Matías Bagnato, sobreviviente de la Masacre de Flores: "Estoy pasando un momento muy difícil"
El único sobreviviente reconstruye su historia en esta entrevista que reúne recuerdos de su familia y el desafío de aprender a vivir tras la muerte del asesino.
Entrevista a Matías Bagnato en el marco del estreno del documental "La Masacre de Flores"

La vida de Matías Bagnato quedó marcada por la Masacre de Flores, ocurrida en la madrugada del 17 febrero de 1994, cuando tenía apenas 16 años. Fue el único sobreviviente del incendio en el que murieron sus padres, José y Alicia, sus hermanos Fernando y Alejandro, y Nicolás Borda, un amigo de la familia.
Durante décadas, luchó por la búsqueda de justicia y para evitar que Fructuoso Álvarez González, el hombre que asesinó a su familia, recuperara la libertad.
En esta entrevista exclusiva con MinutoUno, Bagnato recuerda a su familia y a su abuela Norma, uno de sus pilares fundamentales. Además, habla de aspectos de su historia que hasta ahora no había contado y se sincera sobre un dolor que todavía intenta procesar, pero también sobre el desafío de aprender a vivir con las ausencias, apoyándose en los vínculos que logró construir.
Contar lo que pasó puertas adentro
La charla se da en el marco del estreno del documental La masacre de Flores ( HBO), el cual cuenta con la participación de Juan José Campanella y propone recorrer la historia desde una perspectiva más íntima, con testimonios inéditos de personas que acompañaron a Matías Bagnato durante estos 32 años. La muerte del asesino, el 30 de abril de 2023, fue el punto de partida para pensar en un relato que trascendiera el caso policial. "La idea fue contarlo desde otro lado, no solo el true crime. Me gustó la idea para poder darle un cierre a la historia", resume.
—¿Cómo surgió la idea de hacer el documental La Masacre de Flores?
—Ya había tenido una propuesta de hacer una serie de ficción sobre la vida de mi abuela. Pero fue al poco tiempo que ella murió y, con la locura que yo vivía en ese momento, no estaba preparado. Cuando muere el asesino de mi familia fue todo muy movilizante. Me llamaron de muchas productoras y lo primero que hice fue consultarle a Campanella. Teníamos relación porque él nos ayudó en la lucha por la Ley de Víctimas.
—Durante años contaste tu historia casi como si estuvieras en piloto automático. ¿Qué cambió esta vez?
—Hice eso inconscientemente porque sino era muy difícil mantenerme fuerte cuando contaba todo una y otra vez. Esta vez fue distinto porque lo conté para darle un cierre y sin la espada en la nuca de tener que hacerlo para cuidar la vida de mi abuela y mi familia.
Siempre pensé que, para la gente, mi caso era verme luchando para que no liberen al asesino, pero sentía que no eran conscientes de todo lo que había hecho este monstruo. Como no había mucho material de archivo y solo hablaba yo, era necesario que supieran lo que viví esa noche y estos 30 años en la intimidad.
—¿Qué sentiste cuando viste el documental terminado?
—Primero quise verlo solo y estuve llorando como tres horas. El ver lo que tuve que vivir todo junto es tan fuerte. Por momentos no entiendo cómo aguanté ni cómo aguanto vivir con esta historia.
Ahora estoy en un proceso. Siento que esa obligación de cuidar a mis seres queridos y hacer justicia fue un motor para que siga adelante y no me quiebre. Ahora, esos dos motores más importantes que me mantenían fuerte, mi abuela y el hacer justicia, no están más. Lo que yo más esperaba era que se terminara toda esta pesadilla. Ahora tengo que empezar a vivir por Matías, y esa es la parte que más cuesta.
—¿Hubo algo que descubrieras al ver el documental o que recordabas de otra manera?
—Me impactó mucho el verme con 16 años enfrentando todo eso. Había olvidado que esto le pasó a un chico, con todo lo que eso implica. Me impactó verme en el rol que tuve que asumir de estar fuerte. ¿Cómo siendo tan chiquito pude hablar de esa forma y enfrentarlo?
En el documental hay una entrevista que me hacen adentro de la casa donde se me ve recontra entero. La vi y no te puedo explicar lo que lloraba. Te soy sincero, no puedo entender cómo me banqué estar ahí hablando.
Las voces que el tiempo no logró borrar
Una de las particularidades del documental es la recuperación de casetes con grabaciones de la familia Bagnato que Matías mantenía guardados, pero no se animaba a reproducir. El material le permitió reencontrarse con imágenes de sus padres y sus hermanos, y escuchar nuevamente sus voces.
—Para el documental lograste recuperar grabaciones de tu familia, ¿qué sentiste al escucharlos después de tantos años?
—Desgraciadamente, lo primero que uno va perdiendo con los años es el registro de las voces. Me esforcé demasiado para poder digitalizar esos casetes. Eran de una filmadora vieja de mi papá que se salvaron. Estaba seguro de que tenían algo, pero para mí era tan fuerte verlos que nunca había dado ese paso. Cuando lo hice fue una mezcla de felicidad, pero el verlos y el escuchar las voces fue terrible.
—Incluso hace pocos días publicaste una foto muy especial en tus redes sociales
—Antes no teníamos todo al alcance de la mano para grabar videos, fotos y audios. No tengo una foto de los cinco juntos de cómo estábamos en el último tiempo. Hace pocos días me animé a hacer una foto con inteligencia artificial. Cuando la vi fue llorar y pensar que por lo menos tenía eso, aunque sé que no existe, en mi corazón sí.
Me ayuda un montón en el proceso. Por eso el material del documental, verlos nuevamente, escuchar la voz de mi mamá, verme con mi papá dándome un beso, es súper importante para mí.
Esconderse y protegerse ante la amenaza del monstruo
Durante años, Bagnato mantuvo a su círculo más cercano a resguardo ante el latente miedo de que el asesino quedara en libertad y los buscara. Esta vez, aquellas personas que fueron y son fundamentales en su vida sí pudieron aparecer en cámara. Entre ellos se encuentran Nicolás, su pareja, y Berta, la mujer que trabajaba en la casa de sus padres y que se convirtió en uno de sus pilares. También se recopila material de archivo de Norberto, el vecino que lo ayudó a salir de la casa.
—El documental le da lugar al testimonio de las personas que te acompañaron durante estos años.
—Sí, me parecía que lo más rico de la historia era conocer todo lo que había detrás mío, los que me contenían, el poder haber formado una familia. Quiénes eran esos pilares de los que nunca se habló. Ni hablar de la abuela, me hubiese encantado que ella estuviese presente. No porque era mi abuela, pero hay pocas personas en este mundo con la entereza que tenía ella. Que te quiten de la peor forma a tu única hija, a tus nietos, quedarte sin casa, sola con un adolescente... No hay muchas personas como ella en este mundo.
No fue fácil para ellos, que siempre estuvieron en el anonimato, tener que enfrentar una cámara y hablar de esto, pero ninguno lo dudó ni un momento. Entendieron cuál era el motivo por el cual se hacía y para mí es una satisfacción saber que todos pudieron acompañarme. El de Berta es un testimonio que les va a impactar. Como el asesino la conocía, nunca quise hablar de ella públicamente porque no quería que él supiera que seguía conmigo.
—También aparecen imágenes de Norberto, el vecino que te salvó
Norberto falleció, pero el documental cuenta con el testimonio de él de los archivos en los medios. Con Norberto hablábamos mucho, él había quedado muy mal. Tenía una pizzería a la vuelta, pero era herrero de oficio y fue quien hizo las rejas de mi casa. Cuando se enteró que a mi papá lo encontraron tratando de sacar la reja fue terrible. Había momentos que me hacía muy mal verlo, era ir a la vuelta de mi casa, hablar de esa noche. Entonces, sí, hubo un tiempo que yo necesité alejarme un poco. Lo mismo me pasó con la familia de Nicolás Borda.
—¿Por qué no se menciona la historia de Nicolás Borda en el documental?
—En todas las notas que di durante estos 30 años siempre hablé de mi mamá, mi papá, mis hermanos y de Nicolás. Siempre pedí justicia por los cinco, no solo por mi familia. Le pedí a la producción que llamara a sus hermanos, pero no quisieron participar, no estuvieron de acuerdo en que se hiciera el documental. Respeto su decisión, pero me tiene re mal ese tema, me hubiera encantado de alma hablar de Nico como lo hice toda la vida.
La “falsa” condena al asesino y el regreso del miedo
La primera etapa judicial terminó en 1995, cuando Bagnato todavía era un adolescente. En ese proceso, su abuela Norma tuvo un papel decisivo para protegerlo. De ese proceso, Matías recuerda particularmente la reconstrucción del hecho, realizada de madrugada, en la casa consumida por el fuego y con el asesino a pocos metros.
—¿Qué es lo que más recordás del juicio?
—La primera vez que volví a ver al asesino fue en el juicio, cuando declaré. Entrar a un Tribunal, tener a tres jueces y al tipo a tres metros fue espantoso. La particularidad de esa etapa fue que estaba la figura de mi abuela, ella me salvó en todos los aspectos en lo que se puede salvar un ser humano. Trató de protegerme lo máximo de todo lo que implica un proceso judicial en Argentina, sobre todo 30 años atrás.
Me acuerdo de la reconstrucción, fue una inspección ocular a las 3.30 de la madrugada, con el asesino presente en la puerta de la casa quemada. En ese momento nadie pensó en ese chico de 16 años, en lo que era pararme con ese monstruo a metros mío, rodeado de policías.... ¡Había peritos me preguntaban por el color de la llama!
—¿Pensabas que la condena significaba que todo había terminado?
— Sentí que se había hecho justicia, desde la ingenuidad y el desconocimiento, confiaba en eso. El día de la sentencia, cuando le dieron la falsa perpetua, llegamos a casa, mi abuela me agarró la mano y me dijo: ‘Mati, hasta acá todo lo que podíamos hacer por mamá, papá y los chicos. Ahora tenemos por delante una tarea difícil que es que vos puedas tener una vida lo más normal posible’. Me dijo que había que focalizarse en que sea un hombre de bien, que pueda crecer sin rencor, sin odio. Fue el camino más acertado.
—¿Imaginabas que podía quedar en libertad?
—En ese momento se aplicaba el sentido común, después de semejante crimen, quemar vivas a cinco personas, tres criaturas... Para la abuela y para mí perpetua era perpetua, no existía la posibilidad de que un tipo que hizo esa locura pudiera salir de la cárcel. Dije "van a poder descansar en paz". Jamás me imaginé todo lo que iba a pasar después.
Una nueva llamada, una nueva amenaza
La condena a cadena perpetua le hizo creer que la pesadilla había terminado, pero años después supo que Álvarez González había sido trasladado a España para continuar el cumplimiento de la pena en su país natal. Sin embargo, en 2010 Matías recibió una llamada: era el asesino amenazando con matarlo. Así se enteró que el monstruo estaba libre y había vuelto a Argentina. La detención llegó recién un año después y dio inicio a una otra etapa de incertidumbre judicial.
—¿Cómo fue la nueva amenaza?
—En el año 2010, una madrugada en el mismo horario del incendio me suena el teléfono. Atendí pensando que me llamaban del trabajo, pero era él haciéndome la misma voz particular que hacía cuando éramos chicos, diciéndome que me preparara que me iba a quemar a mí y a mi abuela. Ahí es cuando se me acaba la vida por segunda vez.
—¿Cómo fue ese año hasta que lo volvieron a detener?
—Mi vida desapareció por completo. Vivía con tres policías las 24 horas, salía a ver a un amigo y tenía que ir con ellos, no podía ir a trabajar, estuve un año con licencia, bajaron mis ingresos pero los gastos seguían igual. No es que te pasan estas cosas y el Estado te acompaña, no existe eso. Fue espantoso, horrible y desesperante. Veía que pasaban los días y no lo detenían, era el mundo del revés: él estaba libre y yo estaba preso. Una cosa de locos. Cuando lo detuvieron a fines de 2011 fui un iluso, pensé que se terminaba, pero no. Ahí empezó toda esta locura de estos últimos casi 14 años, hasta el día que murió. De estar cada seis meses teniendo que luchar para que no lo dejen libre de vuelta.
Fructuoso Álvarez González murió el 30 de abril de 2023, a los 63 años, en el hospital del penal de Ezeiza, debido a un shock séptico por una infección.
La muerte de la abuela Norma y las ausencias que siguen presentes
Después del incendio, Matías y su abuela vendieron la casa del barrio porteño de Flores y se instalaron en Caballito. Norma fue su principal sostén y lo acompañó en la reconstrucción de su vida. Falleció el 1 de junio de 2020, en medio de las restricciones y el aislamiento por la pandemia.
Matías no puede evitar emocionarse durante esta parte de la entrevista, habla de las ausencias, de los cumpleaños que le cuesta celebrar y de la dificultad de imaginar cómo serían hoy sus hermanos.
—¿Cómo atravesaste la muerte de tu abuela?
—Lo de la abuela fue natural, yo ya sabía que iba a pasar. Pero fue en el peor momento de la pandemia. Cuando la perdí no la pude ni despedir, no hubo velatorio, no hubo entierro, no hubo nada. Con mis viejos me pasó igual. Comí con ellos, me acosté a dormir y nunca más los vi. De un día para el otro, desaparecieron.
Todo eso tuvo sus consecuencias que hoy estoy tratando de superar y de sanar. Evidentemente, por esta necesidad de mantenerme fuerte, fui tapando y siempre mostrándome como un superhéroe, como que nada me derrumbaba. La realidad es que estoy roto en mil pedazos.
—¿Cómo convivís con esas ausencias?
—No hay día que no me levante y no piense en mi abuela y en mis papás, en mis hermanos. Todos los días de mi vida me faltan, los necesito, los extraño. Me encantarían que estuviesen para contarles las cosas lindas que me van pasando, los pequeños logros. Convivo así hace 30 años con esas ausencias, con esas sillas vacías en casa.
— ¿Qué es lo que más te cuesta?
—Las fechas de cumpleaños. Las más difíciles son las de mis hermanos porque no me los puedo imaginar. Para mí, mi hermanito Ale quedó con 9 años. Pienso que hoy tendría 40 y pico, me pregunto cómo sería su cara, si tendría sobrinos. Me destruye.
Según mi psicóloga, inconscientemente tengo una cosa adentro de mucha culpa, por ser el hermano mayor, por haberme salvado. Tengo un tema con mi cumpleaños. Cada vez que cumplo pienso en hacer un gran festejo, pero cuando llega el momento lo boicoteo. Estoy tratando el no poder terminar de digerir que yo cumplo años, que yo seguí viviendo y ellos no.
Cómo reconstruir una vida en medio del dolor
Matías Bagnato logró rehacer una vida centrada en sus vínculos y en una vocación que lo acompaña desde chico. Trabaja hace más de dos décadas como tripulante de cabina en Aerolíneas Argentinas, donde encontró una red de contención que considera fundamental. A eso se suma su relación con Nicolás y el afecto de las personas que lo acompañaron.
—¿Qué cosas te ayudan adelante en los días difíciles?
—Tenerlo a Nico, hace 14 años que estamos juntos. Es un compañero muy importante para mí, fue alguien que fue un pilar importantísimo durante la vejez de mi abuela. La relación que llegó a tener con ella me ayudó mucho a pasar ese momento.
Para mí el recibir el amor de la gente es quizás la única parte buena de la exposición que tuve. Cada mensajito que me mandan a Instagram o cuando salgo a la calle y me dan un beso, un abrazo, para mí eso me re ayuda a seguir adelante. Hay gente que me acompaña desde aquel día. Es impresionante. Esos son los mensajes que me ayudan a decir, bueno, no estoy solo.
—Y dentro de todo eso también estuvo el cumplir tu gran sueño de ser tripulante de cabina, ¿los aviones son tu refugio?
—Amo mi laburo desde chiquitito. Para mí el avión es mi cable a tierra. Yo subo a un avión y respiro de otra forma, me olvido de todo. Una vez me plantearon si yo sentía que estar volando en el cielo era estar cerca de mi familia, no sé si inconscientemente tendrá que ver o no. Poder lograr mi vocación y poder trabajar en lo que me gusta es algo que me salvó. Y Aerolíneas es mi familia, es la contención que tuve y tengo. Siempre estuvieron conmigo, han sido tan humanos. Los empleados para mí son mi familia, son mis amigos.
El sentido de haber sobrevivido: “Lo único que quiero es ser feliz”
Durante mucho tiempo, Matías Bagnato encontró un propósito en la búsqueda de justicia, en convertir su exposición pública para promover la Ley de Víctimas y en seguir adelante por su abuela. Hoy intenta encontrar un nuevo sentido.
—En algún momento hablaste de cambiar el "por qué" sobreviviste al "para qué", ¿encontraste esa respuesta?
—La encontré. Quedé vivo para hacer justicia y para darle a mi abuela un motivo para que siguiera viviendo. Creo que, si yo no me hubiera salvado, la abuela se hubiera matado, porque el único motor que tenía para vivir era yo.
Después, en una segunda etapa fue el conseguir la Ley de Víctimas. Si con todo lo que me pasó, el haberme expuesto, el ser medianamente conocido, me daba la posibilidad de hablar con diputados, senadores, presidentes, ministros, tenía que servir para que algo cambie en Argentina. Ahora estoy tratando de descubrir el para qué estoy en este momento.
—¿Cómo te sentís hoy en día?
—Como consecuencia de esto que estoy viviendo, hay cosas que no estoy preparado para contar, las estoy atravesando. Pero la verdad es que estoy pasando un momento muy difícil. Lo único que sé es que quiero estar bien. Tengo muchas ganas de ser feliz de una vez por todas. Me cuesta horrores. Siempre hay algo.
Te juro por mis viejos, yo solo sé la fuerza que pongo todos los días para levantarme, para ponerme una onda, para reírme, para pensar en seguir adelante. Lo que más me repito es cómo les gustaría verme, contento, cumpliendo mis objetivos. Entonces me abrazo mucho a eso. Pero todo me cuesta mucho. Es como que nunca logro estar bien.
—¿Cómo te gustaría verte dentro de diez años?
—Mirá, en base a lo que hablamos recién, lo único que quiero es ser feliz. Es lo único que quiero. No sé cómo, pero lo único que quiero es ser feliz.
—Si tuvieras que definirte, más allá de todo lo que te pasó, ¿quién es Matías Bagnato?
—Es una persona que siempre, siempre fue para adelante. Soy muy, muy amiguero, soy muy confiado en la gente. Pero sobre todo a mí me genera mucha admiración, si me veo afuera, cómo sigo viviendo después de todo lo que me pasó, cómo me sigo levantando de la cama y las pilas que le pongo. Aunque ahora estoy en un momento que me cuesta mucho, pero bueno, me pasa eso. Muchas veces ni yo mismo sé cómo hice para seguir.
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