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Disquisiciones y consecuencias de la pandemia en lo psíquico

Por: Yolanda Weiss
08 de septiembre de 2020

El año 2020 comenzó con noticias desgarradoras para la salud y el bienestar de la comunidad. Una enfermedad desde un mercado de China se expandió a una pandemia mundial. Esto generó cambios en los modos de vida y en la seguridad.

Enfermarse y morir se convirtió en una posibilidad resaltada en todos los medios de comunicación. El aislamiento social paso a ser el único antídoto. Se cerraron límites entre países, entre provincias, entre ciudades, entre edificios. Y... nos recluimos en nuestros hogares solos o con aquellos con los que convivimos porque había comenzado la cuarentena. Y… para relacionarnos fuera de los muros de nuestra casa usamos solo medios digitales o salimos con las caras cubiertas.

A esta cantidad de cambios acelerados se la considera una crisis porque no solo nuestra vida y las de los que queremos se pusieron en peligro sino también nuestras costumbres y hábitos, primero por quince días y luego por tiempo indeterminado. Nuestro mundo programado y agendado se transformó en un cúmulo de incertidumbres sin claros límites temporales. Tuvimos que adaptarnos a nuevas condiciones de vida y dar espacio a muchas amenazas reales y a otras producto de nuestros terrores internos.

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El aislamiento social empezó a afectar la situación mental y hogareña de las personas

El aislamiento social empezó a afectar la situación mental y hogareña de las personas



Esta situación que ya está sobrepasando los cinco meses genera demandas que exceden la capacidad adaptativa de nuestros organismos, es decir nos produce estrés. Y sabemos que el estrés da como resultado cambios biológicos y psíquicos que pueden hacer que las personas corran el riesgo de enfermarse. (Luis Albalustri, 2007)

Cada uno de nosotros enfrentó esta situación con su bagaje de factores constitucionales a los que las experiencias de la primera infancia fueron conformando en un grado de estructuración del psiquismo, en una disposición ante cada hecho posterior. La pandemia es vivenciada desde lo que Sigmund Freud llamó las series complementarias. Y estas pueden ser tan disimiles como lo son las huellas digitales. Por lo tanto, no todos vivenciamos de la misma manera estas demandas, porque tenemos diferentes organizaciones psíquicas, diferente salud física, diferentes edades, diferentes medios económicos diferentes contenciones sociales y acervos culturales.

Nuestra manera de ver las cosas es según el cristal con que se mira y a veces ese cristal nos deforma la situación, haciéndonos magnificar o minimizar peligros. Todos nos vimos atravesados por demandas diferentes y cambiantes que nos llevaron a hacer uso de nuestros mecanismos de afrontamiento. Y algunos pensaron que no era nada que se solucionaría rápido. Otros pensaron en un complot de las fuentes de poder. Unos terceros, que era la consecuencia de haber tratado mal al planeta.

Usamos todo nuestros escrupulosos recursos de control, limpieza y desinfección. Pero la ansiedad no logró mitigarse y se sumaron nuevas situaciones, como las pérdidas económicas y las limitaciones laborales. Perdimos seguridades, proyectos, bienestar y en algunos casos a personas queridas.

Estamos elaborando perdidas, haciendo duelos. Y todo esto genera emociones de tono disfórico, negativo: rabia, enojo, tristeza. Los duelos son procesos que requieren de elaboración. Y los afectos que despiertan son ávidos de la contención de los otros. Pero el otro no siempre está disponible en tiempos de aislamiento social. No pudimos mirar a la cara de muchos de nuestros allegados más que a través de una cámara, pero no sentimos su piel, ni su fragancia. Estos aspectos forman parte de la corporeidad que nos permite sentirnos cómplices de la vida.

Este tiempo ha exigido un gran uso de energía psíquica para lograr asimilar lo que pasa y acomodarse. Estamos cansados y buscamos medios de satisfacción. Y si hablamos en términos de estrés, llegamos a la fase de extenuación o agotamiento. Nuestro deseo de ser dueños de la vida y con libertad de movimiento se vio cercenada. Necesitamos de permisos para movernos. Perdimos parte de lo que se llama el "locus de control".

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Pocas cosas son predecibles y pueden ser planeadas por nosotros. Los mayores que en algún caso tenían cargos directivos deben solicitar permisos para salir. Así, de ser viejos sabios y venerables, pasaron a un estado de vulnerabilidad y de aislamiento para ser cuidados. Los padres pasaron a tener home, maestros , office, cocineros y otro cúmulo de tareas. Los adolescentes ávidos de contactos con sus pares debieron recluirse con su grupo familiar. Los niños deseosos de correr y moverse saltaron sobre el sillón o se paralizaron ante pantallas.

Las repercusiones biológicas del estrés (el aumento de cortisol) tiene diferentes acciones patógenas y esto produce aumento de la ansiedad, del miedo y una consecuente baja de la inmunidad. Sabemos que la ansiedad continuada lleva a la depresión.

Tratamos de hacer que el tiempo no se nos escape de las manos a través de rutinas que dan cuenta de nuestros días. Encerrados en nuestras casas tratamos de encontrar todas las vías de satisfacción posibles. Algunas de ellas positivas tales como comidas gourmet, empacho de series películas y lecturas, aluvión de mensajes de textos , visitas virtuales a todos los museos del mundo Aumentó el consumo de alcohol y el sueño manifestó perturbaciones.

Los trastornos económicos y la insatisfacción personal aumentó la violencia y la inseguridad. Nuestros miedos y angustias aparecieron en vividos sueños y pesadillas. Pero la fuerza por vivir nos impulsa a encontrar la mejor manera de atravesar lo que nos toca .

Nos activamos para darle sentido a este tramo difícil de la vida. Tratamos de buscar información para poder entender y controlar pero encontramos pocas certezas . Y tratamos de amortiguar las secuelas negativas: dignificamos nuestro trabajo a través de todas las vías posibles de trabajo on line, nos ingeniamos para hacer tramites, reuniones sociales, formación educativa, almuerzos familiares y encuentros de pareja y ceremonias religiosas, todo de forma virtual.

Se pusieron en evidencia dos factores que ayudan a la supervivencia: la plasticidad y la creatividad. Porque luego de la pandemia vendrá una nueva normalidad. No podremos enfrentar la pospandemia sin haber aprendido de lo vivido. Hacer el duelo de lo perdido implica quedarse con lo bueno que dejo y comenzar nuevos momentos con renovadas energías.

Nuestro proyecto de vida fue conmocionado por la situación, pero lo trasciende. Los que a lo largo de la pandemia a pesar de las dificultades pudieron sentir esa sensación inefable de sentirse vivo, (el sí mismo emergente descripto por Daniel Stern ) muchas veces acompañado de sensaciones propioceptivas contará con un tesoro que mitiga ausencias y privaciones.

Estos momentos deben ser estimulados durante las situaciones difíciles porque son los que centran, los que permiten estar parados sobre el propio eje plantado en la realidad y erguidos hacia lo trascendente. La posibilidad de estar aislados socialmente pero acompañados por uno mismo nos fue permitiendo poder narrarnos lo que nos iba sucediendo. Seguro que atravesamos momentos más difíciles tales como las que grafica la estatua del vacío del alma de Jean Louis Corby (Ginebra) en la que la soledad abruma o momentos de profunda nostalgia de vínculos perdidos.

En otros momentos de estos meses pudimos encontrarnos con nuestros anhelos más hondos, sintonizar con ellos para darles cauce y para reconocernos y sorprendernos a nosotros mismos. Sin embargo, extrañamos la mirada del otro, el ser alguien para otro y estamos sedientos del contacto.

Las redes sociales explotaron y esto a veces llevo a transgredir el aislamiento social. Nos encontramos con la muerte aunque sea en el recuadro rojo en la parte inferior de los canales de noticias y por contradicción, esperanzados, queremos honrar la vida. Mirándola con confianza en las posibilidades de superación, y con el humor como una herramienta que aligera las cargas.

Usamos la actividad física como una vía de expresión de emociones contradictorias. Tratamos de que el miedo no nos paralice, no haga entrar en pánico y, así, poder seguir vínculos entrañables con uno mismo y con los demás. Para ello sabemos que la imaginación y el pensamiento son nuestros aliados.

Esperamos, por lo tanto, que la pospandemia nos encuentre con una autoevaluación más positiva, es decir, más realista, sabiendo nuestra limitaciones y posibilidades pero con el entusiasmo suficiente. La crisis, al obligarnos al aislamiento, nos pone en conexión con nuestros anhelos. Y quizás del encierro, de la limitación, podamos aprender a encontrar nuestro sendero.

Quizás la pospandemia nos obligue a cambiar el paso para ponerlo en fase con el ritmo del mundo. Porque la vida es un ir y venir, "seguir y guiar entrar y salir de fase", como dice Jorge Drexler. Ir acomodándose pero sin dejar de ser uno mismo, sin someterse al paso del otro.

Es imposible que esta situación no nos deje huellas y, como siempre ante un problema, es necesario reconocer que uno está en problemas y buscar todas las redes de apoyo comunitarias e internas que nos ponen en el sentido de la vida. Sería deseable que saliéramos de la pandemia con puntos de apego seguro (Bowlby) y esperanzados (Erikson), virtud que surge del primer conflicto vital, aunque sabemos que vendrán realidades complejas.

Para finalizar, sería atinado recordar la frase de Victor Frankl: "La ultima de las libertades humanas es elegir nuestra actitud ante cualquier circunstancia. Lo contrario de la oportunidad es la incapacidad para vivir el presente. Cuando me encuentro ante una situación que no puedo cambiar la solución es cambiarme a mismo".

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