Votar, ¿es elegir?

*Por Santiago López.

Hace unos días fui al registro civil a tramitar un cambio de domicilio, cuando la empleada del lugar examinó mi documento se encontró con una “sorpresa”: mi último registro como votante databa de Octubre de 1994. Aún estoy en plena edad de votar –tengo 37 años-, y me preguntó por qué no había votado nunca más.

Esgrimí el mismo argumento que sostengo desde que decidí no volver a sufragar (hasta el momento): ¿Por qué uno tiene que estar obligado a votar, cuándo en realidad es una elección?; más aún cuando ninguno de los candidatos que se presentan me despierta confianza para darle la tremenda responsabilidad que significa dirigir un País.
 
El 10 de Febrero de 1912 se promulga la Ley 8.871, más conocida como La Ley Sáenz Peña, quien era el presidente en aquél momento. Dicha Ley regulaba el sufragio universal, secreto y obligatorio.

Que el principal motor de una democracia como lo es el voto popular sea obligatorio, va en contra de lo que supone justificar, provocando una contradicción absurda. Todo ciudadano debería tener la libertad democrática de elegir votar, o no hacerlo. Es cierto que la Ley Sáenz Peña aún continúa vigente, y no cumplirla indica estar en contra de la Ley. Ahora,  ¿cómo puede ser aceptable estar a favor de una paradoja como lo es obligar a elegir?.
 
Votar o no votar, he ahí la elección.

Lejos de plantear una campaña en contra del voto, yo sostengo que el voto popular debería ser voluntario. Que cada ciudadano tenga la libertad de elegir votar o no votar sería el significado primero de la democracia.

Muchos países democráticos del mundo cuentan con el voto voluntario: Francia, España, Estados Unidos, por ejemplo; Colombia y Nicaragua son los dos únicos países latinoamericanos que no obligan a sus ciudadanos a elegir legisladores.

Uno de los argumentos que sostienen el voto obligatorio indica que al convocar a las urnas a toda la ciudadanía, se evita que la democracia quede en manos elitistas; es decir, en aquellas personas que sí se interesarían en votar; que, estadísticamente, sería de una clase media y acomodada, auto marginándose los de las clases más bajas. Y también se dice que si a la gente se le diera la libertad de no votar, serían muchos los que no se presentarían a hacerlo.

Personalmente, éste último argumento es falaz.
 
Cobrando por un voto.

“Si no te gusta ningún candidato, podes votar en blanco”, es lo primero que me dicen cuando yo explico por qué aún no he vuelto a votar desde hace mas de diez años. Votar en blanco no es votar. Y es peor y diferente, que elegir no votar.

Buen daño se le hace a la democracia yendo a votar sabiendo no poder elegir a ningún candidato por que ninguno  despierta confianza. (Las razones sobran, y dan tema para otra nota…). Y en cierta forma, hasta votando en blanco uno está optando por algún candidato. O por todos…:

En nuestro país, cada partido político recibe dinero por cada voto obtenido en una elección. Es decir, cada voto significa un dinero para un partido. Incluso los votos en blanco, porque un voto en blanco divide el dinero correspondiente entre todos los partidos presentados en la elección. De ahí puede entenderse el por qué en  todas las elecciones se presenten partidos y candidatos sin chances de ganar: siempre ganan algo; no obtendrán una banca, pero sí un pequeño peculio. A eso agreguémosle que algunos de esos partidos son partidos con candidatos-dueños (su máximo referente es quién fundó el partido…) y así, en cada elección hacen su propio negocio.

Teniendo un sistema de voto obligatorio como el nuestro, permite también tener votos cautivos, o votos rehenes: y llamativamente, esos votos rehenes se obtienen en aquellas clases que supuestamente no votarían si se les diera la libertad de no hacerlo: las clases bajas. Se sabe que la mayoría de los políticos en época de elecciones son como Papá Noel en Navidad y los punteros políticos son los renos: regalan licuadoras, inodoros y chupetines. Situaciones así serían difíciles de aprovechar si la gente tuviera la libertad de votar o no votar. Cuando no se  permite hacer dieta, es más fácil engordar.

Desde su promulgación, La Ley Sáenz Peña ha tenido varias modificaciones. Eso sí, la obligatoriedad del voto no tuvo libertad de cambiar.
 
Por Santiago López.

Dejá tu comentario