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Tarjeta Alimentar: el odio de ayer, de hoy y de siempre

06 de marzo de 2020

Por Antonio Colicigno y Mauro Brissio

Cuando pensábamos que las miradas cargadas de resentimiento de los que más tienen ―o creen tenerlo― hacia los que empiezan a tener un poco más se habían acabado, la realidad nos golpea de un sopapo y leemos en las redes sociales comentarios que se hacen eco en las denigraciones que sufrieron los trabajadores del interior del país durante toda la etapa del peronismo y que hoy vuelven en forma de odio de clase para sostener que “los negros se gastan los planes sociales en ropa de marca”.

Los niveles de aporofobia —término creado por Adela Cortina— esto es, rechazo u odio al pobre, están llegando a niveles que desde la década del 40’ no se veían. Usted lo habrá visto. Se sustenta en la apatía, en la indiferencia, en agresiones, insultos, actos de discriminación hacia los que menos tienen. En gran parte, promovidos por los medios de comunicación que reproducen la ideología dominante de la elite local para menospreciar a los que se encuentran por debajo de la línea de la pobreza, al mismo tiempo, que exalta valores de cotillón como la meritocracia y el individualismo.

Es que no falla, nunca lo hace. Siempre que se invierte la ley de gravedad y se comienza a derramar de abajo hacia arriba, los que estaban acostumbrados a llevarse la tajada más grande son los primeros en tocar el pito por el temor a que se extingan sus privilegios de clase, dejando en evidencia que existe una correlación directa entre las expresiones de discriminación con la clase a la que pertenecen sus voceros o, como volvemos a decir, creen pertenecer.

Pero también los que tocan el pito son los sectores que pertenecen a la llamada «clase media» y a los que se les ha colonizado el sentido común con representaciones falsas que, de tanto repetirse, se instalan como verdades absolutas o, como diría el que más sabe de los nuestros, Arturo Jauretche, como «zonceras». Esta clase media busca reflejarse en un espejo que no le pertenece pero que piensa que, por haberse comprado gracias a un proyecto de distribución de los ingresos un 0km o un departamentito, puede repetir el odio de clase de los que más tienen.

En el imaginario colectivo de nuestra elite local y de nuestra clase media, ellos creían ―como consecuencia de un proyecto oligárquico de país― tener el monopolio físico y simbólico de las prácticas del consumo, un espacio que se convertirá en la arena política de tensiones por la distribución y apropiación de objetos, espacios y significados (Milanesio, 2014) y que, a la luz de los últimos acontecimientos que se hicieron sentir en las redes sociales, continúa hasta nuestros días. Odio, resignación, bronca, son los sentimientos y emociones que saltan a la vista cuando leemos comentarios en relación al uso que le dan los sujetos de derecho a la Tarjeta Alimentar.

Son las mismas expresiones a la que nos tienen acostumbrados. Siempre que aparece un proyecto progresivo, que dota de libertad a los de abajo, el odio de ayer reencarna en el hoy. Una libertad que, hasta la irrupción de la Justicia Social, era exclusivo de los de arriba. Una libertad que significó el fin del monopolio del consumo de las minorías a partir de la democratización de los bienes y servicios desde el polo de la oferta y la demanda, esto es, no solo convenciendo a los empresarios para que fabriquen para un nuevo segmento, sino también, haciéndole entender a los trabajadores que ese era su derecho.

El propio Luis Alberto Romero, que nadie ubicará en la defensa del peronismo, sino todo lo contrario, lo reconoce: “Estimulados y protegidos por el Estado peronista, y aprovechando una holgura económica novedosa, los sectores populares se incorporaron al consumo, a la ciudad, a la política. Compraron ropas y calzados, y también radios o heladeras, y algunos las motonetas que el líder se encargaban de promocionar. Viajaron por el país, gracias a los planes de turismo social, y accedieron a los lugares de esparcimiento…ejercieron plenamente una ciudadanía social, que nació íntimamente fusionada con la política” (Romero, 1995).

Obviamente, los sectores de menores ingresos se volcaron a un frenesí de un “consumo superfluo desmedido”, recuerda una mujer de Recoleta. Claro, cómo no hacerlo cuando durante años se vistieron con bolsa de papa porque no les alcanzaba para un saco, camisa y corbata. Pero estaba mal ―según la mirada prejuiciosa― porque lo que pretendía el imaginario colectivo era que los que menos tienen se sometan a privaciones y ahorren, cuando ellos lo único que deseaban era gastarlo para comprarse aquello que tanto anhelaban: joyas, chucherías, zapatos, carteras, cosméticos y entretenimiento; quedando representados como gastadores, ostentosos y vulgares.

Pero las necesidades de ayer no son las mismas que las de hoy, porque tras cuatro años de un Estado que solo benefició al sector más rico, la democratización del consumo experimentó un gran retroceso. De hecho, según la Cátedra Unesco en base a los datos de la EPH-INDEC, el ingreso promedio de los asalariados no registrados al tercer trimestre de 2019 fue de $12.744 , muy por debajo de la canasta de bienes y servicios. Además, en el mismo año, se experimentó una caída del 11,6% en las ventas de los comercios minoristas según la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME).

En este contexto, el hambre se ha convertido en la necesidad urgente y el camino obligado que hay que comenzar a transitar. Se necesita de un Estado que oriente el consumo de los que menos tienen en una sociedad posmoderna caracterizada por el bombardeo sistemático de publicidades que los invita a consumir comida chatarra en reemplazo de la elaborado por la abuela.

Claro que la libertad tiene que estar en manos de los que menos tienen, porque ¿quién podría estar en contra de que una madre no experimente el placer de comprarle a su hijo el paquete de galletita que tanta veces le pidió y tantas veces le negó por tener los bolsillos vacíos? Lo que no podemos permitir es que el beneficiario del programa social sea tentado por el cebo de las grandes corporaciones, poniendo en riesgo, su correcta nutrición.

No podemos permitir que se reproduzcan estas expresiones , que no son por los planes, sino por los derechos que se vuelven a reconquistar. No se puede tolerar las estigmatizaciones que sufren los pobres, como tampoco es posible que Mauricio Macri, que fue el responsable del aumento de la pobreza, esté impune y denigrando al proyecto nacional al sostener que “El populismo es más peligroso que el coronavirus”, cuando lo que se busca es reparar el daño que la miseria planificada y el odio de siempre han hecho.

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