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La disyuntiva de mañana es entender que solos no podemos

08 de abril de 2020

Por Mauro Brissio y Antonio Colicigno

La verdadera disyuntiva de estos días no debe ser si la prioridad es el cuidado de la salud de todos y todas, o mantener a pleno la actividad económica.

Ese tema se lo dejamos para el devenir de los próximos días, donde sin duda habrá argumentos por doquier para inclinar la balanza para uno u otro lado, más allá de la racionalidad que se impone por las experiencias mundiales en que, si cuidamos la salud en tiempo adecuado, la economía sufrirá menos. Sólo basta ver el comportamiento chino para comprenderlo mejor.

Ahora bien, nos gustaría reflexionar un poco más donde estamos parados frente a esta crisis y cuáles deben ser algunas de las discusiones futuras.

Esta pandemia encuentra un mundo donde el mercado avanzó enormemente, pero donde no domina ese mercado de libre oferta y demanda, ese mercado donde la producción creciente buscaba mayor productividad, donde avanzaba la concentración vertical y horizontal pero tenía enfrente un Estado que mediaba, que trataba de no permitir excesos, con trabajadores generalmente formales, sindicalizados, que resistían esos avances de una explotación desmedida.

Pero ese Estado ya sabemos que en el mundo se fue corriendo, fue perdiendo terreno frente a esa ola neoliberal desde mediados de los setenta hasta el presente. Y en esa etapa el mercado que más se desarrollo es el financiero, la especulación, las ganancias desmedidas, la concentración de la riqueza que no sólo alcanzó niveles impensables, sino que crece año tras año.

Un mundo donde el trabajo deja de ser protegido y avanza la informalidad, la precariedad laboral, la desocupación de millones de jóvenes en todo el mundo. Y donde los sistemas de salud pública fueron parte de los castigados en esa idea que se extendió que es el mérito de cada uno el responsable de lo que se logra, desde lo individual.

Echamos por tierra toda la investigación social seria que hablaba de los puntos de partida, de los entornos, de las trayectorias individuales y familiares que había que tener en cuenta en la búsqueda de una sociedad integrada. Dejamos de hablar de igualar las oportunidades, ni que hablar de igualar las condiciones, que no es sólo abrir las puertas, sino esencialmente acompañar el trayecto para que puedan llegar a esas puertas.

Y de repente una pandemia que reinstala la necesidad de sistemas públicos fuertes, más allá de algunos presidentes que insistieron en una defensa a ultranza de la prioridad económica frente al respeto a la vida, mostrando en poco tiempo su grado, para decirlo de una manera poco agresiva, de escasa inteligencia si creemos en una representación política genuina, o de viles representantes de intereses corporativos y concentrados.

Escuchar a Trump, ni que hablar a Bolsonaro, nos dice todo. Aunque no quiero dejar de mencionar la expresión de Macri calificando al populismo como un mal mayor que el coronavirus. Sin palabras.

Y la Argentina no escapa a esas realidades. Hablemos un poquito de nuestro punto de partida frente a esta pandemia, para luego permitirnos humildemente enunciar algunos desafíos.

La Argentina viene de más de doce meses de caída de la producción industrial, más del 50% de nuestros niños, niñas y adolescentes pobres, con más del 50% de los ocupados en algún tipo de situación de informalidad, más de 36% de personas pobres en el 3er trimestre de 2019.

Ni que hablar de los niveles de endeudamiento, pero para situarnos frente a la pandemia, un área de salud recién reestructurándose después de un enorme vaciamiento y la degradación de un Ministerio a Secretaria durante el gobierno que desarticulo al Estado, que lo hizo más chico, que lo condenó a defender sólo los intereses de una minoría.

Y qué decir del efecto en nuestra cultura de una imposición mediática que acompañó el proceso de individualización, del “salvase quien puede”. Un andamiaje al servicio de hacernos creer que cada uno vale por su mérito propio, que el que no progresa es por su propia culpa o responsabilidad, despojando al sistema de las mezquindades que produce, de las desigualdades que engendra, de las penurias que provoca. Como dice el filósofo sur coreano Byung-Chul Han (2018): “quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsables y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema”.

Hoy escuchamos al Papa diciéndonos que “nadie se salva solo”, contrarrestando esa imposición simbólica de la que estamos hablando, tal vez ahora deje de ser una de las pocas voces que contrarresta el discurso dominante. Tal vez empecemos a escuchar más voces que sigan esa ruta, tal vez entremos en una crisis del discurso dominante. Tal vez lo que hoy escuchamos decir a un Alberto Fernández con tanta claridad, que nos provoca admiración y porque no decirlo también, una sorpresa creciente, incluso para aquellos que lo votamos, se transforme en un discurso más extendido en el resto de dirigentes y líderes de la región.

Hoy pedimos que el Estado garantice nuestra atención, que haga cumplir sus normas, que castigue a los que violan la cuarentena, que controle los precios, que frene los despidos, y así podemos seguir enumerando. Y es claro, frente a los idiotas que no se cuidan ni cuidan a los demás, frente a los que creen que siempre es buena la ocasión para ganar más, a los que especulan, aunque sea en un momento absolutamente excepcional. Frente a los miserables, que ganaron fortunas, que fugaron capitales y que hoy, en el primer atisbo, no sé si de pérdida, pero al menos de no ganancia, despiden los obreros, sin ningún de esfuerzo solidario, que al menos por una cuestión de humanidad, amerita el momento.

Tenemos un Estado poniéndose al hombro toda la responsabilidad, como debe ser, pero que no estábamos acostumbrados a verlo. Repartiendo comida, comprando insumos médicos, apoyando al sistema sanitario, público y privado, insertando recursos en los sectores que así lo requieren, interviniendo en todos los órdenes que el difícil momento hace emerger.

¿Que nos va dejando esta pandemia como desafío? En primer lugar, la necesidad de un Estado presente, al menos en aspectos tan centrales como la salud, aunque sin duda habrá que extenderlo a otros ámbitos, como la ciencia, la educación, la cuestión social.

En segundo lugar, la necesidad de transitar hacia una sociedad más justa. Es inviable una sociedad donde el 20% más rico de la población concentra casi la misma riqueza que el 80% restante, como pasa en la Argentina (Datos Indec, 3er. Trimestre 2019).

En tercer lugar, que la pobreza que llamamos estructural o persistente, aquella que mejora cuando los indicadores económicos suben pero que no cambia sus condiciones de vida, o sea sigue en situación de un hábitat precario, con falta de infraestructura básica, con menores niveles educativos en sus jóvenes, con empleos mayoritariamente informales, precarios y flexibles, nos exige pensar nuevas estrategias.

En ese sector el crecimiento económico que genera trabajo, aunque sea informal, o la distribución de ingresos desde el Estado, es un paso necesario pero no suficiente para producir movilidad social ascendente.

Acercarnos, diseñar modelos de acompañamiento, de empoderamiento de herramientas que vaya igualando sus condiciones, con el objetivo de romper esa permanente reproducción de la pobreza.

Debemos partir de una concepción contraria a la que pretendió naturalizarse en los últimos años, que no es más que aquella que reiteradamente vuelve a la escena impulsada por una mirada hegemónica que prejuzga y estereotipa a los pobres.

Si hoy debemos atender a los que volvieron, si hay que ser capaces de mirar cada caso, de acompañar, de no dejarlos solos. Si buscamos el aislamiento para defender la vida, sin distinción, porque queremos sentirnos unidos, porque lo tenemos que hacer, porque no hay diferencias, porque al final el virus nos iguala. Seamos capaces entonces de mantener esa mirada, de entender las particularidades, de no prejuzgar. Busquemos una Argentina distinta, más igualitaria, que como dice nuestro presidente, no significa ser iguales, sino que tengamos todos y todas la oportunidad de ser, de desarrollarnos, de poder mejorar.