Diez razones para odiar Palermo

Es la meca del diseño y tiene una inflación con vida propia. Pero la zona más "cool" de la Ciudad no le cae bien a todos.

A algunos les encanta, a otros no tanto. Planeta Joy revela con sinceridad brutal sus principales tics. Una nota ideal para los que están hartos del "polo cool" del diseño y la gastronomía.


 


1. Es una parodia de sí mismo
Si bien originalmente Palermo fue una zona que agrupaba negocios que no tenían  lugar en epicentros de consumo mainstream como los shoppings (pequeños bistró con cocina de autor, ropa de diseñadores independientes, y delis con pastelería importada de Nueva York), desde hace un tiempo que no tiene nada nuevo. De  hecho, hoy en día la calle Honduras tiene los mismos negocios que la avenida Santa Fé.  Todas las novedades —que hace unos años le volaron la cabeza a más de uno—se han transformado en un modelo probado que hoy es más seriado y cliché que los pizza café de Avenida Rivadavia. Los muffins, los bagels, el sushi fusión, el puré rústico, el colchón de verdes y el take away de café están hasta en el patio de comidas de Soleil Factory.

2. Usa siempre las mismas formulitas agotadas para cobrar cualquier disparate
Basta con colgar la frase “de autor”  detrás de cualquier objeto o rubro, reemplazar las palabras “local”, “adorno”, o “pollo” por “espacio”, “objeto”, o “ave”, o agregar un elemento delirante en el medio del negocio corriente (barra de tragos en la peluquería, tarotista en un bar, masajista en un restaurante) para poder cobrar disparates sin mover un dedo.  Hay sillas Hille que en Palermo se venden a $350 pero salen $89 en Mercadolibre (¡Y son del mismo proveedor!), mates de aluminio que salen $16 en un Todo x $2 pesos de Cabildo y Juramento pero aumentan a $45 en la calle Costa Rica, y sandwichitos de jamón y queso que en cualquier panadería salen $5,50 pero que al cruzar Juan B. Justo se transforman en bruschettas campestres de $26.  Y no es un rumor ni una confusión. Yo misma me he cruzado con el dueño de un famoso negocio de decoración en una curtiembre cordobesa que atiende en Villa Crespo y ambos compramos cueros de vaca de 80 dólares  que yo usé para una alfombra y él colgó de un ganchito para vender  a $1500 pesos en uno de sus “espacios” sobre la calle Honduras.

3.  Lo marketinean como moderno, top y vanguardista, pero está más quemado que la rúcula
En los años 30 lo más de lo más era tener una quinta en el delta del Tigre. En los 50, lo top era irse de veraneo a Mar del Plata toda la temporada. En los 80, cuando Mar del Plata fue copada por la clase media, la gente paqueta huyó a otras localidades y el boom fue Pinamar.  Cuando Pinamar dejó de ser cool, lindo y exclusivo, la gente top se fue a Cariló. Sin embargo, ahora mismo Cariló está al borde del abismo (el centro parece un pueblito Hobbit) y la gente ya está huyendo a Mar de las Pampas o a Mar Azul.  Y con Palermo pasa lo mismo. Palermo está empezando a hacer el mismo circuito que Cariló. Se está muriendo como un cuerpo desangrado en la vereda, como antes le pasó a la Costanera o a la galería Bond Street de Santa Fé y Talcahuano. La gente chic de verdad se abre su productora de contenidos o su tienda de pan en Villa Ortúzar, en Chacarita o en Devoto, no en la rebalsada, agotada y repetida calle Gorriti.  Lamentablemente, los que se instalan hoy en Palermo son los mismos que están descubriendo Twitter, van por la tercera temporada de Lost y visitan Puro Diseño para juntar folletos. 


 


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