Acuerdo atómico
*La renuncia de Corea del Norte a su programa nuclear es un éxito diplomático que Bush no puede festejar ni ostentar.
*La influencia que este histórico pacto podría tener sobre el caso de Irán.
La administración Bush podría exhibir el acuerdo con Corea del Norte como un gran éxito diplomático. Le hacen falta victorias porque la situación de Irak colocó sobre la frente del presidente norteamericano un rótulo con la palabra “fracaso”. Sin embargo, una razón explica por qué la Casa Blanca no hizo ostentación de éxito: el acuerdo por el cual el régimen norcoreano acepta desmantelar su plan nuclear, es exactamente igual al acuerdo que logró Bill Clinton en los ’90 y que el entonces gobernador de Texas criticó muy duramente.
Aquel acuerdo establecía, como el de hoy, el cierre y puesta bajo control de la central nuclear de Yonjbiang y la clausura del programa de armas atómicas, a cambio de inmensas donaciones en combustible y alimentos, la construcción de centrales nucleares no aptas para planes armamentistas y el fin del asilamiento internacional y las sanciones.
El gobernador texano George W. Bush fue la principal voz republicana acusando a Clinton de pusilánime por acceder al chantaje de un país diminuto y marginal.
El descubrimiento en el año 2000 de que Kim Jong Il no estaba cumpliendo su parte en los acuerdos porque continuó en secreto su plan nuclear, pareció dar la razón al lapidario cuestionamiento republicano. Sin embargo, después de que el último régimen estalinista del planeta anunciara y realizara un ensayo atómico subterráneo, vino la negociación que acaba de desembocar en un acuerdo prácticamente calcado del que fracasó en los noventa.
Que el actual gobierno haya seguido el mismo rumbo negociador que antes tanto había criticado y que derivó en acuerdos posteriormente traicionados, no lo deja sin méritos ni logros. Fue un acierto de la Secretaría de Estado, por entonces conducida por Colin Powell, haber planteado la negociación “a seis bandas”, que involucró a China, Rusia, Japón y Corea del Sur. Y fue un mérito de Condoleza Rice haber enviado como negociador al lúcido y experto Christopher Hill.
Sobre todo que Pyongyang haya asumido un compromiso también con rusos y chinos (los únicos contactos exteriores del lunático régimen norcoreano) abre la posibilidad de que, esta vez, Kim Jong Il cumpla con lo acordado.
El problema es que, cuando Corea del Norte haya consumido todo el combustible y los alimentos, volviendo a la crisis energética y a las hambrunas que su colapsada economía no pueden evitar, volverá a tentarse con su vieja política del chantaje internacional; a menos que en los próximos dos años China, Rusia, Japón, Corea del Sur y Estados Unidos logren convencer al régimen de sepultar de una vez por todas la economía de planificación centralizada, una muestra jurásica en estos tiempos.
El caso iraní
El hecho de que el indómito régimen norcoreano haya, finalmente, renunciado al poderío atómico, podría influenciar positivamente en la pulseada que Irán mantiene con las potencias de Occidente por su propio plan nuclear. Sin embargo, no es seguro que así ocurra porque se trata de situaciones que, sin bien guardan similitudes, presentan grandes diferencias.
La primer diferencia es que el régimen norcoreano está absolutamente aislado y no lidera ni aspira liderar movimientos ideológicos y políticos más allá de sus fronteras; mientras que, por el contrario, el gobierno de Mahmud Ajmadinejad ha retomado el proyecto del ayatola Jomeini apuntado a liderar a los movimientos chiítas de todo el mundo musulmán en la lucha por construir teocracias aliadas con Irán.
Para este fin, el liderazgo iraní fortalece su imagen y construye poder al mostrarse desafiante y defender inflexiblemente su plan nuclear. Y por el contrario se debilitaría si cede ante la presión externa y negocia el fin del programa que lleva adelante en la central de Boucher y en la planta de agua pesada de Arak.
También hay diferencias respecto a la actitud de los Estados Unidos frente a uno y otro caso. Corea del Norte ya tenía bombas atómicas, mientras que los iraníes aún no las tienen, lo cual está bajo las reglas de lo inevitable y lo evitable.
De todos modos, el acuerdo alcanzado con los norcoreanos tendrá, muy posiblemente, una influencia positiva sobre el caso iraní. Esto ocurrirá si el antecedente le demuestra al régimen de los ayatolas que hasta el más aislado, militarizado y extremista de los regímenes admite que no puede impulsar ese tipo de políticas contra la voluntad de las grandes potencias.
Sin embargo, siguiendo el ejemplo norcoreano el presidente Ajmadinejad y el ayatola Jamenei podrían llegar a la conclusión de que, igual que Kim Jong Il, la República Islámica debe avanzar en su plan nuclear hasta tener bombas atómicas, para acumular el poder suficiente que le permita en una posterior negociación obtener el máximo de beneficios posibles.
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