Comida con historia: los mejores restaurantes antiguos de Capital
Revivir viejas épocas es posible en varias esquinas porteñas. Para un aniversario o una noche con amigos.
Los restaurantes centenarios de Buenos Aires se cuentan con los dedos de una mano. Son testigos de una época en la que se refrigeraba con barras de hielo, la leche llegaba en carros a caballo y el puchero era el plato de moda. Planeta JOY te propone un viaje al pasado para descubrir estos ocho lugares con historia.
1. El Globo (1908)
Ubicado en la casa que la familia Sánchez de Bustamante abandonó tras la fiebre amarilla, le debe su nombre a Jorge Newbery, que sugirió acá un reconocimiento en globo por el Río de la Plata. Es una sucursal de Galicia en Buenos Aires y sinónimo de puchero. Todos caen rendidos ante el mixto con asado de tira, cerdo, gallina y más de 10 verduras ($175), sazonado con condimentos traídos de España. La ambientación es clásica de bodegón. La anécdota: casi ciego, Borges siempre le pedía al mozo que lo acompañara al baño y lo esperara para volver a la mesa. Conserva la mesa 6 que ocupó Newbery, la escalera de mármol y bronce, las puertas cancel y el tabique con vitraux, todos del siglo pasado.
2. Restaurante del Club del Progreso (1852)
Funciona en el primer club social creado para pacificar el país después de la caída de Rosas. El salón principal es un reflejo de la belle époque: boiserie del techo al piso, parqué de roble, arañas de bronce y una chimenea de mármol. El patio interno vale un almuerzo. El chef recomienda el cochinillo al horno de barro y la costilla de novillo entera. La excentricidad del lugar es el pulpo entero para 4 personas, preparado a la vista ($540). La anécdota: 17 presidentes del Club del Progreso fueron presidentes de la Nación. La yapa: allí tuvo lugar el último encuentro de Leandro N. Alem con sus amigos, antes de suicidarse. Conserva la mesa donde lo velaron, los tapices, la galería de retratos de políticos argentinos y un gomero de más de 100 años.
3. El Grill del Hotel Plaza (1909)
Fue el primer lugar público con aire acondicionado, con grandes ventiladores que tiraban aire frente a barras de hielo, y se mantiene casi intacto desde su inauguración. La cocina sigue siendo criolla y francesa, como gustaba a la clase alta porteña de aquellos tiempos. Todavía se preparan platos como los huevos Po Parisky (pan ahuecado con huevos pochados) o las mollejas Demidoff. Pero el más sofisticado es el Pato a la Prensa (para 2 personas), con foie grass, finas hierbas y oporto, preparado con una de las pocas prensas de plata de Sudamérica. La anécdota: en 1987 Luciano Pavarotti fue a la reinauguración del Grill y dejó de souvenir su receta para preparar la salsa. Conserva el hogar estilo Tudor, ornamentado en bronce; la parrilla de hierro forjado; las cerámicas Delft holandesas y los abanicos de Pakkah (Pakistán) que cuelgan del techo.
(Florida 1005 / T. 4318 3000)
4. Gran Café Tortoni (1858)
Es el más antiguo de todos los bares porteños y un ícono de la ciudad. Tuvo peluquería, un sótano donde cantó Gardel y las primeras mesas en la vereda de la ciudad. El chocolate con churros se sirve en un jarro de cobre, las picadas son las preferidas por los turistas que hacen cola para entrar y sus especiales de lomo van camino a ser clásicos porteños. La anécdota: al fondo del salón principal, en una mesa escondida a un costado de la entrada que da a Rivadavia, Carlos Gardel solía pasar desapercibido para evitar el acoso de los admiradores. Lo más destacado para ver son los vitraux, la barra, las lámparas estilo Tiffany, las esculturas de Perlotti y las vitrinas con vajilla histórica.
5. El Imparcial (1860)
Hoy bodegón gallego, nació como fonda en las cercanías de su ubicación actual, donde se servía gallina hervida y puchero de garbanzos. La novedad de la época eran los baños, algo poco común en una casa de comidas. Los clientes son, en su mayoría, familias enteras que vienen a comer puchero mixto y paella valenciana, aún en pleno verano. Entre las especialidades se destacan el bacalao noruego ($ 170) y la tabla de mariscos para compartir ($190). La anécdota: después del golpe de Estado de 1966, el presidente depuesto Arturo Illia, un cliente habitual, fue reconocido por la gente en una de sus visitas. Todo el restaurante se puso de pie para aplaudirlo. Lo más destacado para ver son las mayólicas de Benvenuto y las pinturas al óleo.
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