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Cómo criamos a los chicos: la capacidad de responder ante una situación

Por: Claudio María Domínguez
16 de agosto de 2020

Claudio María Domínguez estudia los primero siete años de vida de una persona y su complemento hasta los 14 respecto a cómo formar una persona sana y equilibrada. El conductor de "Hacete Cargo", por C5N, les habla a los padres sobre las responsabilidades

Hablemos del eterno aprendizaje: no sólo escuela para los chicos, sino escuela para papás. ¿No es acaso ser padres una responsabilidad interesantísima para una rápida evolución espiritual?

Hay dos formas de observar la responsabilidad. Una es física, acá en este plano y este mundo: ¿Qué es lo que hemos decidido hacer y por qué encarnar? El trabajo, la familia, las cosas de cada día. Y la otra es la responsabilidad espiritual.

La responsabilidad es la que nos debemos a nosotros mismos como la conciencia eterna que somos, como el alma universal, actuando en este cuerpo, en este plano, y sin por ello dejar de saber la verdad de quienes somos realmente.

La palabra responsabilidad, la expresión ser responsable, suele ser una trampa cuando no es expresada con ecuanimidad.

La responsabilidad ha sido una opresión sobre los jóvenes que los adultos siempre usaron como un arma, obligándolos a “ser responsables”, según el sentido que los adultos tratan de inculcarle a los menores. En la mayoría de los casos, los adultos muestran la incoherencia de no brindar ellos el ejemplo de ese accionar que exigen; pero no practican en su vida diaria. El famoso dicho “consejos vendo, pero para mí no tengo.”

Por ejemplo, un padre o una madre de familia tienen la responsabilidad de proveer a sus hijos para que estén bien. Darles una casa, un hogar, la enseñanza de una cierta solidez para que puedan crecer con valores humanos. Una ética de vida. Una comunicación constante. Transmitirles que en los primeros años de su vida puedan construir amor y forjar una personalidad bella.

Una vez que los chicos han llegado a una cierta edad, entre los 18 y 21 años, deben tener la conciencia absoluta de que son seres que de por sí, van a tener que aprender a manejarse en el mundo.

Los padres van a tener que darse cuenta de que sea cual fuere el trato que alguna vez establecieron antes de venir acá, en otro plano, los chicos van a tener que ir al mundo también, a desarrollar sus propias vivencias.

No esperen que los hijos sigan los mismos deseos y expectativas de los padres.

Entonces, si los padres realmente aman a sus hijos, los van a dejar moverse por el mundo; sí, advirtiéndoles de las caídas, de las trampitas que la película divina va a tener.

Nunca se van a imponer sobre sus hijos, obligándolos a que vivan sólo los deseos y expectativas que ellos tienen.

Hay que enseñarles lo que es amor, la responsabilidad familiar, a crear un buen carácter desde los primeros años para que en su momento estén divinamente preparados a experimentar las situaciones que el mundo les va a presentar.

Los padres deben ser un sostén para sus hijos, recordándoles que ellos siempre estarán allí, y los hijos deben saber que los padres son una bella imagen de contención y amor; pero que al mismo tiempo ellos deben ser de ahora en más los protagonistas conscientes de su historia.

Hoy en día, los padres están básicamente preocupados por el trabajo y se convierten en extraños viviendo bajo el mismo techo y, a su vez, extraños son los que tienen que cuidar a los chicos en las guarderías

EL PRIMER SEPTENIO

Es clave que en los primeros años por lo menos uno de los dos padres esté con los hijos, ya que si pretendemos hablar de responsabilidad, o inculcar un comportamiento claro desde el ejemplo, el día de mañana, es mucho más importante si uno tomó la decisión de tenerlos, darle más atención a los hijos que a las nuevas imposiciones de tener un nuevo auto, una nueva casa, o lo que la promoción mundana nos quiera vender.

Olvidar eso o desentenderse de una crianza responsable es contribuir directamente a la delincuencia de los menores, por decirlo rotundamente, sin necesidad de detenerse en explicar todos los conflictos psicológicos que resultan del abandono de los chicos en los años en que la familia debería mostrarse integrada.

Un chico busca amor, busca la seguridad de saber que sus padres están ahí. Requiere la interacción amorosa que debería haber en una familia.

La divina responsabilidad familiar que tenemos es exponer todos los pensamientos, expresar todos los sentimientos, todo lo que hay en el corazón, ponerlo sobre la mesa y compartirlo entre todos.

En este momento hay tantos chicos con medicaciones permanentes. El déficit de desorden de atención del que se está hablando tanto en estos días crece en forma vertiginosa. ¡¡¡Los jóvenes están gritando por atención!!!

La sociedad está acelerando los tiempos, sin observar los ritmos de los menores. Se los obliga, se los fuerza a ser mayores antes de tiempo. Mucho antes de tiempo.

Necesitan contrarrestar el ritmo de la sociedad con una familia que les marque el paso, al ritmo lógico del amor y de la unión interna. De esta manera, los chicos y sus familias estarían mucho más balanceados y en armonía.

Padres e hijos no logran encontrar un ritmo afín, un tiempo de cadencias parejas, que los haga disfrutar de esta danza de la vida al unísono. Están en ritmos directamente separados.

No se niega que la obligación laboral de los padres existe, y allí es donde hay que adicionar la ecuanimidad y el equilibrio.

LA UNION Y EL AMOR EN LA FAMILIA

¿De qué vale cumplir funciones básicas, si se pierde algo más básico que esas funciones: el amor y el aprendizaje en familia?

Con la sociedad exigiendo que el chico esté en la esquina jugando a los videojuegos y que los padres estén siempre trabajando, no existe una vida familiar, una unión.

Los chicos van a querer desesperadamente pertenecer a un grupo que los abarque, que los contenga, y lo primero que encuentran es una patota, una pandilla, un grupo de vagancia, de hábitos nocivos y finalmente de violencia. Tenemos que volver al hogar, a la unión, a la familia.

Mucho más importante es la unión familiar, antes que todo el dinero del mundo exterior.

La vida nos está explicando con su espiritualidad práctica que uno de los padres, aunque entre ellos se hayan separado, debe cuidar con ahínco a los pequeños hasta una cierta edad, sino estamos creando una generación de abandónicos.

Una vez más, el chico arrastra durante muchos años, y en la mayoría de casos de por vida, lo que la familia le hizo vivir en los primeros años. Esos dos primeros septenios, hasta los catorce años, son un disparador profundo en los conflictos o superaciones que el chico tenga, según la comunicación y la expresión del amor que haya recibido de sus padres.

Aún los matrimonios separados, que pueden no llevarse bien entre ellos, tienen que entender que esa relación con el grado de amor que tuvo mientras duró, trajo al planeta a esas almitas que merecen ser guiadas desde ese mismo amor que las llevó a nacer, y que además permanece en sus padres por ellos.

Lo ideal es siempre que las separaciones familiares no impidan el amor y la amistad entre quienes fueron marido y esposa. Se puede cortar el vínculo marital pero el amor, si ha sido amor, jamás se termina.

Va cambiando el rol de los personajes. Quizás ya no serán la esposa de… o el marido de… pero siempre mientras estén vivos en este tránsito planetario, serán los padres de…, y además sería maravilloso añadir entre ellos, el rótulo de amigos.

El beneficio básico recae sobre los hijos, y en ese círculo del retorno energético, en el cual uno recibe multiplicado aquello que genera esa relación armónica va a devolverles maravillas de crecimiento a ellos mismos, aún si han formado, o eventualmente lo harán, una nueva pareja.

El amor une. El amor no divide. El verdadero amor no relega según el ego herido. El amor no responde al orgullo.

El amor se sobrepone a todo eso, y máxime cuando el estímulo principal para lograrlo es hacer que los beneficios recaigan en el mismo instante sobre los hijos que están allí, observándonos todo el tiempo, para a su vez actuar según lo que ven, sienten y conocen del comportamiento de sus mayores.

Siempre podemos cambiar lo que el mundo nos dice que no podemos. Pensar que es imposible es la excusa de aquellos que no lo pueden resolver en sus propias acciones diarias. Nuestro bendito desafío es hacerlo, vivirlo, y transmitirlo, no sólo a nuestros hijos, sino a aquellos que puedan ser testigos de ese cambio, y tomarlo como un estímulo y un ejemplo de que sí, se puede, en sus propias vidas.

Lo primero que debemos hacer es proveer a la familia, antes de querer ayudar y salvar al mundo. Primero vela por los que están bajo tu responsabilidad, que estén divinamente bien atendidos, antes de querer salir a ser el redentor de la humanidad, allí afuera. Sino, lo que creas es desarmonía en tu propia casa.

No hay que dar compulsivamente afuera. Por algo elegiste a quienes tienes allí junto a ti, como tus grandes maestros. Otro dicho conocido, y rara vez aplicado: “La caridad bien entendida empieza por casa”.

La divina responsabilidad es dejar el trabajo, como ejemplo de la actividad mundana, fuera de la casa. La armonía de la casa depende de que la desarmonía del mundo no entre.

Es más, si tienes que estar diez minutos más en el auto o en la puerta de tu hogar haciendo todas las respiraciones divinas para calmarte y no entrar a la casa con todas las emociones provocadas por el mundo exterior, sería perfecto.

No hay porque desahogarse adentro, rompiendo el equilibrio, que ya de por sí es todo un esfuerzo diario y consciente mantener.

Si tu día no fue el mejor, haz todo lo que tengas que hacer afuera para poder entrar en armonía a tu hogar. No significa que no compartas sensaciones con tus compañeros de juego, es decir con tu familia; pero no la desarmonía mental de la queja y la crítica. A esa ira, ya dentro del hogar se la va convirtiendo y transformando en amor.

Con una comunicación sana, que no niegue ni oculte los hechos, pero sabiendo a conciencia y con convicción que allí en esas paredes uno crea un santuario, un ambiente sagrado, donde el amor es sanador, para el residuo de mociones que todavía permanezcan dando vueltas en nuestra química interna.

El amor de la familia debería restañar rápidamente toda herida, y generar, goce y más amor, en un perfecto círculo que se reaprovisiona a cada instante.

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