Atentado a la AMIA o la crónica de 13 años de impunidad

Era una mañana fría, típica de invierno. El reloj marcaba las 9:53. La mayoría ya había leído en los diarios, como la gran noticia del día, el triunfo de Brasil por penales ante Italia en la final del Campeonato Mundial de fútbol organizado en los Estados Unidos. Eran las vacaciones de invierno y muchos esperaban ansiosos levantar a sus hijos para disfrutar de un día diferente. Como Rosa Barreiro, que caminaba con su pequeño hijo, Sebastián, de tan sólo cinco años, cuando la bomba asesina que destruyó la AMIA lo despegó para siempre de sus manos.

Ese 18 de julio de 1994, 85 inocentes perdieron la vida en el más sangriento atentado terrorista en la historia argentina. Esa bomba paralizó corazones, truncó sueños y por sobre todas las cosas dejó una sensación de impotencia e impunidad para toda la Argentina que en un poco más de dos años revivió a imagen y semejanza el olor de la muerte con el recuerdo del atentado a la Embajada de Israel perpetrado el 17 de marzo de 1992 en el que perdieron la vida 29 personas.

Las horas posteriores a la explosión los argentinos hacían fuerza por Jacobo Chemanuel, un empleado de maestranza de 56 años que había estado 31 horas debajo de los escombros en el subsuelo del edificio. La pelea de "Cacho", como lo habían bautizado los bomberos que lo rescataron, era una señal de esperanza ante todo ese dolor y ante tanta muerte. Jacobo luchó, motivado por la fuerza de millones de desconocidos que lo alentaron desde lo más profundo de sus corazones. Pero no alcanzó. Resistió tres días y se encontró con la muerte, como las otras 84 víctimas.


 


Crónica de una investigación impresentable...

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