El final de “Son de Fierro”: un trámite con altísimo rating

Por: Adriana Schettini
07 de febrero de 2008



  • Rapidito, previsible y con un rosario de despedidas adocenadas, el capítulo final de la tira me desilusionó. Rescato, sin embargo, una línea de diálogo que, creo, merece ser pensada más allá de la ficción.

Fue un círculo perfecto: cuanto más rating tenía, más la capítulos le agregaban; cuanto más se prolongaba la historia, más crecía el interés del público y en consecuencia, el rating. Así funcionó “Son de Fierro”, la tira de Pol-ka cuyo capítulo final se  emitió ayer, por Canal 13, con un promedio de 31.5 puntos de rating y picos de 39. En verdad, una hazaña para una calurosa noche del mes de febrero.


 


Sobre el episodio final de la tira habrá tantas opiniones como los millones de televidentes que estuvimos pendientes de los amores complicados entre Lucía (María Valenzuela), Fierro (Osvaldo Laport), Juan Cruz (Martín Seefeld) e Isabel (Andrea Pietra); de la locura de Rita (Eleonora Wexler) y de la suerte y la desgracia del resto de los personajes. A mí, el último capítulo me desilusionó. Sin embargo, rescaté una frase que, creo, merece ser pensada más allá de los límites de la ficción. Pero vamos por partes.


 


¿Por qué me desilusionó el último capítulo de “Son de Fierro”? Porque no estuvo a la altura del trabajo narrativo que los autores venían desarrollando en los últimos meses. Anoche, se notó demasiado el apuro por ir cerrando, rapidito, el abanico de historias que en su momento prolongaron a más no poder en función del buen rating. Puesto a bajar la persiana, el guión llevó a los personajes a recitar un rosario de despedidas de manual. Como salidas de un molde industrial, en todas ellas se escuchaba más a o menos lo mismo: te quiero, te amo, cuidate, siempre voy a estar, un nuevo camino, etc.  Y desde el punto de vista de la imagen, ninguna innovación: los personajes mirándose a los ojos para decirse la última parrafada, lo antes posible. Hubo una escena, incluso, bien grotesca:  el personaje de Lucho hablando solo frente a la tumba de su hermano Juan (el personaje que interpretó Mariano Martínez y que debió morir porque el actor no podía prolongar su trabajo en la tira más allá del mes de diciembre último).


 


En cuanto a los amores difíciles de los Fierro, ocurrió lo que era de prever en una tira que pateó el tablero sobre el tema de la fidelidad y el amor: Fierro se quedó con su amor de estreno, Isabel; y Lucía, con Juan Cruz. Por tratarse de una novela que tanta discusión despertó, en el final, faltó sorpresa. Sin embargo, yo rescaté una línea de diálogo que, por sí sola, me pagó el tiempo que invertí en ver el último capítulo. La dijo Fierro al despedirse de Lucía: “Para mí fue un éxito, no un fracaso”. Se refería, claro, a los 25 años que estuvieron juntos y que en ese preciso instante, ingresaban en el pasado.


 


Más allá de la ficción, creo que, de verdad, son exitosos un hombre y una mujer capaces de compartir la vida y criar hijos durante tanto tiempo. El mérito es grande y la suerte que los acompañó, una bendición. Suponer que pasado medio siglo, esa pareja seguirá igual de enamorada que en la luna de miel, suena a utopía. Imaginar que ninguno de los dos se fascinará con otra persona y tendrá ganas de compartir con ella un trecho del camino que le queda por transitar, no parece demasiado realista. ¿Convierte acaso ese deseo en un fracaso lo vivido y construido durante el matrimonio que llega a su fin? No, claro que no. ¿Dónde está escrito que algo, para ser bueno, precise ser eterno? Si fuera así, los humanos estaríamos en problemas: lo bueno no estaría al alcance de nuestra propia finitud.