Hay que ser bien macho para lavar el baño
Estaba leyendo en uno de los seis mil quinientos sitios que navego arbitrariamente por día en la Web que la ONU hizo una especie de estudio acerca de las tareas del hogar y la división de sexos (de género, les gusta decir) y parece que se evidencia en Latinoamérica una tendencia a que los hombres asumamos cada vez mayor cantidad de labores hogareñas cuando se trata de cocinar o cambiarle la ropa o bañar a los hijos. Pero lo que no queremos hacer (lo que ellas denuncian que no hacemos casi nunca) es lavar el baño.
Y lo pensé para mi mismo y ¿saben que? Es bastante cierto. El baño lo lavo muy poco. Fui, entonces a verlo y me di cuenta de algo que me dejó irresponsablemente contento. Mi mujer tampoco lo lava muy seguido. Atrás del inodoro había una mugre que no era de anteayer.
Y me acordé de otra lectura errática que hice una vez, en la que se hablaba de la diferencia entre machismo, sexismo, misoginia, etc. y que postulaba que muchas veces, las actitudes machistas están agazapadas, escondidas en el inconciente, construidas como ciertas por miles de años de patriarcado. Tirarle un baldazo de agua, entonces, a los rincones de ese inconciente adormecido, me puso en alerta.
Cuando llegó mi esposa, le dije lo que había hecho y me dijo (¿?) que hacia tiempo esperaba que me diera cuenta que esa era una tarea horrible de hacer. Pero bueno, con la limpieza que le acabo de dar, aguantará un par de semanas, calculé. Eso si. La próxima, le toca a ella.
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