Artistas callejeros

*En la calle Florida, distintos artistas irrumpen con su música en el tedio cotidiano. Son de nacionalidades diferentes y responden a ritmos variados. *Valoran el espacio que tiene el arte en la ciudad y a diario se rebuscan la vida con su música.
*Por Paula Casanello.

Día de semana, acelere porteño. Olor a música en una tarde soleada de invierno en Calle Florida. Hormiguero movedizo de argentinos y turistas. "¿Se imaginan la vida sin música?", pregunta un cartel situado delante de una guitarra acústica en acción empuñada por Álvaro, junto a Claudio en percusión con su bongó. Los géneros que incursionan estos dos uruguayos van desde la trova latinoamericana hasta la murga y el candombe rioplatense. Reconocen tener influencias de jazz latino, pero no lo tocan “porque no es tan popular” y prefieren tocar canciones que sepan todos.

En un descanso, luego de responder una llamada por celular, Álvaro termina su café y dice: “Estamos laburando, ofrecemos cultura al paso. Y cuando la gente lo reconoce siento que la misión está cumplida”. Y aclara que su identidad musical tiene que ver también “con una influencia poética, con letras de contenido espiritual y no tanto político”. Valora el espacio que tienen los músicos en la peatonal ya que cree que en los boliches y demás lugares nocturnos “la gente no va a buscar cultura, sino diversión. Es lo mismo si está el músico o hay un disco, a no ser que éste sea conocido”.

Un poco más en dirección a Rivadavia, una mujer rubia de alrededor de 50 años, que viste pollera larga y colores chillones, acompaña a los Kusillatja casi todas las tardes. Baila como hechizada al ritmo de la música, ignorando las risas y miradas prejuiciosas. 

Kusillajta quiere decir “pueblo alegre” en quechua  y es un grupo integrado por tres peruanos y un boliviano que hacen música andina. Víctor Castañeda, el bajista, cuenta que en Perú siempre fue músico de rock pero dice: “Desde que llegué a Argentina me siento más lleno con la música andina porque es más representativa de donde vengo”.

En el medio de la peatonal, entre Corrientes y Sarmiento, la letra cesa y dos paraguayos ofrecen folklore instrumental con una guitarra criolla y un arpa de 37 cuerdas. Se los ve totalmente concentrados. Al terminar un tema, los aplausos son el impulso para empezar otro, y así se les va la tarde, entre melodías, miradas y manos frías, que ya parecen una extensión de las cuerdas.    
Los distintos músicos se ganan la vida tanto con la colaboración de los transeúntes como con la venta de sus propias producciones que, grabadas independientemente, se ofrecen en cada improvisado escenario. Y todos coinciden en definir a la ciudad de Buenos Aires como un espacio abierto a la expresión artística.


Álvaro, el uruguayo que no se imagina la vida sin música, dice que cuando llegó a Buenos Aires “era un triste por excelencia y me encontré con una ciudad  también triste que me dio una identidad. El espacio que se le da al arte me permitió descubrir mi vocación”.

Henry, percusionista de Kusillajta, cree que en Buenos Aires “hay una cultura linda porque todavía se puede expresar el arte al aire libre”. Cuenta que “en Chile la música andina está mal vista, no te dejan tocar porque la consideran revolucionaria. Y así también en otros países”.

Cuando cae la tarde, los músicos emprenden la partida y la peatonal queda en absoluto silencio. Mañana el show debe continuar. Para ellos la vida es una moneda, quien la rebusca la tiene. Y así lo viven a diario. 

Dejá tu comentario