Los chicos crecen… y todo empeora
Quien piense que cuando los chicos crecen todo mejora, se equivoca… La adultez no es garantía de madurez. A medida que los hijos se transforman en adultos, empiezan a opinar de todo, se meten en todas las decisiones, aunque no tengan la más puta idea del tema, aunque una u otra opción implique gastos de guita, una guita que ellos jamás tuvieron que ganar. De pronto nada les alcanza, nada les basta, todo les parece poco o mal elegido, decidido, comprado o regalado. Los pibes te desconciertan con actitudes y planteos tan chotos que vos terminás pensando: “¿Cómo es esta historia?”. Cuesta reconocer que tu propio hijo resulte un personaje desconocido (y a veces reprobable).
De más está decir que aunque no estés de acuerdo con que ”A un hijo se le perdona todo”, no tenés más remedio que hacerlo: hay que aguantar y soportar las decisiones que tomen, ya sea una carrera que no le sirve para nada o ya sea un novio o una novia turro, boludo o mala persona. ¿Cómo soportás que una hija que está para comerse el mundo ande con un nabo que no le aporta nada? ¿Cómo hacés para convivir con un hijo que te parece que es un boludo? ¿Cómo se soporta la idea de que uno no tiene de qué hablar con su hijo? Se la pasa mal. Te querés matar.
Subproducto indeseable de este malestar es la catarata de cuestionamientos y culpas: ¿Qué hice mal yo? ¿Qué le enseñé mal? ¿Qué ejemplo le dí?
Por más diván que tengas en tu haber, te sentís responsable de cada una de las cosas que le pasan, de cada una de las cagadas que se manda sin que vos puedas hacer nada.
¿Quién se atreve a afirmar que ser padre es pasar a tener la mejor vida del mundo?
Dejá tu comentario