Del diván al inside sin vértigo ni culpa

Para quienes buscan mejorar su calidad de vida, ahora la onda es “ver qué onda”, “buscar alguna técnica copada” sin reflexionar demasiado, sin pedirle al “experto” de turno su curriculum ni mucho menos un certificado de estudios de alguna universidad. Los argentinos, y en especial las argentinas, pueden ir y volver desde el diván hasta lo del terapeuta floral, desde un estudio denso dl inconsciente a un seminario de autoayuda o de un día de abrazo a los árboles como si nada.


 


Estos saltos que hace unos años hubieran provocado dolores de parto y oleadas de culpa, ahora son indoloros. Para quienes están en “la búsqueda” vale todo: se cambia de terapia como de remera... con resultados muy variables. Lo que no es tan variable es el “tronco” de las nuevas “terapias” que apuntan con diversas armas a fomentar la introspección, el autoconocimiento y la evaluación de uno mismo. Veinte años atrás, esos cuarentones que ahora se “autoescanean” tenían terror hasta de mirarse al espejo. Entregados a los psicoanalistas, seguían al pie de la letra de advertencia del terapeuta que decía que transitar por esos caminos era un pasaporte seguro a la locura o al suicidio. ¿Qué les proponía Sigmund Freud? Una travesía por las profundidades de la mente para encontrar en el archivo de la memoria el momento de la niñez en el que se había producido el clic, bucear hasta descubrir el “chip” que había desencadenado “el drama”, un viaje agotador, muchas veces ingrato y con finales más que abiertos. El psicoanalista “tipo” podía llegar a explicar que hasta la calvicie podía detenerse con una buena relajación de cama con su pareja o con la correcta interpretación de un sueño. Así y todo, los argentinos gastaban los divanes. Había que ir dos y hasta tres veces por semana al psicoanalista, porque sino, no existías.

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