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La comunidad es lo que va a salvarnos

Por: Viki Freire
29 de marzo de 2020

A pesar de que hace tiempo se cuestiona este sistema por injusto, fue la pandemia la que vino a ponerlo en jaque. La peste nos vino a señalar que somos vulnerables mientras avanza por las grietas de las precariedades sobre las que vivimos.

Nadie imaginó que algo así podría pasar, quizás porque nos habíamos olvidado en esta era de series por plataformas digitales que la realidad supera la ficción. Después de subestimar el coronavirus como acto reflejo, casi defensivo, esforzándonos en sostener que hay cosas más graves, parece que al fin nos preguntamos por nuestras defensas. ¿Quiénes están en la lista de población de riesgo? Hay indicaciones precisas para las personas con enfermedades crónicas y las adultas mayores, las que tienen prescripciones médicas, pero qué pasa con las que no tienen agua potable, las que duermen en la calle, las que dependen de salir para ganarse el pan del día, las que no tienen a quién recurrir, las que están solas, los pibes y pibas que no tienen dónde ser cuidadas y cuidados, las que son víctimas de la violencia de la policía, de su pareja o ex pareja pero no las atiende la justicia, las que están detenidas por pobres y no son defendidas, las que nunca fueron al colegio ni tuvieron de qué laburar.

La pandemia pone en evidencia la desprotección y el desamparo de amplios sectores de la sociedad porque la salud es una cuestión política. Revela los déficits de nuestra organización social. Nos expone a las desigualdades según la cobertura de salud a la que accedemos, las condiciones de vida y del trabajo que organiza los ingresos. Muestra que existe un sector acopiador serial y otro que vive de lo que trabaja, que la posibilidad de ser curados y curadas en este sistema también pretende ser vendido como un privilegio de clase.

El mercado es incapaz de dar una respuesta ni mostrar sensibilidad alguna, pero la acción del Estado puede hacer la diferencia. Que existan políticas públicas responsables, que se otorguen beneficios para quienes menos tienen, que la intervención busque reparar las desigualdades es vital. Las medidas anunciadas por el gobierno nacional reflejan prioridades en los sectores desfavorecidos y la población en su conjunto, mientras en la ciudad de Buenos Aires se amedrenta a trabajadores y trabajadoras ambulantes que, como Beatriz, pueden morir escapando de la persecución. En el distrito más rico del país, la vida nada vale.

Es inevitable que todo adquiera otra dimensión bajo este estado de emergencia. También nuestras prioridades cambian y cuidar la vida es la principal tarea. ¿Quiénes nos van a salvar en esta peli sin magia ni poderes especiales? Todas las actividades vinculadas al cuidado de los demás, esos trabajos que son irremplazables por la robótica o cualquier avance tecnológico, son realizados por mujeres e identidades feminizadas. La limpieza de los espacios que habitamos, la alimentación y, por supuesto, los tratamientos de sanación están a cargo de una parte de la población que no recibe remuneración alguna por estas tareas diarias, y cuando es asalariada recibe un ingreso mucho menor al de cualquier otra actividad en el mercado.

Los privilegios son de clase pero también de género y entonces hay que preguntarse: ¿Quién cuida a las que cuidan? El 62% de las mujeres ocupadas son trabajadoras de la salud, docentes o trabajadoras domésticas. En todas las áreas vinculadas con los cuidados humanos son mayoría las mujeres. De las trabajadoras domésticas registradas, un 26% de ellas son pobres, pero asciende a 48% entre las que están sin registro. El 90% de las personas que administran la asignación universal por hije son mujeres. También el 68% entre quienes cobran algún plan social. Sobre el total de la población que percibe ingresos en nuestro país, 7 de cada 10 personas de las más pobres son mujeres. Ellas se ocupan de sus niñes, y de les hijes de sus hijes, y en los barrios populares de les niñes de todas las manzanas. Las enfermeras, las que limpian el baño de la estación, las que sacan la basura y alimentan a los pibes y las pibas, son mujeres y feminidades. Es hora de empezar a ocuparnos de ellas.

Cuando todo se desploma lo único que nos salva es la comunidad. Si estamos vivas, si estás vivo, es porque hay comunidad de afectos, cuidados y derechos sociales. Es porque podemos organizarnos y practicar una política solidaria. Porque el feminismo nos enseña a construir desde la empatía. Es porque resistimos y recuperamos el Estado para que gobierne poniendo por delante a quienes menos tienen, y si no lo hace lo vamos a exigir. Tener un Ministerio de Salud no es lo mismo que no tenerlo, y que haya jubilación para amas de casa no es una conquista, es reparación. Aunque parezca obvio no lo es. Esto también es resultado de nuestro sentido de comunidad, porque cuatro años de neoliberalismo macrista nos hizo poner en valor lo que somos y lo que no queremos ser. Ahora también depende de nosotres.

Ser responsables ante la pandemia también es saber que nuestra democracia se nutre del alimento colectivo contra la intemperie individualista que nos ofrece el mercado. Que la deuda es con quienes sufren, con quienes laburan, con los márgenes de la sociedad de consumo, con las pibas y los pibes que son el futuro, con las que nos enseñan a no bajar nunca, pero nunca, los brazos. Que entonces, si somos comunidad al fin, podemos ser mejores.

* Referenta feminista de Mala Junta, socióloga y coordinadora del Observatorio de Géneros y Políticas Públicas.

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