Dios se lo pague
*Por Andrés Vecino Sánchez.
Era un día común y más en mi rutinaria vida. Tenía una reunión de
Me paró el semáforo largo e interminable de Aristóbulo del Valle y Gorriti justo cuándo estaba por pasar. Frené, puse el auto en punto muerto y me dispuse a esperar. Un chico de unos catorce años se me acercó con la escobilla y la rejilla y me ofreció limpiarme los vidrios, bajé la ventanilla, le agradecí y le dije que no. A su lado, una criatura de unos tres o cuatro años, descalzo y con la cara llena de mocos, posiblemente su hermanito, esperaba la dádiva sentado en el cordón. Seguí escuchando a Génesis, y de pronto vi en la guantera una brillante y reluciente moneda de un peso. Bajé nuevamente la ventanilla de mi coche, llamé al muchacho y se la dí. Gracias señor, Dios se lo pague.
Dios se lo pague. Cuánto hacía que no escuchaba ésa frase, recuerdo la última vez fue una punta de años, pues era el título de una vieja película argentina interpretada por una actriz de los años cincuenta, Zully Moreno,y que pasaban en las largas e interminables siestas de mi adolescencia en el viejo canal siete. En una escena, Zully, elegantemente vestida sale de
Y la volví a escuchar en la boca de éste chico, cuarenta años después. Me llamó la atención, pues por lo general te dicen, “Gracias jefe” o “Gracia tío”, o “Gracias, fiera”, pero “Dios se lo pague”, jamás.
El semáforo dio luz verde, puse primera y partí, y vi cómo el chiquilín de mocos y pies descalzos, dejaba la moneda de un peso en una botella plástica de gaseosa cortada a la mitad. Miré para arriba, y en un pasacalle un Sr. Sonriente con una boca llena de dientes blancos me prometía que si lo votaba me iba a cambiar la vida. La radio dejó a Génesis por un rato y empezó a hablar de la gripe porcina. Me pregunté ¿Y para estos chicos? ¿Qué medidas hay? ¿Cómo los protege el estado de ésta pandemia? ¿Y del hambre? ¿Y del frío? Moví la cabeza de un lado a otro, con resignación, me puse un caramelo de menta en la boca y seguí mi camino.
Al final, no es culpa tuya. Dejá de amargarte, boludo. Qué culpa tenés vos. Vos no hacés las leyes.
No, pero alguién tiene que hacer algo.
Si, y vas ha ser vos, gil.
Alguien tiene que empezar.
Decíme de qué manera.
Hablando, simplemente hablando. Concientizando a la gente. Si cuándo le entregás la moneda al chico limpia vidrios, le decís, nene, ¿no probaste buscar un laburito? Una changuita, ¿Vas a limpiar vidrios toda tu vida? ¿No probaste ir a la nocturna a seguir estudiando? ¿Por qué no hacés que tu hermanito vaya al Jardín? Uno, y otro, y otro que se lo diga, va ha hacer que de a poco ése chiquilín tome conciencia y a lo mejor le da otro enfoque y otra manera de ver las cosas y hace que su vida vaya cambiando de a poco. Alguien tiene que dar el primer paso. Lo importante de una maratón, no es el triunfo, si no, dar el primer paso en la largada.
Recuerdo, hace unos años, estaba en Madrid, en el departamento de mi prima Marisol en Fuenlabrada, y me levanté a la noche a fumar un cigarrillo en el balcón. Mi esposa dormía plácidamente, encendí el cigarro y me dediqué a contemplar la calle y la noche madrileña. De pronto, vi venir una parejita en moto, ella venía bebiendo algo, presumo que un yogur, pararon el vehículo, ella se bajó, miró a ambos lados de la calle, cruzó corriendo hacia los contenedores de residuos, eligió el que correspondía y arrojó el vasito de yogur en él. Luego corrió de vuelta, se puso el casco, abrazó a su chico por la cintura, apoyó la cabecita en su espalda y partieron. ¿Qué haríamos nosotros con el pote vacío, aquí? Lo arrojamos al medio de la calle sin detener la marcha. Esa noche, ésa parejita madrileña, me marcó. Nunca más arrojé un desperdicio a la calle, lo mismo hacen, mi esposa, mis hijas, mis nietos y mi entorno. Alguien tiene que empezar. Alguien tiene que dar el primer paso. Alguien tiene que comenzar a desandar la maratón. Tenemos que ser nosotros. Todos. Vos, tu novio, tu vieja, tu amiga, tu vecina. Todos. No podemos quedarnos de brazos cruzados. No podemos esperar que nuestros gobernantes lo hagan. Ese Sr. del pasacalle, de la sonrisa con dientes blancos, me promete si lo voto muchas cosas, pero es muy improbable que pueda cumplir sus promesas. Nosotros debemos hacerlo. Cambiar el rumbo. Hagamos cómo la parejita madrileña, arrojemos el pote de yogur en el tacho de residuos.
Démosle la moneda al chico limpiavidrios y digámosle que estudie y busque un empleo. Hagámoslo, vos, y vos y vos. Todos juntos. Comencemos la maratón dando un primer paso.
Terminé la reunión de
Llegué nuevamente al semáforo de Aristóbulo y Gorriti, otra vez pintó el amarillo al llegar (Ley de Murphi), y vi cómo en el cantero el chico limpiavidrios esperaba que se pusiese rojo otra vez para seguir su faena, su hermanito seguía descalzo y con mocos, chupando una naranja, giró la cabeza para atrás , me vio, posiblemente me reconoció, saludó, enseñándome el pulgar, su hermanito lo imitó, saludándome, levantando la mano con la naranja, dio luz verde, puse primera, al pasar, miré la botella de gaseosa cortada en la mitad, con la moneda que comenzó esta historia, me sequé con el reverso del índice una lágrima, el cronista seguía hablando, ta, que lo tiró, del gol de Palermo, seguí mi camino, con una frase martillándome la cabeza.
Dios se lo pague.
Que Dios te lo pague a vos, pibe, por el “clic”.
Andrés Vecino Sánchez
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