeta (Facebook, Instagram y Whats up) Zuckerberg es el sumo pontífice de la comunicación virtual de la especie humana, pero a diferencia del Papa, Mark sí puede saber online de pecados y demases de los usuarios de sus redes. Y en este rol de máximo responsable estuvo en estos días paseando ante los congresistas de la madre patria, dónde los demócratas, empezando por la propia Hillary Clinton, lo acusan de haber manipulado a los usuarios/ciudadanos/votantes en las últimas elecciones favoreciendo la divulgación de noticias falsas y ayudando, así, al empinamiento de Donald Trump en la Casa Blanca. Entre las variadas perlas que dejó Zuckerberg en su visita al Capitolio la más notoria fue su admisión acerca de la ausencia de voluntad de detectar cuando bajo la inocente pátina de contratar publicidad los clientes de Facebook pagan por la difusión de noticias falsas. “¿Qué harías al respecto?” le preguntaron, “Bueno…en principio está mal mentir”, fue su lacónica respuesta. Frente a la interpelación para suprimir esos anuncios o directamente de rechazarlos antes de que circulen, hizo gala de un raro humanismo al referir que la “gente debería por sí misma decidir a quién votar y a quien no”.

“Está mal mentir” dijo Zuckerberg, pero dio a entender que no estaba mal monetizar las mentiras. En su caso, un simple negocio de prestación de servicios cuyo rasgo mas saliente es la cartelización del tráfico en redes sociales cuya conclusión primaria es que aquel que pone mas plata puede hacer que su mensaje llegue más que el que pone menos o no pone. Pero la deriva de este básico del capitalismo es que la conciencia moderna -la forma en que percibimos lo que nos rodea, nuestra propia concepción del ser/estar de personas, hechos, cosas- está puesta en venta y tiene el precio que Zuckerberg le ponga al pautado publicitario de sus redes sociales. Y esto, sin siquiera adentrarnos en el otro portal intrigante de este universo, que hacen con los datos que juntan al tiempo que modulan nuestra conciencia, es francamente escalofriante y a la vez desafiante. Quizás podamos empezar a pensar el oxímoron del fin del capitalismo desde este lugar.

“Dime Nena Ya! /Como estás despierta?”

Date un recreo y escuchá a Invisible

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