Con los huevos, no

Será porque nací con el estigma de la Segunda Guerra Mundial y del hambre que sufrieron mis padres cuando llegaron como inmigrantes a la Argentina.

Será quizás porque conocí en Biafra y en Alto Volta la cara de la necesidad más espantosa que pueda soportar una persona.

Será porque sigo pensando que la comida es algo sagrado porque da vida, porque cuando escasea moviliza las peores pulsiones del ser humano.

Será porque en los relatos de los campos de concentración, una papa marcaba la diferencia entre la vida y la muerte.

Será por estas y muchas otras cosas que siempre me impresiona mucho cuando en una protesta se tiran cientos de huevos como símbolo de repudio.

Está sensación de rechazo no tiene que ver con el valor del huevo, factor que tal vez sea el menos significativo. Entiendo que su impacto es muy efectivo: mancha, humilla, no daña, no hiere, no rompe, es difícil de remover.

Lo que ocurre es que el huevo es un alimento esencial: un huevo tiene la proteína que un ser humano necesita para todo un día. Uno de esos huevos arrojados podría salvar una vida en remotas latitudes donde la dieta de un chico apenas llega a las 200 calorías diarias, donde abunda el kwashiorkor, la enfermedad más simbólica de la pobreza extrema, el origen de las panzas hinchadas y el pelo descolorido, casi rojo, de los niños negros. Si alguno de esos chicos tuviera un huevo por día, no estaría condenado a la desnutrición y a la muerte antes de cumplir los diez años.

Obviamente, se que ese huevo nunca va a llegar a ese chico, que ese tránsito es imposible. Pero no puedo evitar que me produzca un enorme dolor simbolizar repudios con algo que es esencial para la vida humana.

Más allá de su efectivo impacto, entiendo que la comida debe ser respetada. Por eso me impresiona cuando se arrojan millones de litros de leche porque su precio no es el adecuado o se desparraman centenares de miles de tomates porque a alguien no le gusta el mecanismo de comercialización.

Si alguien viera cuanta gente está esperando sacar de los tachos de basura la comida del día, se cuidaría mucho de usar el alimento como elemento de protesta.

Los huevos del Sheraton no me duelen ni por el Sheraton, ni por la protesta, (que puede ser o no justa) ni por los turistas que observan la escena como un espectáculo adicional que les ofrece Buenos Aires... lo que me duele en los huevos es el huevo.

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