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Vicentín: la nueva 125

Por: Antonio Colicigno
16 de junio de 2020

La política en el presente se viste con el manto del pasado para legitimarse”, decía Marx y tenía razón. Porque los grupos de poder, que se amparan en la corriente liberal de la historia Argentina, siempre deben volver a los símbolos del pasado para que se acepte la forma de ejercicio del poder político de una minoría ligada al sector agro-exportador.

Siempre hicieron lo mismo. El ejemplo más reciente todavía lo tenemos grabado en la retina de nuestros ojos cuando en el año 2008, en pleno conflicto con el campo, —por la Ley de Retenciones Móviles— se marcó un precedente al paralizarse la economía local como consecuencia de los denominados “piquetes de la abundancia”.

Lo recuerda? Cómo olvidar las imágenes de los niños vestidos de gauchos jugando con tractores a los costados de los campos de soja. Tres elementos que separados no significan nada, pero unidos conforman una panzada semiótica que revela la representación simbólica e imaginaria de nuestra identidad nacional que se esconden en: el campo, el gaucho y el tractor.

Es que la invención de las naciones no se lleva adelante a partir de decretos y normas políticas, sino más bien, creando valores simbólicos y culturales que se expresan en rutinas, actos escolares, costumbres y formas artísticas que dibujan en el imaginario colectivo nuestro nacionalismo (Jorge Saborido, 2002).

A esto apelaron en el 2008, a la fibra más sensible y sagrada de todos los habitantes que compartimos el suelo argentino, a nuestro <>. Esa operación de sentido —impulsada por Clarín y La Nación— fue la responsable de hacernos creer que el impuesto sobre la soja afectaría al pueblo llano. Cuando en realidad, fue un intento por aplicar políticas progresivas al meterse en la puja por la distribución de las riquezas, porque a eso se dedica el peronismo, a buscar un beneficio para las mayorías populares.

Después de 12 años, los mismos que salieron a la carga, vuelven a hacerlo. Esta vez, la excusa fue Vicentín y pasó lo que Néstor siempre decía, cuando se patea al chancho aparece el dueño o, en este caso, el dueño envía a sus corporaciones mediáticas a confundirnos para que los de abajo nos peleemos mientras los de arriba siguen cortando el bacalao.

Porque Vicentín representa soberanía alimentaria, puestos de trabajos, el desarrollo de una burguesía nacional —como siempre lo soñó Perón— pero, principalmente, la posibilidad de que la producción de alimentos no esté en manos de intereses extranjeros, que siempre especulan con el precio internacional y el monopolio de la necesidad de los argentinos.

Sin embargo, las banderitas de nuestro país volvieron a flamear en el abrazo simbólico a la cerealera. Qué contradictorio? Pensarán algunos, “protestan con los colores de la celeste y blanca la estatización de Vicentín”, leíamos en las redes. Será contradictorio para nosotros, pero no para ellos que buscan recurrir a ese <>. En realidad, es semióticamente perfecto. Porque, qué mejor forma de hacerlo que no sea otra que con la bandera Argentina?

No nos extrañaría que en las próximas semanas en la lucha por la regulación del precio de las commodities en el mercado internacional y en el de los alimentos en el mercado local, una batería de símbolos nacionales, vuelvan a irrumpir la escena de los medios.

Los Estados en el mundo hoy están rescatando empresas consideradas emblemáticas y que son de vital importancia para la economía de cada país. La Argentina, que tiene capacidad para alimentar a más de cuatrocientos millones de personas, en los últimos cuatro años, el costo de los alimentos siempre fue superior al aumento de la canasta básicas de bienes y servicios. Y eso implicó más personas en la indigencia, o sea con hambre.

Por ende, también muchos sectores incluso de clase media, teniendo que destinar cada vez más recursos para la alimentación, resignan otros consumos, y pierden calidad de vida. Les parece entonces que no es de vital importancia el destino de una de las empresas agroexportadora más importante del país?

Además, una empresa que se debe rescatar, no por motivos de la actual gestión, sino porque presentó quiebra, incluso después del disparate y la estafa contra el Estado argentino cuando recibió préstamos del Banco Nación, incluso después de la elección de octubre, cuando ni siquiera estaba cumpliendo las obligaciones por deudas previas que tenía con el estado

Las banderas argentinas deben flamear bien altas en defensa de los intereses colectivos, en la búsqueda de una sociedad más justa, donde logremos garantizar cada vez más derechos para todos y todas.

Lo que vendrá será difícil, esperemos madurez y responsabilidad, que podamos vencer la colonización pedagógica que hace que un sector de clase media se crea parte de una élite, cuando en realidad se perjudica cada vez que ese sector controla los resortes del poder político. Ojalá no sea tan difícil como la 125.

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