Otro anillo para el infierno - Capítulo 2

*Por Dumas.

Enamorarse es una decisión del albedrío. Enamorarse es algo que nos sucede; lejos estamos de decidirlo, y cuando nos damos cuenta que la voluntad no ejerce poder alguno, nos dejamos llevar en andas por el sentimiento.



Así, yo no elegí enamorarme de Ana; me sucedió aquella noche, apenas la vi abandonada recién llegada a la vida.



Me podrán acusar de hipócrita, pero todo cuanto le di a la comarca fue por Ana. Porque su cuerpo pisaba ese suelo.



Mi amor por Ana fue creciendo con ella y con los años. La niña que vi jugar en el patio del convento miles de tardes fue haciéndose una muchacha como ninguna imagen de virgen de pintura alguna puede igualar.



Le dediqué sonetos en silencio, y no pocas noches saqué las melodías más bellas de mi bandoneón, pensando en ella en la espera.



Ya era tiempo de que para ella, yo dejara de ser la figura familiar que solía ver de visita en el convento, o en las calles del pueblo. Había llegado el momento de que a los ojos de Ana, yo cruzara la puerta dejando afuera al señor Kerié, para ser visto como su enamorado más allá del tiempo.
 
Estábamos en el patio del convento, cruzando el camino de piedra hacia el galpón donde yo había mandado montar una fábrica de velas, como recurso económico para las monjas. Era viernes, finales del otoño; el sol acariciaba el aire que Ana atravesaba como al descuido. Como excusa, yo iba en busca de mi lote de velas que las mujeres me fabricaban sin que lo pidiera cuando en verdad yo sabía que aquél día luminoso era el instante que había esperado durante 16 años.



Nos acercábamos al final del camino, cuando detuve mi paso y miré al cielo. Ana levantó la cabeza intentando revelar qué me había llamado la atención en las alturas; sin darle tiempo a preguntarlo, le di la respuesta: buscaba coraje para invitarla un paseo a solas, si ella lo creía conveniente. Le confesé que nada hacía yo en este mundo sin tenerla a ella como motivo. Le revelé mis sentimientos de enamorado, sin avergonzarme al decirle que de ser rechazado viviría con una pena que ningún hombre jamás entendería.



Sentí culpa al verla ruborizarse, y buscar un escondite con su mirada en la punta de los zapatos. Pero pura como era, me miró a los ojos y me dijo que debía preguntar si era correcto aceptar mi invitación y mi sentimiento.



Comprendí que era lógico que ella lo consultara con la Hermana Superiora del convento, y dije que me parecía correcto.



Ella rió. Y con su voz de mujer en las ropas de una niña, dijo que era a Dios a quién debía preguntarle; que me daría la respuesta el domingo, después de misa, y que hasta entonces, era mejor dejar en el tiempo aquél momento.
 
Una mirada estuvo atenta a nosotros durante todo instante. Una mirada invisible para Ana; una mirada segura de su impunidad en las sombras. Una mirada que yo sabía que despedía celos. Una mirada que miraba con municiones en los ojos, y yo era el blanco.



Una mirada que nunca supo que yo fui consciente de su presencia, incluso antes de llegar.

Dumas
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