El Huésped - Capítulo 4

*Por Dumas.

Rescate. Éste idiota no sabe que mi familia no va a pagar ningún rescate por mí. Si hasta puedo imaginármelos tratando más con los abogados por la parte que les tocaría si yo no llegara a aparecer, que preocupados por encontrarme junto con la policía.


 


Una ex esposa le da más prioridad a la fortuna de su ex marido, que a al secuestro de su ex marido. Y los hijos…, bueno, para qué contar con mis hijos. El varón, larva de mi esfuerzo, recibiendo la mejor porción que cociné durante años de trabajo. Y las dos mujeres, dromedarios que llevan el apellido en la espalda.


 


Mis colegas de la competencia deben estar disfrutándolo. Habrán hecho ya las llamadas de ocasión acompañando a mi familia, pero ni unos ni otros creerían las palabras que se dicen.


 


Yo soy el único que puede preocuparse por mí, y el único que podrá sacarme de todo esto.


 


Éste pobre infeliz ha visto demasiadas películas yanquis; atado y todo como estoy, puedo adivinarle el siguiente paso.


 


Pedir rescate por mí…, iluso ignorante. Que disfrute el poder que pueda llegar a sentir; en cuanto llegue el momento, sabrá que desde el comienzo, las cosas siempre salen a mi favor.


 


Acaba de entrar a la habitación…; fingiré sumisión, y le pediré un vaso con agua.


 


Mejor será abandonar todo esto. Y de la mejor forma posible, llamar realmente a la policía, o a una ambulancia, y que se lo lleven. No sólo nunca imaginé que podría encontrarme en una situación así, sino que realmente no sé qué hacer.


 


Reconozco que el dolor y la impotencia de sentirme despedido de mi trabajo, me llevaron a nublarme la razón. Supongo que es algo que puede pasarle a cualquiera…


Llamé por teléfono a mi cuñada. Mi esposa está bien. Aún con dolores, pero está bien. Me avisarán en cuánto sea necesario.


 


Hablé por teléfono con la esposa mi huésped. No soy tonto, y de seguro su línea estará intervenida. Un minuto bastó para decirle que no lo buscaran más, que lo tenía yo, y que si querían volverlo a ver con vida, juntaran un millón de dólares. Eso fue hace un día y medio.


 


Es curioso como pueden suceder las cosas: a las pocas horas de mi primer llamado a la familia de mi jefe, el noticiero de la televisión transmitió en vivo un fallido rescate del empresario: las pesquisas habían llevado a la policía al lugar equivocado.


 


En mi segunda comunicación, pregunté por mi millón de dólares; me dio risa escuchar la voz de esa mujer diciéndome que ellos no contaban con semejante suma. O cree que soy un estúpido, o ignora las cosas que tiene su esposo.


 


Vengo de hacer el tercer llamado. Por su puesto que no llamo desde el teléfono de casa, sino que recorro un teléfono público diferente cada vez, tapando con un pañuelo el micrófono del tubo.


 


La tercera no fue la vencida. Por poco no tengo yo que darle limosnas a ellos para entregarles el paquete.


 


Entro a la habitación, y la impotencia hace que le dé un fuerte golpe en la cara, con toda mi mano.


 


Ojalá se desmaye. Y lo dejo abandonado en un baldío.


Y que lo encuentren los perros.


 


Dumas


[email protected]

Dejá tu comentario