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El oportunismo político es intolerable

Por: Antonio Colicigno y Mauro Brissio
09 de diciembre de 2020

Con el triste episodio del ciclista asesinado en Puerto Madero otra vez los medios buscan algún rédito cargando sobre la impotencia de la población una solución mágica basada en la mayor punibilidad.

El triste episodio del ciclista asesinado en Puerto Madero para robarle la bicicleta, supuestamente por un joven de quince años, abrió nuevamente la habitual catarata de oportunismos mediáticos, de aquellos que pretenden reemplazar la planificación, el imprescindible análisis y el debate racional, por fuera del calor de un cuerpo caliente, que claramente entristece, paraliza, aterra.

Otra vez la búsqueda de algún rédito cargando sobre la impotencia de la población una solución mágica basada en la mayor punibilidad. Los pibes “deben estar presos”, “las penas deben ser mayores”, se debe “bajar la edad de imputabilidad”. Y decimos los pibes y no les pibes porque la carga aquí es definida por género y por clase. Es varón y de un territorio definido, en este caso la villa 31.

Algunas cosas que es necesario volver a repetir, los países con menor inseguridad son aquellos con mayores índices de igualdad, donde la distancia entre los más que más tienen y los que menos tienen es de 6, 7 u 8 veces, como los nórdicos. Muy distinta situación a la de nuestro continente, convertido en el más desigual del planeta, desde la década del ochenta, países en los que los chicos pobres son los que más sufren la contradicción de una sociedad que los invita a consumir pero que una realidad material del bolsillo lo prohibe.

¿Quién empatiza con estos pibes? Claramente nadie. Sin embargo, siempre nos piden que nos pongamos en el lugar del empresario, de la oligarquía terrateniente y comprendamos que “asfixiado” por los impuestos del gobierno no pueden invertir. Lo que en realidad sucede es que es lindo jugar a "ser rico" porque ponerse en el lugar del pobre, que excluido por el mercado, no puede consumir, no resulta ni placentero ni agradable.

Esa es la gran diferencia entre ser rico y ser pobre, una diferencia marcada por un abismo de angustia entre el que gana mucha plata y el pobre que solo tiene para comer. En la Argentina basta recordar que, en el primer cuatrimestre de este año, la diferencia era de 22,7 veces, cifra sin duda que será más alta cuando se den a conocer nuevos datos.

Parecen querer olvidar que en la Argentina previa a la dictadura cívico-militar este tipo de inseguridades eran marginales. La violencia estaba más concentrada en cuestiones de índole política, de tensiones entre sectores, de represión estatal. Claro las diferencias entre los que más y lo que menos tienen no superaban las doce veces. La pobreza no llegaba al 5% y la desocupación rondaba un marginal 3%.

Era otro país, el país de una clase media extendida, y aclaremos una clase media por bolsillo, por ingreso, por calidad de vida, no por una cuestión simbólica, por querer pertenecer a un sector superior, aunque su salario y su estándar de vida no sea muy distinto al considerado “pobre”. Basta decir que más del 60% de la población argentina es vulnerable, o sea su ingreso no supera 1,5 veces la línea de pobreza, ingresos de poco más de sesenta mil pesos. Ahí está un buen sector que se considera de clase media, claramente no por su bolsillo.

Hay que redefinir con claridad políticas de prevención del delito, hay que construir con los expertos en la temática y con fuerzas de seguridad democráticas, ni represivas ni cómplices del delito, los caminos para frenar la inseguridad que no puede soportarse en una sociedad que pretenda vivir en paz.

Pero las pasiones no pueden suplantar la racionalidad de una política que debe construirse con conocimiento, con seriedad. No podemos escuchar voces de la política que sólo responden con oportunismo, que aprovechan la desgracia ajena, el desaliento frente a la pérdida de una vida, como si fuera una foto, descontextualizada de un presente que arrastra la herencia de un pasado reciente que profundizó las brechas, que provocó más pobres, más desocupados. Se olvidan los datos catastróficos, que sin pandemia, nos dejó el gobierno de Mauricio Macri.

¿Cómo no poner en debate cuáles son las transformaciones necesarias para cambiar el destino de las infancias y las juventudes? ¿Qué hacer para que logren sus proyectos de vida, que no tengan que correr por los caminos sinuosos de la droga y el delito? ¿Cómo devolver la esperanza de una sociedad con diferencias sociales, pero sin esas desigualdades que claramente generan violencia?

Seguramente requerirá de una política de Estado que planifique a corto, mediano y largo plazo. Seguramente tendrá que pensar en políticas educativas realmente inclusivas, sería bueno que aquellos que salen a agitar políticas punitivistas como solución a la inseguridad redefinan los presupuestos. Sería bueno que Diego Santilli en lugar de cabalgar sobre la muerte provocada supuestamente por un joven pobre de una villa de la ciudad, se comprometa a cambiar la tendencia de la inversión educativa que en su distrito será la menor de los últimos diez años. Salvo que esa decisión, sumada a una política represiva de sus fuerzas de seguridad, tengan la intención de condenar más aún a las infancias y juventudes, para quienes la oportunidad parece quedar en pocas manos.

Mientras tanto, se sigue criminalizando la pobreza, se sigue incitando a que la violencia institucional se cargue a más pibes, tal como enseña la Doctrina Chocobar o, en el mejor de los casos, se los meta presos, por políticas que pretenden justificar su exclusión.

*Antonio Colicigno es Magíster en Políticas Sociales e integrante del Grupo Artigas.

**Mauro Brissio es Magíster en Comunicación e integrante del Grupo Artiga

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