Vida rodante, casa rodante

*Por Santiago López.

Desde mis abuelos que en mi familia siempre fue algo complicado fijar un domicilio
estable. Por el lado de mi madre, familia de ferroviarios, cambiaban de paradero
como veces cambiaban de destino a mi abuelo en su profesión de jefe de estación. Mi
abuelo materno tuvo once hijos, nueve de ellos en una localidad diferente: desde
Valdéz en la provincia de Buenos Aires, hasta Choele Choel en Río negro. Ya en los
últimos años se establecieron en Longchamps (por aquel entonces, sur de la
provincia, hoy en día, zona sur del Gran Buenos Aires), primero en una serie de
viviendas a un lado de las vías (conocida entre los andenes como “La Colonia”),
luego a lo que se llamo Barrio Ferroviario. Pero siempre cerca de los rieles.
Algo similar y diferente ocurrió con mi familia paterna: Nacidos todos bajo la carpa
de un circo, la vida de mi abuelo y sus hijos transcurrió mas en los caminos que en un lugar fijo . Tener una casa no era el sueño de ellos; su sueño como techo era tener su propia casilla rodante. Y mi padre no fue la excepción. 

Cuando mi padre conoció a mi madre él compartía una pequeña casilla rodante junto
con su hermano (como lo harían dos hermanos compartiendo una habitación en una
casa), pero cuando la relación de novios apuntaba a algo mas profundo y estable, mi
padre comenzó a pensar en un techo propio (o en unas ruedas propias, según se mire).
Mi madre lo visitaba en el circo en temporadas que ella las tomaba como vacaciones,
y cuando las distancias y el trabajo lo permitían, mi padre dejaba el circo para
sentirse sedentario por unos días en la casa de quien seria su esposa. Pero ambos
buscaban un lugar en común, y así fue como mi madre decidió que al casarse, se iría
con mi padre a vivir al circo.

Para recibir a su esposa, mi padre no compró un terreno, mi mucho menos ladrillos
que fuera apilando en paredes: comenzó a construir su propia casilla rodante. Desde
las ruedas hasta el techo la construyo con lo que era una parte de sus ganancias
como trapecista en el circo: la venta de copos de azúcar, golosina casi en
extinción.


Pensar en un hombre que construye su hogar para su futura familia basándose en la
venta de copos de azúcar no parecería una idea de la realidad, pero si lo fue en la
realidad de mi padre.


Poco más de seis meses le llevo construir una casilla rodante de siete metros de largo por tres y medio de ancho, con cocina, baño, dormitorio y un sitio intermedio que serviría de comedor y sala de estar según la ocasión. Piso de madera con plastificado imitación mosaico, y machimbre en el techo; las paredes, forradas de un empapelado que jamas volví a ver en ningún lado. Dos ventanas para el dormitorio (con vidrio inglés), una ventana para la sala-comedor, una para el baño y la cocina junto a la puerta de entrada, en el extremo delantero del trailer.

Ese fue el hogar permanente de mi familia hasta que yo cumplí doce años. Allí, en el piso de esa casilla rodante comencé a gatear y a caminar (como sistema de precaución, mi madre solía poner una tabla atravesada en la puerta cuando esta estaba abierta, pues la distancia desde el piso al nivel de la tierra era de unos ochenta centímetro que se cubrían con una escalera de dos escalones), también lo
hicieron mis dos hermanos menores; aún recuerdo al mas chico, yendo de un extremo al
otro de la casilla rodante transportándose a si mismo en su andador.

Adentro de aquella casilla rodante hemos recibido a los reyes magos (incluso en cierta época en donde yo solía hacerme el dormido para que los reyes hicieran su trabajo sin culpa...), hemos matado días de lluvia donde no se podía hacer otra cosa que jugar bajo techo; dentro de esa casilla rodante, luego, hacía mis tareas escolares y ya un poco mas crecido bosqueje mis primeros relatos.
Con el tiempo, a  medida que fuimos creciendo, mi madre fue planificando para sus hijos un domicilio tradicional. Así fue como luego de idas y vueltas enmedio de la autopista de la burocracia logro la titularidad de un departamento en un complejo de viviendas comunitarias en Claypole, y la casilla rodante pasó a ser solo un hábitat ocasional de fines de semana vinculada al trabajo. Menos para mi padre. El continuo siendo huésped permanente. Él la había construido para su familia, y ese
era su hogar. Aunque la casilla rodante fuera envejeciendo. Dos vuelcos sufrió aquella vivienda con ruedas en todo su periplo por los caminos del mapa; la primera vez fue cuando nos trasladábamos a Claromecó, una playa al sur de la provincia. Una tormenta de verano apareció de la nada dejando knock out en un segundo a la casilla rodante tumbada sobre el camino.


La segunda vez, anciana que tropieza en un mal paso, volvió a caer de costado en una
mala maniobra donde no le respondieron sus reflejos, hace unos 15 años.
Ya no era la misma de entonces. De a poco iba perdiendo el confort de los comienzos,
y era innegable que tarde o temprano había que mudarse, como ya lo habían hecho
hacia mucho tiempo el resto de la familia que también vivía cada una en su casilla
rodante.


En el 2000, mi padre se compró otra vivienda andariega, mucho mas chica, mucho mas
fría, mucho mas ajena.


Dejó guardada por un tiempo, casi como una apología del recuerdo, su vieja casilla
que nos diera cobijo durante dos largas décadas. Hasta que fue inevitable que se
desprendiera de ella.


Supe que fue del destino de aquella, la que había sido mi casa en mi niñez y en
parte de mi adolescencia, pero no quise estar presente cuando se la llevaran mas
como chatarra rodante que como lo que fue: el hogar de mi familia.
Sigo visitándola en fotos: siempre estaba de fondo cuando mi madre nos fotografiaba
en impecables delantales blancos el primer día de colegio, o como punto de partida
de una guirnalda de globos cuando festejábamos cumpleaños a su sombra.

Que quieren que les diga..., cada vez que yo veo una casilla rodante por ahí, no veo
una vivienda pasajera; veo mi casa. Veo mi casa que siempre esta en el mismo lugar,
y es el mundo el que se mueve bajo sus ruedas.
 
Por Santiago López

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