Imbassaí, un paraíso en el nordeste de Brasil

01 de septiembre de 2019

A sólo una hora de auto desde el aeropuerto de Salvador de Bahía, entre Praia do Forte y Costa do Sauipe, se ubica Imbassaí, uno de los destinos resorteros más elegidos del nordeste brasilero. Mar turquesa, cocoteros y tortugas gigantes componen el paisaje de esta increíble reserva natural.

Desde las afueras de Salvador de Bahía y durante casi 200 kilómetros se despliega la Costa dos Coqueiros, una extensión de playas amplias y grandes resorts que muchos han llamado la nueva “Cancún brasileña”. En esta parte del nordeste de Brasil se configuraron destinos como Praia do Forte y Costa do Sauipe, en donde el gobierno de este país dio vía libre a la llegada de grandes cadenas hoteleras durante los últimos cuarenta años. Hace relativamente poco, el nombre Imbassaí empezó a sonar fuerte entre los operadores turísticos de todo el mundo: se trata de un pequeño pueblo de pescadores, a la vera de un río de agua dulce que desemboca en el océano turquesa; una increíble reserva natural con dunas, pantanos, cocoteros y arenas blanquísimas, en donde desembarcó también uno de los resorts más elegidos por el público argentino.

Muchos aquí en el nordeste se jactan de que las playas son más bonitas que las del Caribe mexicano. No sólo el clima es amable durante todo el año (25 grados promedio), sin huracanes ni grandes tormentas que lamentar, sino que tampoco hay que cuidarse del sargazo, el mar de algas que ha tomado por asalto la Riviera Maya. En Imbassaí no hay grandes preocupaciones: son nueve kilómetros de arenas que se pierden en el horizonte, lamidas por un mar siempre templado, que a veces devuelve a la costa alguna tortuga gigante que perdió el rumbo como Doris.

El pequeño pueblo de Imbassaí tiene menos de 2.000 habitantes y está cortado al medio por el río del mismo nombre y por la “Línea Verde”, una ruta turística de doble vía que arranca en Salvador y discurre durante 142 kilómetros. Es en verdad una aldea de pescadores, que parece detenida en el tiempo, en donde se han instalado una docena de posadas, algunos restaurantes, boutiques y el clásico mercadito de artesanos.

Esta franja costera, que se extiende durante 193 kilómetros hasta Mangue Seco, fue apodada Costa dos Coqueiros gracias al hijo bastardo de Tomé de Sousa, primer gobernador del Brasil, que en 1554 plantó cocoteros en toda la extensión y construyó su propio castillo (“El castillo del bastardo”), con ladrillos ensamblados a base de arena y ojo de ballena. Durante siglos, estas plantaciones fueron el medio de vida de los lugareños, así como la pesca del pez vermelho y el atún.

Cancún "a la brasileña"

En sintonía con la cadencia lenta de los pobladores, típicamente nordestina (“el trabajo es sagrado, no lo toque”, dice un refrán local), creció a ritmo fuerte este “Cancún a la brasileña”, en donde operan varios mega hoteles de capitales extranjeros (españoles, portugueses y hasta coreanos). Estos gigantes ofrecen casi 3.800 habitaciones entre todos y dan trabajo a 4.000 personas, es decir un promedio de casi un empleado por cuarto.

Entre los resorts destaca el Grand Palladium Imbassaí Resort & Spa, porque está inmerso en la reserva natural, separado del océano por un puente de madera sobre la mata atlántica, sólo custodiado por monitos tití, iguanas y aves multicolores. El hotel es una ciudad en sí misma: tiene cuatro enormes piscinas (un auténtico parque de agua), 13 bares, cuatro restaurantes -comida mediterránea, japonesa, espeto corrido- y un spa de vanguardia. Todo se rige con la modalidad del cinco estrellas all inclusive y el perfil es familiar, aunque los adultos también tienen su espacio de libertad en piscinas exclusivas “libres de niños”.

Al estar situado en el corazón de una reserva natural, el Grand Palladium encara acciones de responsabilidad social con el medio ambiente, desde la gestión de residuos, el uso racional del agua y el dictado de talleres de reciclaje para los más pequeños, a quienes también se enseña sobre la conservación de las tortugas marinas, verdaderas estrellas de la zona.

Zona de tartarugas

A unos minutos de Imbassaí se encuentra Praia do Forte, algo así como la capital brasileña de las tortugas marinas. Es un pueblo pintoresco, con una calle principal adoquinada que desemboca en la iglesia de San Francisco, sobre una bahía abierta con botes siempre coloridos. En este punto preciso está la entrada al predio del Proyecto Tamar, una ONG abocada a proteger a las enormes tortugas verdes de la extinción en la costa de Brasil. El complejo de Tamar está ubicado sobre la costa y a lo lejos se despliega el mar azul con sus barreras de coral, que se tapan o destapan según los caprichos de la marea.

Esta ONG tiene el mérito de haber salvado a las tortugas marinas de su extinción total durante los ’80. Estos reptiles fueron devastados por la pesca industrial, porque quedaban prisioneros en líneas kilométricas de 60.000 anzuelos. Durante décadas, la legislación brasileña intentó frenar la masacre y, cuando finalmente puso un límite a la pesca (se modificó la fisonomía de los anzuelos para que las tortugas no se engancharan), apareció un nuevo enemigo: el plástico. Hoy día, la mayoría de las tortugas verdes que aparecen sobre la costa, completamente exhaustas, han sido atrapadas en restos de plástico arrojados por el hombre.

La visita al predio de Tamar cuesta 26 reales y tiene piscinas con mantarrayas y tiburones lixa, que casi siempre duermen en los fondos cavernosos del mar. También funciona un hospital de urgencia en donde siempre se está recuperando alguna tortuga, para ser devuelta al mar cuando tenga su alta médica.

Paseando por Salvador

La Costa dos Coqueiros está muy bien si uno quiere playa, cocoteros y tragos al borde de la piscina. Pero una visita a Salvador, aunque sea por el día, se impone. Además del tour por las iglesias del barrio histórico, es la oportunidad de descubrir en carne propia los contrastes de la región nordestina en su máxima expresión. En Salvador conviven el metro cuadrado de oficinas más caro del país, sobre la avenida Tancredo Neves, con favelas gigantescas, como la Pernanbuez, la Gamboa, o una enorme crackolandia (zonas liberadas para el consumo de crack) con vista al mar.

Salvador respira la herencia africana en cada rincón del Pelourinho, su centro histórico, en donde los barcitos, que venden cantidades industriales de cerveza, conviven con las vendedoras de acarajé (bocadillo típico bahiano), los bailarines de capoeira y un clima de fiesta que no se detiene nunca. Esta vendría a ser la “ciudad alta”, separada de la “ciudad baja” por el Elevador Lacerda, que recorre 72 metros en vertical y transporta 128 personas.

En el Pelourinho bien vale la pena visitar el Complejo Franciscano, con dos edificios característicos que coquetean entre el barroco portugués y el barroco hispánico, y las doradas iglesias de Rosario dos Pretos y San Pedro de los Clérigos.

Además del tour por el centro histórico, se recomienda visitar la Iglesia Bomfin, en donde confluyen la religión católica y las vertientes afrobrasileñas. El ritual en esta caso es comprar una cintita de colores y, mientras se pide un deseo, atarla a la reja exterior del edificio.

Si queda tiempo, se podrá pasar por el fuerte de Montserrat, un hexágono perfecto con una vista privilegiada sobre la bahía, testigo estelar de las luchas navales más encarnizadas entre holandeses y portugueses.

Después de esta inmersión soteropolitana (es el extraño gentilicio del habitante de Salvador), llegará el momento de emprender el camino de regreso a Imbassaí: tomar la avenida Beira Mar, pasar por el puerto y el faro de Barra para luego enfilar por la Línea Verde hasta la zona de resorts, en donde, seguramente, el trago largo estará esperando al borde de la piscina.

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