"El goce es obligatorio, hay un mandato de maximizar el disfrute y mostrar pruebas de bienestar en redes sociales"

Sociedad

Agustín Valle publicó este año el libro "Jamás tan cerca". Allí intenta caracterizar en qué tipo de sujeto nos hemos convertido a partir del uso generalizado de celulares y pantallitas. En esta entrevista habla de su libro, del rol de la pandemia en la virtualización de la vida y de mucho más, hasta se anima a pensar en clave mediatizada el atentado a Cristina Kirchner.

Jamás tan cerca es la compilación de años de investigaciones y reflexiones en torno al estudio del vínculo que establecemos con un ambiente hiperconectado que nos sume, según Agustín Valle, en un régimen quemante. Ese que todos conocemos mucho, donde vivimos chequeando incesantemente el celular, escroleando redes; estamos disponibles permanentemente y siempre pensamos que tenemos que publicar alguna selfie de lo que estamos haciendo si la estamos pasando bien. A partir de la publicación de su libro tuvimos la oportunidad de dialogar con él y seguir pensando modos de encontrar salidas nuevas a este mundo conectado que nos seduce tanto pero a la vez nos genera angustia y estrés.

Vos señalás una diferencia importante entre dos modos de vincularnos con el tiempo, uno es la Actualidad y otro el presente. ¿Podrías explicarnos brevemente cuál es la diferencia entre estos conceptos y cómo y cuándo fuiste llegando a esta idea? ¿Por qué usás la mayúscula cuando nombras la Actualidad? ¿Es una palabra sagrada, un nuevo Dios?

La Actualidad nos arrebata del presente. ¿Dónde estamos, dónde vivimos, cuál es el territorio o ambiente donde sentimos que efectivamente existimos? Si estamos, simplemente, donde estamos -y en el tiempo de ese estar-, ¿nos falta algo, no terminamos de sentir consistencia, la mano busca el aparato y los ojos se alinean a la pantallita aún sin saber del todo bien para qué? La Actualidad es un dispositivo de dominación, que nos sujeta no tanto a lugares como a una temporalidad: instantánea y ubicua, incesante, ajena, brillante, que hay que perseguir (“follow”), en un régimen quemante de estrés y miedo (a quedarse afuera de la actualización permanente de la red). Conectarse con la mediósfera, más allá de los contenidos que intercambiemos, es conectarse con la Actualidad. Es un imperativo que no sé si llamaría Dios pero sí hereda mucho de la tecnología teológica, del Cielo y el Espíritu: una esfera incorpórea, abstracta, luminosa y omnisciente, que ofrece imágenes de plenitud sin dolor, y por la que hay que sacrificar el presente. Uso mayúscula en Actualidad porque propongo un concepto, más allá del uso coloquial, justamente para diferenciarla del presente. El presente como el tiempo definido por nuestra presencia, por les presentes. Y la Actualidad como un tiempo de lo que ya está en acto. Pero en el presente no hay solo lo que ya está en acto; también está la potencia, todas las potencias, que son las que hacen devenir y mutar lo real. En Actualidad, debemos “seguir” y adaptarnos; el presente puede mapearse empezando porque estamos, y en tanto que estamos, lo que se presenta como dado es modificable.

Decís que es importante atender los problemas en los que nos sume “el quemante régimen de hiperconexión actual” en su dimensión histórica y política pero al mismo tiempo ¿somos todos iguales ante la religión del celular, ricos y pobres, adultos y niños estamos sujetos de la misma forma por el imperativo de la Actualidad?

Sin duda no somos todos iguales en lo que disponen las máquinas de reproducción de lo social; el capitalismo es un sistema de reproducción de la desigualdad. Por supuesto no es lo mismo tener un celular último modelo y ni saber cuánto cuesta el wifi que provee el cuasi monopolio de Clarín, porque esos pesos ni los sentís, que compartir un celular en la familia y pelearse por los datos que supimos conseguir... Más allá de esto -de la evidente, violenta y abismal brecha de riqueza-, creo que la Actualidad, como dispositivo de dominación, nos separa de percibir y explorar nuestras potencias actuales, tanto a nivel individual, grupal y también colectivo, social. La analogía entre lo vaporoso y abstracto de la nube -y dame like dame like dame like-, y lo también abstracto y presuntamente incorpóreo de los centros de poder financiero, el discurso de “el mundo” (“el mundo espera de la Argentina tal cosa”, etc), es solo un ejemplo de cuánto las tecnologías, las maquinas de conectividad, son operadores técnicos que participan de un modo de producción. Un modo de producción conectivo (“capitalismo recombinante” dice Bifo Berardi), con dominación ontológica de lo abstracto (el capital como mando de lo abstracto sobre el trabajo vivo), y represión ante los desbordes. Sí creo que nuestra sociedad produce una subjetividad -un modo de ser, hacer, percibir, pensar, producir- mediatizada, en varios sentidos, y que el régimen de existencia es conectivo; una amiga trabajaba en Galeno y me contó de viejitos desesperados, en 2020, porque no sabían usar la aplicación de celular que, de pronto, era la única vía por la que -en los hechos- podían conseguir insulina u otros medicamentos vitales.

Sugerís que el nuevo régimen mediatizado de existencia ordena la obediencia y el goce y nos liga a un entorno asfixiante donde estamos todos “hiperconectados pero distraídos” y, a la vez, planteás los “movimientos presentificantes” como posibles fugas a esa alienación. ¿Cómo sería esto y qué rol juega la intensidad en esos movimientos? ¿Vivimos en una conexión constante pero de baja potencia?

No sé. Es difícil. Creo que el goce es obligatorio, hay un mandato de maximizar el disfrute que le dé a cada quien, mostrar pruebas de bienestar; incluso un imperativo de felicidad -como si fuera simple cosa de voluntad individual. Es raro porque me parece que las intensidades pueden tener diferencias no solo de grado, sino de cualidad; esto es, quizá, contra intuitivo. ¿Qué tipo de intensidad psicofísica disponen los medios de comunicación, la conectividad? Es intenso el estado de estrés permanente; intenso a nivel ataques de ansiedad o pánico, a nivel infarto o acv, etcétera. El embotamiento, el aturdimiento del estado de conexión permanente, tiene su intensidad. Solo que una intensidad que tiende a ser uniforme, homogénea; con el contenido, la dedicación, la suerte que sea, el efecto psicofísico, el patrón nervioso, tiende a ser el mismo.

En medio de la dominación de lo mediato, donde las pantallitas son umbrales de una esfera brillante que organiza una tendencia a vivir todo como “medio-para” otra cosa, llamo “presentificación” a la restitución al presente de su potestad existencial soberana. Que sea el presente, que sea la presencia, el centro del mundo y de la percepción. Que todo se mida desde lo que late acá. Lo mediato, entonces, como recurso, o como algo que merece ser muteado. Y sí, las experiencias de presentificación aumentan la intensidad del presente. La intensidad que nos tiene como protagonistas, una intensidad que surge de los presentes haciendo esa experiencia. ¿Pueden las situaciones presentes intensificarse, cuando la Actualidad detenta poder sobre lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo real mismo? Cuando decimos acá pasa algo. Un acontecimiento, y somos sujetos de ese acontecimiento. En el libro pongo ejemplos del orden de lo amoroso, lo vecinal-urbano, lo político, lo lúdico, de la introspección, incluso.

¿Cómo es tu vínculo personal con la mediósfera? ¿Sos un chequeador compulsivo del celular? ¿Cómo se infiltra la Actualidad en tu día a día?¿Estás acostumbrado a morder el barro de la hiperconectividad o levantás mecanismos de autopreservación? Dicho de otro modo: ¿hay posibilidad de equilibrio entre ser un adicto a las redes y un tecnófobo?

Escribí el libro para defenderme, por supuesto; para intentar entender lo que me domina, lo que me asedia; si es un libro “crítico” no lo es señalando higiénicamente algo malo con el dedo, sino el barro en que vivimos juntos todos manoseados; crítico intentando poner en crisis, plantar criterios, bordes para una sujeción que tiende a total. Todo adicto, quizá, sea también un fóbico de lo que lo engrampa -no sé. Por supuesto intento mecanismos de auto-preservación, con mayor o menor éxito. Intenté que el libro fuera tecnófobo y también tecnofílico -porque el problema no es simplemente los aparatos, sino el régimen de vida del que son operadores técnicos. Y si nos embarcamos en presentificaciones, experiencias orgánicas que nos hagan crecer y explorar la versatilidad de nuestras potencias en este mundo, seguramente los aparatitos puedan servir.

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Decís que la pandemia “agudizó lo que ya había” y nos hizo “dar un salto en la virtualización general de la vida”. ¿Ya estábamos preparados culturalmente para esa profundización? Sin embargo, ¿estamos anímica y afectivamente equipados para soportar el entorno mediático que nos conecta pero nos separa?

Creo que la “vida celular”, o la “religión celular” como planteo en el libro, es decir un esquema donde “cada uno tiene su vida2, religados por las redes virtuales, incluso viviendo en los hogares como cápsulas como en la cuarentena (los que tenemos la fortuna de poder “quedarnos en casa”), estaba preparado por el capitalismo desde hacía décadas, tanto en planos prácticos (con internet y delivery) como subjetivos (con intolerancia a demorarnos en encuentros no funcionales). Ahora bien, el “equipamiento” incluye siderales aumentos de psicofármacos, y también cuerpos y mentes que estallan por doquier; una epidemia de malestares anímicos que es difícil de mensurar, pero también de soslayar.

El atentado a Cristina y los nuevos “llamados a la acción” de grupos radicalizados que instan a no quedarse en las quejas en las redes y la virtualidad, ¿pueden leerse como movimientos presentificantes de ultraderecha?

Creo que lo más real, lo más verdadero, es la complejidad de las cosas; en el sentido de que toda situación concreta, si tolera alojar las categorías con que intentamos pensarla, a lo sumo lo hará presentándolas de forma mezclada, contradictoria, etc. “Gris es toda teoría y verde el árbol de la vida”... Entonces, en parte, tal vez sí: arman una aventura que intensifica sus vidas, los mete en una, como se dice. Pero, por otra parte, ¿no es una práctica hiper modulada por abstracciones mediatas? ¿No es el reinado de la maquinación mediática, que logra elaborar unos soldados para ir al barro de la acción?

Tu libro tiene un generoso apartado con obras que lo influenciaron donde pueden rastrearse tus lecturas y recomendaciones pero por donde sugerís iniciar un estudio de las problemáticas que te interesan. ¿Qué libros o autores te parecen imprescindibles y necesarios?

¡Difícil pregunta! Un tridente clásico: Así habló Zaratuhstra, de Nietzsche; la Ética de Spinoza; El Capital, de Marx. Después, 24/7 de Jonathan Crary; Pensar sin Estado de Ignacio Lewkowicz, y Pedagogía del aburrido de IL y Cristina Corea; La ofensiva sensible de Diego Sztulwark; La persona y lo sagrado de Simone Weil; La intimidad como espectáculo de Paula Sibilia; Generación Post-Alfa de Bifo Berardi; El arte del motor de Paul Virilio...

Acá se puede leer un fragmento de Jamás tan cerca.

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