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Los nadies que esperan ser vistos

12 de marzo de 2020

En estos días nos dedicamos a observar con más detenimiento a los recicladores urbanos de la ciudad de Buenos Aires. Los nadies, que son aquellos que son observados desde una mirada prejuiciosa. En la mayor parte de las veces, invisibilizados por el peatón y todo aquel que circula por la gran urbe. Fijamos la observación, especialmente, en los más jóvenes. Nos sorprendió el esfuerzo que hacen por encontrar algo que valga la pena, algo que sume un mango para sus hogares castigados por un modelo de exclusión social, para el cual él otro importa poco.

Pero allí están aunque nadie los ven. Es que su presencia ha sido invisibilizada porque cuando se naturaliza las desigualdades, éstas desaparecen. Ya lo dijo Arturo Jauretche, toda dominación sobre las mayorías populares no tendría efecto si primero no se coloniza pedagógicamente, de forma tal que se naturalice las desigualdades a las que se los somete.

Es la misma naturalización que repitió nuestra ex ministra de Seguridad, Patria Bullrich cuando salió a flote su prejuicio de clase y sostuvo que “el pobre para sobrevivir hace una changa, cartonea o arma un grupo de cumbia”. Es aquí, en este terreno, donde encontramos la génesis de todos los males. En el campo de la dominación cultural, que instala en la opinión general que el pibe que está en situación de pobreza tiene que cartonear, volviéndose normal — e invisible a los ojos — esta situación.

¿Cómo logramos que nuestra sociedad sea capaz de mirar, de observar a su entorno, de comprender que es el camino que cada persona pudo darse por su historia de vida, por el apoyo que recibió, por el afecto y el amor con que cada uno pudo crecer, lo que determina su presente? Son las circunstancias las que la mayor parte de las veces van condenando a una reproducción intergeneracional de la pobreza. No son elecciones solamente personales, es el entorno familiar, barrial, el modelo político que distribuye o concentra la riqueza, el Estado que deja librado o cada uno a su destino o que orienta, acompaña, iguala las condiciones para todos y todas. Muchas veces la libertad de la que tanto hablamos no es tal, es una ficción dicha de compromiso que esconde las profundas desigualdades sociales.

¿Cuánto trabajan estos jóvenes recicladores? ¿Cuánto esfuerzo? En condiciones de absoluta flexibilidad y en general consiguiendo ingresos mínimos. El calor, la lluvia, el frio, el ruido constante, la inseguridad en esa vía pública tan compleja como la de la ciudad. Ni que decir del enojo explicito u oculto del automovilista porque siente obstruido su camino, y lo que produce constantemente.

¿Alguien cree que ese joven no tiene voluntad de laburar? Ese joven labura y lo hace en condiciones adversas, sin protección, con remuneraciones muchas veces irrisorias. Condiciones similares, aunque de apariencia mejor, son las de aquellos jóvenes repartidores que vemos en bicicletas o pequeñas motos, corriendo en medio de una urbe compleja, insegura desde esa cotidianidad vial.

Los invitamos a mirar esas situaciones, a levantar la vista por un rato, a visibilizar a ese otro que es uno más de la sociedad argentina, a esos recicladores que hacen una tarea necesaria, tanto que nos gusta hablar del medio ambiente y el cuidado del planeta o de la modernidad de una aplicación que nos resuelve en un rato una demanda que nos surge. Pero atrás de esa aplicación están los “repartidores flexibles, no registrados, sin protección”.

Los invitamos también a que pensemos por un segundo ¿cuántos de nosotros aguantaríamos realizar una tarea de la manera que la estamos observando?

La respuesta nos la podemos imaginar, entonces ¿por qué prejuzgamos, por qué tenemos esas frases hirientes para con el otro, por qué seguimos escuchando “no trabaja el que no quiere”? O creemos que eso que estamos viendo es el trabajo que queremos para ese otro.

Lo que vemos hay que defenderlo, porque así lo hacen los propios actores de esa tarea, pero obviamente hay que transitar el camino para lograr su protección, para que lo puedan hacer de una manera más segura, con condiciones dignas, con el equipo necesario.

Y cuántos otros hay esperando hacer cosas que les permitan un ingreso mejor, una garantía para cubrir una canasta mínima de bienes y servicios. ¿Por qué algunos siguen pensando que hay quienes quieren vivir sólo con un Plan Social o una ayuda estatal? Eso no es así, hay que conocer ese universo desprotegido, castigado por generaciones, para darse cuenta que vemos una foto pero no la película completa.

Porque son muchos los que esperan, no solo a ser vistos, sino también a conseguir laburo. De hecho, según la Cátedra Unesco en base a los datos de la EPH-INDEC al tercer trimestre del 2019, hay 117.000 adolescentes (15-19 años) buscando trabajo y otros 300.000 que ya no lo hacen porque tiraron la toalla, como también, existen 319.322 jóvenes (20-24 años) que revisan todos los días las páginas de los clasificados de los diarios mientras que 510.263 ya no lo hacen porque se cansaron.

Podemos ponernos en el lugar del otro por un rato, no para pensar en una caridad entendida como limosna, sino comprender que lo mejor que nos puede pasar como sociedad es que cada vez sean más los que puedan hacer actividades que nos sirvan a todos, como la que hacen los recicladores, que le ganemos a esos otros vivos que muchas veces usan a los sectores necesitados como mano de obra barata para acciones no lícitas.

Pero esa pelea es de todos y todas, es el compromiso de un Estado que se preocupa por igualar condiciones, es el compromiso de los que más tienen de aportar para que el otro este mejor, aunque tenga que resignar mínimamente sus excesivas ganancias. Es redistribuir la riqueza de tal forma que el 20% más rico de la población del país no se quede con la misma proporción que el 80% restante como pasa hoy en la Argentina o peor aún, que el 10% más rico no se quede con casi el 40% de la riqueza de la Argentina.

Tenemos que acabar con esa naturalización que impide ver que nuestros jóvenes laburan en condiciones que no son dignas y sin protección, como también tenemos que terminar con aquella que acepta que el 10% de la sociedad concentre la mayor parte de las riquezas y que se sustenta en la idea de que “el mundo fue hecho para que existan ricos y pobres”. Hasta que no acabemos con estas naturalizaciones, los nadies seguirán sin ser vistos.