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Coronavirus, naturaleza y derechos humanos

19 de marzo de 2020

Uno de mis juegos favoritos de infancia era mirar bacterias y virus gracias al microscopio. Mi papá era microbiólogo. Dedicó su vida a ello con pasión y a pesar de que me incliné por el Derecho, probablemente mi especialización ecologista después de las vueltas de la vida se la deba a su entusiasmo.

En biología, un virus (del latín virus, «toxina» o «veneno») es un agente infeccioso microscópico acelular que solo puede multiplicarse dentro de las células de otros organismos. Los virus infectan a todo tipo de organismos, desde animales, hongos, plantas, hasta bacterias. El primer virus conocido fue descubierto por Martinus Beijerinck en 1899 y actualmente se han descrito más de 5 mil, si bien hay autores que opinan que podrían existir millones de tipos diferentes. Los virus se hallan en casi todos los ecosistemas de la Tierra y son el tipo de entidad biológica más abundante.

En general les neófites los asociamos con algo negativo. Nos quedamos con el VIH o el virus del ébola. Pero la naturaleza no es lineal y ofrece variedades. Así, por ejemplo, las millones de personas que en el mundo viven con el virus GBV-C tienden a sobrevivir más tiempo cuando son infectades por el VIH. Y otros virus ayudan al desarrollo intestinal, otros hacen posible la formación de la placenta, participan en el crecimiento del sistema nervioso y hay unos que pueden ser secuestrados para ayudar a combatir el cáncer.

Los coronavirus (CoV) son una amplia familia de virus que pueden causar desde el resfriado común hasta enfermedades más graves, como ocurre con el causante del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS-CoV) y el que ocasiona el síndrome respiratorio agudo severo (SRAS-CoV). Esas infecciones provocan fiebre y síntomas respiratorios. En los casos más graves, pueden causar neumonía, síndrome respiratorio agudo severo, insuficiencia renal e, incluso, la muerte.

El COVID-19 hoy nos ha sitiado alcanzando más de 19 mil casos de contagio en 160 países del mundo, la mayoría (más de 81 mil) en China, donde se han registrado ya 3.230 decesos. La cifra de muertes en todo el mundo supera las 5 mil y la de recuperades, 65 mil. Fuera de China es especialmente preocupante la situación en Italia, que supera los 31 mil contagios. Le sigue Irán con más de 16 mil casos confirmados y 988 muertes. España, que es el segundo país de Europa y el cuarto del mundo con más casos, por encima de 11.300. Además, Corea del Sur ha registrado más de 8.300 diagnosticados y 81 muertes.

Esto despierta infinitos miedos frente a lo desconocido e incontrolable. Aunque la ciencia seguramente descubrirá el retroviral o la vacuna, hoy no la tiene y la soberbia humana de quien “domina la Naturaleza” debe guardarse precautoriamente.

La Naturaleza nos pone límites

Para Aristóteles, el temor o miedo es una forma de optimizar el placer evitando el dolor. Ulrich Beck en “La sociedad del riesgo, hacia una nueva modernidad” sugiere que a partir del accidente en la central atómica de Chernobyl, la percepción de la humanidad acerca de los riesgos sufrió una notable transformación. Beck observa que a diferencia de los viajeros medievales, quienes evaluaban los riesgos individuales antes de cada viaje (como aventura), esta nueva percepción del riesgo se presenta como colectiva y catastrófica, ajena a las posibilidades del sujeto. En el análisis de Beck los riesgos los genera el desarrollo productivo, creando un aumento en las situaciones de peligro. Según él se ha originado una “sociedad del riesgo/insegura”, la cual contrapone con la “sociedad de la riqueza/desigual” ya reparte riesgos por igual entre ricos y pobres. Este clima de inseguridad creciente transforma la forma de concebir la reciprocidad en la comunidad; la jerarquización por clase llevaba implícita la idea de alcanzar una meta, mientras que la sociedad del riesgo tiende a evitar lo peor; en otros términos, la idea de participación se reemplaza por la de protección, dando origen a la comunidad del miedo.

Según Beck la producción de los riesgos es inversamente proporcional a la distribución de la riqueza y la imposición ideológica del riesgo implica un pozo de necesidades sin fondo que nunca se satisface. Los miedos no sólo irán en ascenso sino que se prolongan según los intereses del mercado. La sociedad moderna tiende a producir en forma sistemática la propia amenaza mediante la explotación productiva de sus propios riesgos; la propia producción genera limitaciones y riesgos, los cuales lejos de desaparecer dan lugar a su manipulación simbólica y por medio de ella a la producción de medios orientados a la protección y a la perpetuación.

Desde nuestro punto de vista, en el estadio del capitalismo salvaje en el que nos encontramos se acumulan y retroalimentan las lógicas de la sociedad desigual y la sociedad insegura, en un combo explosivo en el cual por más que los peligros o riesgos pueden afectar a todes o a cualquiera, como en una ruleta rusa, algunes tienen más recursos para protegerse.

En el caso del COVID 19, hasta donde sabemos, se trata una amenaza de la naturaleza. Pero sin dudas su proliferación global vertiginosa sería inimaginable sin el desarrollo actual de las comunicaciones. También nos hace volver a reflexionar sobre la potencialidad del uso de los virus como arma, sea que se trate de la prohibida guerra bacteriológica o de cómo algunos gobiernos cuestionados por sus políticas sociales, económicas o migratorias hoy tiene una excusa perfecta para declarar un Estado de excepción y restringir las movilizaciones que los cuestionan.

Más allá de los miedos, paranoias, usos politicos o irresponsabilidades de algunes, la naturaleza nos pone un límite: para preservar la vida y la salud debemos respetar algunas reglas, cumplir algunos recaudos. Y, paralelamente, mientras estamos obligades a estar encerrades en nuestras fronteras y casas, a bajar el consumo, el transporte contaminante y la producción, las aguas vuelven a estar cristalinas, el aire se despeja, … y disminuimos el daño que les humanes le generamos al resto de los seres vivos. No es magia. La naturaleza nos obligó a parar el terricidio.

La Salud y el acceso al agua como Derechos Humanos universales

La OMS define la salud como “el estado de completo bienestar físico, mental y social y no solamente la ausencia de enfermedad”. Así un modelo de promoción de la salud implica un conjunto de acciones intersectoriales orientadas con criterios de eficiencia, eficacia y equidad para grupos postergados. La estrategia de atención primaria de la salud, se convierte en medio para alcanzar la finalidad de salud para todes. A partir del 2005, a nivel global se insta a incorporar la noción de “determinantes sociales de la salud” en las políticas públicas, pues la salud no se logra sólo por el acceso a tratamientos médicos sino mediante el abordaje de los factores que generan desigualdades sociales. Esta idea implementada en Argentina tempranamente, con el Plan Quinquenal (1947-1951) y el doctor Ramón Carrillo como primer ministro de Salud implicó actuar sobre la estructura económica y social, redistribuir la riqueza, nacionalizar los servicios públicos, elevar el nivel de vida de la población, un plan de obras y servicios públicos de sanidad, articulación con sector educación y vivienda. A pesar de los embates, nuestras profesionales y nuestra salud pública han resistido.

A nivel internacional, el derecho al agua ha sido receptado por diferentes instrumentos La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Agua (Mar del Plata, 1977) reconoció que, independientemente del nivel de desarrollo económico, todos los pueblos tienen derecho a acceder al agua potable en cantidad y calidad iguales para las necesidades esenciales de todes. La Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, la Convención sobre los Derechos del Niñe, y la Carta Africana sobre los Derechos y el Bienestar del Niñe lo reconocen expresamente de manera vinculante. El derecho a un nivel de vida adecuado, incluyendo acceso al agua y saneamiento, también fue reconocido en el Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo (Cairo,1994). El Comité de Derechos Económicos Sociales y Culturales de las Naciones Unidas dedicó su Observación General Nº 15 al derecho al agua.

Nuestra CSJN ha reconocido en numerosos fallos los derechos a la salud y al agua como derechos humanos básicos.

Sin embargo en momentos como este vemos como no todes tienen aún acceso al agua y como donde el neoliberalismo destruyó los sistemas sanitarios públicos las personas infectadas no están teniendo infraestructura que las asista.

Hay bienes que el dinero no puede comprar

Nuestras sociedades modernas donde muches tienen todo tipo de bienes materiales y protecciones, padecen hoy de un sentimiento de inseguridad que atraviesa todos los estratos sociales. La inseguridad moderna no es la ausencia de protecciones o medios, sino todo lo contrario, es una obsesiva manía vinculada a la búsqueda incesante de seguridad en un mundo interrelacionado. Han aumentado las incertidumbres y un malestar frente al porvenir que está subordinado a que ocurran posibilidades inverosímiles de manera compensatoria.

Bauman afirma la existencia de una modernidad responsable de la escalada constante de temor. Para él, los miedos han acompañado a la humanidad en toda su historia, pero es en la “modernidad líquida” cuando son netamente intercambiables por mercancías. Hay fuerzas que se ubican por encima de los Estados, Economía, Sociedad y Territorio, dejándolos impotentes en la protección de sus propies ciudadanes. Además, es la misma competencia del mercado el factor que desencadena la posterior desconfianza y falta de solidaridad entre les humanes.

Si bien hay riesgos no percibidos que se pueden convertir en reales amenazas, el riesgo se configura como tal siempre y cuando pueda ser evitable por el sujeto.

La pandemia es una oportunidad para la reflexión en relación a los riesgos que nuestro actual sistema capitalista genera y muchos de los cuales podríamos evitar, cambiándolo. Esta situación crítica trae consigo una reflexividad que profundiza y abre muchas alternativas positivas para los vínculos sociales y el Buen Vivir, como la intimidad, la solidaridad, la amistad o el ocio.

Debemos cambiar el sistema por nosotros mismes, por las generaciones futuras y por la propia Naturaleza. Vidas más humanas y comunitarias, sensibles con les otras y menos pendientes del consumo y la acumulación, serán sin dudas vidas más saludables y que sean mas alegremente vividas sin miedo, aún con prudencia y respeto en cualquier circunstancia.

* María José Lubertino es profesora de Derechos Humanos y doctoranda UBA, presidenta de la Asociación Ciudadana por los Derechos Humanos e integrante de la Red de Defensoras del Ambiente y el Buen Vivir

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