No sos vos, es el Estado

Por: Antonio Colicigno
25 de agosto de 2020

"No hay mal que por bien no venga", nos recuerda el antiguo refrán popular. Porque la pandemia —además de todas las desgracias que ya conocemos— llegó para desenmascarar las mentiras instaladas por la maquinaria económica y cultural del liberalismo. Especialmente una, que es la madre que parió a las demás mentiras, la que sostiene que la génesis de todos los males yace en que el Estado es una carga que molesta.

De hecho, uno de los pensadores que más le aportó a la economía clásica, Adam Smith en su famoso libro Una investigación sobre la naturaleza y causas y riquezas de las naciones (1776) aconsejaba que el Estado se quitara del medio de la actividad productiva, que tenga más bien una participación mínima y que permitiera el paso al libre comercio.

Sin embargo, es todo lo contrario de lo que ocurrió desde que el coronavirus nos sacudió como un piñón de Ringo Bonavena. Ya vimos cómo en Europa se necesitó del rescate por parte de los Estados en el capital de sus compañías para evitar su cierre tras el colapso de la economía a nivel mundial, ya sea nacionalizándolas, o bien, poniendo a su disposición en concepto de ayudas millonarias para salvar al sector privado.

De hecho, se acaba de aprobar la inyección de dinero en los países europeos para ayudar a las economías que han sido castigadas por la pandemia. Con un monto cercano a 750.000 millones de euros se creará un fondo de recuperación para solventar el endeudamiento de los mercados. Es un plan de reconstrucción sin precedentes, estará financiado por parte de la Comisión Europea y tendrá una duración de tres años.

En Estados Unidos también pasó lo mismo. Hace unas semanas, el presidente de ese país, Donald Trump firmó una ley para destinar medio billón de dólares para empresas. La normativa establece que 250.000 millones de dólares serán para las pymes; 60.000 millones para pequeños bancos; 60.000 millones en créditos para comercios pequeños y 100.000 millones para hospitales.

Como si esto no fuese poco, recientemente las megas corporaciones, Starbucks, Microsoft, Mastercard y Walmart se unieron para firmar una carta solicitando al Congreso de Estados Unidos –vale recordar que este país optó por una cuarentena más flexible– que continúen con sus políticas de transferencia de ingresos para fortalecer la ayuda a los pequeños negocios con el fin de superar la crisis económica, que muchos creen, será peor a la recesión de 1929.

Entonces lo que se aprecia es que el Estado siempre está. Es mentira que a esos sectores les moleste que intervenga el Estado, porque cuando las papas queman, cuando los agentes cercanos al capital necesitan de su ayuda, son los primeros en acudir a él para ser rescatados. Los que les molesta es que intervenga para ayudar a los que menos tienen, ahí es cuando activan toda su maquinaria simbólica para estigmatizar a quien lo recibe.

Es lo que ocurrió en la Argentina en los últimos meses. Se criticó fuertemente a los sujetos de derecho que percibieron el refuerzo en la tarjeta alimentaria y la AUH (Asignación Universal por Hijo), pero nada se dijo de los $10.000 del IFE que llegó a casi 9 millones de familias, incorporando a esos sectores medios —que son los que reproducen la mirada cargada de prejuicio—, que tienen ingresos informales, es decir desprotegidos, tanto como los de abajo, aunque muchos de ellos, se crean diferentes. Tampoco nada dijeron de un Estado que aporta hasta el 50% de los ingresos de los sectores formales mediante los ATP, que en junio llegó a 230.000 empresas y más de 1,9 millones de empleadas/os (Boletín IFE- Anses, 2020).

El problema no es el Estado, el problema no es su presencia, ni tampoco su intervención. El problema es que ayude a los que más sufren y más necesidades tienen. El problema es no darse cuenta que la injusticia social sólo genera violencia, resentimiento, inseguridad, y mucha tristeza. Y que es el Estado quien debe ser el garante del bienestar general, superando el desequilibrio de un mercado que sólo defiende determinados intereses, y más en tiempos de pandemia que sólo profundiza las desventajas sino hay un Estado que salga a corregirlas.

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