-

-

Atender a les pibes es romper el círculo perverso de la pobreza

Por: Antonio Colicigno
05 de noviembre de 2020

Hace varias décadas que en América Latina la preocupación central es la pobreza, en todas sus dimensiones. Un continente que desde los '80 se transformó en el más desigual del planeta, según el informe sobre desarrollo humano publicado en diciembre de 2019 por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Por ende, era previsible lo que vino, aunque escondan sus causas, la concentración de la riqueza, la liberalización del mercado, el achicamiento del Estado, la flexibilidad de la mano de obra o, dicho de otra manera, la baja del poder adquisitivo de los salarios. El discurso que pretendió naturalizarse como la receta a seguir, abrirse al mundo, bajar los costos laborales, aumentar la productividad y tantos otros enunciados, la realidad lo desmintió en más de una oportunidad.

Esa pobreza fue aumentando, no sólo por la pérdida de ingresos, sino porque una familia debe soportar más de una generación en situación de precariedad laboral de su jefe o jefa de hogar, con momentos -a veces largos- de desocupación, sin protección social para garantizar vivienda, educación de sus miembros, acceso a la salud, ausencia de proyectos de vida, ni que hablar de acceso a los bienes culturales, a vacaciones, a comprarse algo de esa enorme cantidad de imágenes que en todos los soportes multimedia parecen estar al alcanza de la mano. ¿Cómo enfrentar tanta frustración, la angustia del día a día, la incertidumbre del porvenir?

Nuestro país, que había logrado desarrollar una enorme clase media, gracias a un sistema donde el salario protegido, formal, con un Estado presente, que abarcaba a gran parte de la población, no pudo escapar al destino del continente, al destino de un capitalismo que se hizo más financiero y menos productivo. Como dijo el presidente Alberto Fernández en el encuentro de la Comisión Episcopal Pastoral Social: “El capitalismo entró en crisis el día en que en las empresas fueron más importantes los gerentes financieros que los gerentes de producción. Allí todo empezó a desesquilibrarse”.

Entonces la situación de miles de familias fue deteriorándose, con momentos de mayor contención, con un Estado más activo que no dejaba caer más aún a quienes el mercado dejaba excluido, con un piso de derechos dado por ejemplo con la AUH en la gestión de Cristina Kirchner, a la que algún dirigente se atrevió a descalificar diciendo que ese recurso se iba por la “canaleta del juego y de la droga”. Barbaridad de aquellos que parecieran no ser capaces de analizar el contexto, de entender el mundo que viven, pero en verdad, sólo están para justificar las injusticias.

En la Argentina de hoy, herencia del macrismo, aquel que llevó al extremo los discursos neoliberales que tanto daño han hecho en el mundo en general y en este país en particular, y de una pandemia que azota y que nos hizo descender más escalones aún, con una pobreza que llegó al 40,9% en el primer semestre, con una desocupación que llegó al 13,1% y una informalidad que llegó al 51,3% de los asalariados. Se entiende que ese empleo en negro es sinónimo de precariedad, de inestabilidad y de incertidumbre.

Eso es lo que debemos entender, no negar el mérito, entendido como el esfuerzo de cada uno para lograr ascender en la escala social, porque de alguna manera la movilidad social ascendente también está basada en el empuje personal o familiar, pero para lograrla hay que tener un piso de derechos, esa es la búsqueda.

¿Cuántas veces se dio un blanqueo de capitales?, que es legalizar de alguna manera lo que estaba al margen de la ley. ¿Por qué cuestionar entonces cuando el Estado sale a buscar, a rescatar, aquellos que están al margen de la sociedad, diríamos expulsados del sistema, no por elección propia como los que blanquean, sino porque muchas veces no tienen otra opción? Casi seis de cada 10 adolescentes no terminan en tiempo y forma la escuela secundaria, muchos de ellos y ellas empujados por la necesidad, por la falta de contención, por la complejidad de su situación social ¿Cómo vamos a cortar la reproducción de la pobreza entonces?

Hagamos un “blanqueo” para que nuestros pibes vuelvan a la escuela, más aún, después de un terrible año de pandemia, que seguramente profundizará el alejamiento. ¿Por qué no aprovechar la reciente ampliación de la AUH para pensar en un mecanismo con docentes dedicados especialmente a esa recuperación, con currícula alternativa para que, en una especie de Plan Fines, todes les pibes hasta los 18 años culminen sus estudios? ¿Por qué no comprometer a gremios y docentes en un esfuerzo que valga la pena? ¿Por qué no pensar en proyectar dos o tres años para achicar la verdadera brecha, que es la no finalización de los estudios secundarios, no como techo, pero al menos como piso para igualar las condiciones? ¿Por qué no pensar como reformulamos de una vez por todas, esa escuela secundaria, para incluir a les pibes más vulnerables en una dinámica de acceso a la tecnología, nuevos conocimientos, desarrollo de nuevas capacidades, acorde a las exigencias de un mercado de trabajo, que claramente se ha transformado? No podemos hablar de esfuerzos y de méritos sino cambiamos la realidad de les adolescentes que no encuentran herramientas, preparación ni estímulo para enfrentar los desafíos de los nuevos tiempos. No cortaremos la reproducción de la pobreza sino encaramos desafíos.

Escuchamos con esperanza al ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, plantear como eje de la política social que los más chiquitos, de 3 a 5 años tienen que estar en jardines, en ámbitos de contención y aprendizaje, que hay que encarar la urbanización de villas y asentamientos en un plazo razonable. Sabemos que la escuela primaria logra una finalización casi absoluta, pero el problema sigue siendo la escuela secundaria, a partir de los 15 años vemos una disminución paulatina de la participación, y eso en contextos complejos suele llevar a la esquina, a no tener proyectos de vida, a veces a caer en las garras del consumo problemático o incluso en las manos de aquellos que los aprovechan para fines delictivos.

Por qué no pensar, ya que estamos a 8 años de la ley conocida como del voto joven, la 26.774, que les dio derecho a sufragar a partir de los 16, en que, a partir de esa edad, tomando como base la AUH, pueden ser ellos y ellas que reciban un ingreso, tal vez una especie de IFE, que les conceda el derecho de acceder a cosas mínimas en forma alternada, una pilcha, un par de zapatillas, el acceso al cine o al teatro cuando vuelvan pos pandemia, a practicar algún deporte. Por qué no en un compromiso con los sectores del sector privado, lograr descuentos para beneficiar a esos ciudadanos y ciudadanas que su vulnerabilidad no les permite tener el derecho de ser libres por sus condiciones sociales.

Recurso económico para les pibes, docentes con voluntad, con compromiso para acompañar esa reinserción, una adecuación curricular y sin duda equipos que puedan acompañar ese proceso. El desafío es enorme, tal vez pueda proyectarse en un mediano plazo, pero es claro que les adolescentes deben formar parte de la agenda pública. Garanticemos el piso de condiciones para incorporar la cultura del esfuerzo, del trabajo, y sin duda, como decía el general Perón, si tenemos muchos y muchas más que terminan la escuela secundaria, más van a seguir estudiando, más van a lograr méritos y la sociedad argentina sin duda será más igualitaria y más segura.

* Antonio Colicigno es Magíster en Políticas Sociales e integrante del Grupo Artigas

* Mauro Brissio es Magíster en Comunicación e integrante del Grupo Artigas

Temas