Ante esta descripción, muchos dirían ¡pobres los pobres que no tienen con quien dejar a sus hijos. Pero no hay que confundirse: la soledad de los chicos no es patrimonio exclusivo de las clases más postergadas. También en la clase media y parte de la clase alta se enfrenta al problema de hijos abandonados por necesidades (y a veces opciones) de la vida cotidiana. Si bien en algunos casos se pueden contratar empleadas de servicio, la mayoría de las veces este personal (por lo general una mucama que también tiene que limpiar, cocinar y hacer las compras) no tiene capacidad para resolver situaciones límite de riesgo extremo. No tienen idea de a quien tienen que llamar o de que tienen que hacer si un chico se golpea la cabeza, si se corta un brazo, si lo muerde un perro.
Esto no significa que los adultos en cuestión sean “padres malos” o “abandónicos”, que dejan a sus hijos librados a su suerte por placer; lo más probable es que no estén en casa porque tienen que salir a trabajar para pagar los gastos. (Ésto ilustraría la figura del “abandono forzoso de los hijos” que produce, según dicen los psicólogos, una angustia tremenda en la madre).
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Sea como sea, por acción u omisión, por elección o por causa “fuerza mayor”, los chicos argentinos están en serio peligro. De alguna manera, los adultos responsables de esos chicos deberían ver la manera de eliminar, o por lo menos de desactivar, algunas de las trampas para evitar las lágrimas que sin duda sobrevendrán.
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Gentileza de Ediciones B / Grupo Zeta
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