Juego de de Rol - Parte 7
*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
Por Télam
Una larga lista de casos referidos a lo sexual: introducción de prostitutas en forma irregular en el Country, fiestas ruidosas o discretas en que los travestis más cotizados de plaza aparecían junto con los socios en medio de una bacanal que se adivinaba desbocada, sin límites. Fotos de socios – miembros algunos conocidos de la política nacional – vestidos perfectamente con ropa femenina: verdaderos drag queens, cross – dressing coqueteando con jóvenes musculosos cuyas caras me sonaban de los shows de streapers.
Pedofilia con chicos del Highland como víctimas: un profesor de tenis sorprendido in fraganti con un niño de 10 años ya después del acto. Le había prometido llevarlo a las finales de la Copa Davis. Fue echado a patadas. Un caso aún más escandaloso de un socio que abusó de un chico, amigo de sus hijos que había ido a pasar la noche. El chico guardó silencio. A sus 8 años no sabría como manejar la situación a la mañana siguiente. El sangrado delató lo acontecido: había sido con particular vigor y salvajismo.
Nunca se supo qué aconteció en la reunión que mantuvieron los padres y Don Santiago. Que promesas se hicieron, que amenazas, cómo se lavó la afrenta. Pero se echó tierra al asunto.
Violaciones sufridas por socias, o infligidas por socios a personal de servicio, visitantes, incluso otras socias. Había algunos casos hasta risueños: en la carpeta de 2000 una Señora Colmenares Estupiñán Robles, divorciada, 48 años denunciaba haber sido violada la tarde anterior, en Febrero de aquel año. Un peón que trabajaba en una obra en construcción cercana se había “introducido”: subrepticiamente en la casa y después violentamente en los más íntimos recovecos de la denunciante.
La había sometido durante lo que ella estimaba fueron unas tres horas. “Una y otra vez, no parecía cansarse de hacérmelo”. Constaba una denuncia con pedido de aprehensión del sujeto. Tres días después la Señora Colmenares se presentaba a retirar la denuncia y dar por terminado el episodio. Una nota manuscrita del Comisario dejaba constancia que la dama convivía desde aquel año, 11 meses por año en Buenos Aires con el incansable perpetrador. Pero en general no, los reportes de jóvenes violadas por su compañeros de fiestas tras salir de los boliches, o la tristeza evidenciada en niñas aún ultrajadas por padres de cara ladina aunque famosa a veces. Todo eso era el deprimente espectáculo que todo periodista conoce tan bien: la sección policiales completa y sin que nada faltara.
En lo referente a atentados contra la propiedad, había también de todo y variado: pequeños hurtos cometidos por chicos “bien” que se introducían en casas desocupadas. Episodios como los de la Senadora, repetidos y cuidadosamente documentados por ínfimos que fueran. Robos más importantes, cometidos por la misma Guardia, miembros que después fueron desplazados pero que aprovechando su investidura ingresaban y vaciaban casas culpando después a obreros o jardineros. Eso sí se habían cuidado después de “aconsejar paternal y cariñosamente” mayores cuidados a los afligidos dueños que llegaban a sus dorados refugios para encontrarse desvalijados.
Y así llegábamos a los asaltos en que enmascarados – o no, simplemente desconocidos – entraban armados y sometían a una familia. Les obligaban a entregar sus más preciados tesoros: efectivo, joyas, computadoras, electrónica. A veces duraban toda la noche, generalmente en verano cuando las familias traían todo para lucirse en temporada. En ocasiones los delincuentes sazonaban su estancia en la casa violando a las mujeres presentes, o torturando por el mero placer de hacerlo a unas y otros. A veces se llevaban a alguna cautiva para devolverla, destruída, unos días después.
Algún secuestro express, rápidamente resuelto mediante el pago del rescate.
Había – en mis tres carpetas – dos casos de asesinato. Uno concernía a un famoso periodista que en 2003 había “fallecido de un ataque cardíaco mientras tomaba sus vacaciones en el Highland Over the Seas”. El legajo de Gonzalez Gaitán mostraba que el hombre había pasado la noche con dos hombres que ejercían la prostitución en Mar del Plata y se habían trasladado al Country. Surgió alguna pelea de maricas y lo asfixiaron. El reporte oficial habia cubierto lo acontecido.
El segundo caso concernía a la muerte de un niño de un año y medio que sufría Síndrome de Down. De la investigación surgía claramente que los padres – una pareja muy ligada al espectáculo, jóvenes, hermosos, famosos los dos – lo habían ahogado en la bañadera.
El caso se caratuló como muerte accidental por inmersión y se archivó. Pero los legajos Confidencial XXX mostraban toda la verdad.
Y siempre el mismo patrón de acción llevado a cabo por González Gaitán y su gente: se daba caza implacable a los transgresores. Si eran empleados del Country, se los echaba generalmente y si las condiciones lo permitían tras una paliza recomendándoles que se mantuvieran lejos. Si el o la delincuente era socio del Highland, se la “asustaba” haciéndole ver los riesgos que corría con semejante comportamiento, y los perjuicios que ocasionaría su accionar al Highland Country Club.
Se procuraba obtener – generalmente con éxito – el arrepentimiento del socio, y la promesa de no incurrir en semejantes desatinos en el futuro. Promesa que por lo poco que podía ver (tenía sólo tres carpetas y poco tiempo para hacer análisis), se cumplía a veces, y a veces no.
Sin embargo, la tarea más exquisita era la que se realizaba con las víctimas. Acá brillaba el talento de Gonzalez Gaitán. Se les prometía justicia si cooperaban. La justicia venía de la mano de un seguro que el Highland tenía contratado y que reponía todos los daños causados por vándalos, ladrones o asaltantes. Y de un pedido encarecido para que el tema no trascendiera. No debían comentarlo con amigos o conocidos. Nada se ganaría, nada de lo irrecuperable volvería en el caso de vidas tronchadas, u honores mancillados. Y había mucho que perder: el Highland era un refugio de paz que debíamos valorar todos. Y – sutil, insidiosamente – su silencio sería apreciado enormemente, en tanto que si optaban por desoir el consejo la Comisión Directiva probablemente les retiraría la acción. La Acción que daba acceso a aquel paraíso. Se aducirían causales deshonrosas. Nadie era “desligado” del Highland por su propia voluntad. Si te echaban era porque algo habrías hecho.
Cuando el Comisario no bastaba, aparecía Don Santiago. Mi futuro suegro. Constaban varias intervenciones suyas ante socios victimizados demasiado alterados, indignados, desesperados en busca de justicia. Siempre tras la intervención del Don, el Jefe, el Dueño sobrevenía el arreglo, la paz, se lograba serenar los ánimos. No constaban los detalles en el legajo. ¿Amenazas? ¿Sutiles razones? Cualesquiera que fueran las herramientas, tras su intervención los socios reacios aceptaban integrarse al pacto de silencio.
Terminé de revisar nerviosamente las carpetas. Anochecía las horas habían volado. Me decidí: al día siguiente me iría a Buenos Aires saliendo de madrugada. Las carpetas iban a ser Noticia Nacional. La noticia del año. De la década. Si los medios dedican horas y números enteros a cualquier pavada protagonizada por los ricos y famosos es porque el público se muere por saber sobre ellos. La explicación es sencilla: ellos son el modelo a seguir. Bueno, ahora por fin iban a saber. Iba a ser estruendoso. Todo revelado, la hipocresía en que viven estos tipos, el engaño, el crimen ejercitado en el silencio y la discreción, a escondidas de los ojos de la sociedad de la cual viven, a la que parasitan. Me llenaba el pecho una alegría doble: la profesional por la nota que - no me cabía duda – sería la más importante de mi vida. Y también porque podía exponer ante la opinión pública la verdadera ralea de quienes los dirigían, los que eran sus modelos y referentes. Toda esa mierda quedaría al descubierto.
Me colé en la casa de mis suegros. Sólo estaba Amanda que me dedicó apenas un saludo. Escondí las carpetas donde nadie podría pensar en ubicarlas: envueltas en unas bolsas negras de plástico, las colgué varios metros dentro de un aljibe abandonado que decoraba un jardín interior de la mansión. Nadie osaría revisar la casa del Jefe, y si lo hicieran el escondite me parecía bastante bueno.
Volví a mi casa. Empecé a preparar mi valija. Me llevaba todo porque no iba a volver seguramente nunca a este Country. Me puse a pensar en Victoria. No podía estar seguro, pero estaba convencido que me apoyaría. Quería a sus padres, se había criado yendo los veranos al Highland. Pero la conocía lo suficiente como para saber de su realismo, su visión pragmática de las cosas. Opinaría lo mismo que yo: que estos hipócritas, “esas ratas” como a veces se refería al socio promedio, sobrevivirían. La noticia de lo que acontecía adentro los golpearía, algunas cosas cambiarían. Pero eso no estaba mal. Los más desacreditados por las revelaciones caerían pero otros llegarían. Y al Country no le vendría mal una bocanada de aire fresco. Un huracán diría yo. Un huracán que me llevaría a mi – y a ella conmigo – a la cima del periodismo investigativo del país. Tenía años por delante llenos de prestigio, respeto y una desafiante tarea profesional. El éxito en las manos.
Me fui a dormir un sueño intranquilo y puse el despertador a las 6 de la mañana.
Timbre, insistente. Golpes fuertes, violentos, continuos en la puerta. Voces llenas de urgencia. Pregunté. Miré por la ventana: Dos camionetas.
González Gaitán y 7 hombres venían a buscarme.
Yo seguía en cuatro patas, culo al aire y aullando bajo el látigo improvisado con ramas de eucaliptus.
El tipo que me torturaba los ojos, me tocaba con la punta de su cuchillo “me llevo un ojito ahora, el otro para más tarde”. Cada vez parecía que ahora sí, ahora me lo sacaba de la órbita. Sonreía y los otros se burlaban, lo animaban a reventarme los dos ojos “así no mira donde no debe”…
El del cuchillo, lo retiró de mi ojo y empezó a marcarme la frente. No dolía, era superficial. Pero un hilo de sangre empezó a caer y me cegó al inundar mis ojos.
Pararon. Los dos de atrás dejaron de pegarme. El otro retiró el cuchillo de la cercanía de mi cara.
Giménez Gaitán se acercó:
- Bueno pibe. Te vamos a matar a golpes. De aquí no salís vivo. Y te vas a morir gritando. Largálo y la terminamos- siseó Ge Ge, la voz apenas agitada. Se había puesto de frente, agachado con su cara al lado de la mía. Yo babeaba. Debía tener los ojos desorbitados entre el hundimiento de antes y el llanto de ahora.
- Váyase, Giménez- alcancé a decirle. – Váyase. A la mierda. Ud. y todos ellos. Por mi pueden seguir pegando. Pero de esta no se salvan.- Le sonreí, creo. Una sonrisa que debe haber sido horrible.
Dio una orden y me alzaron. Me tiraron sobre unas piedras que proporcionaban una superficie plana.
Giménez murmuró y un hombre se dirigió a la camioneta. Volvió cargando una especie de maleta que entregó al jefe.
Giménez se acercó y empezó a desenroscar. No era una maleta, era un bidón. Nafta con la que empezó a regarme. Dos de sus matones me sostenían. Me ahogaba. Me entraba nafta en la nariz, en la boca, en los ojos. Cuando terminó hizo una seña y los dos tipos se alejaron. Yo estaba muy maltrecho y ni pensar en levantarme. Era una pila de dolor, marcas de golpes, un charco de nafta.
- No estamos jodiendo, pendejo. Ahora me da lo mismo. Acá te quemo y se acaba la historia. Asi que vos decidís. Sacó un encendedor de esos antiguos tipo Ronson.
No sé de donde saqué presencia de ánimo para decirle, para animarme a jugar juegos intelectuales, para pretender enredarlo
- No sé si está tan loco para hacer eso Giménez, pero si lo hace va a terminar mal. Ud. Y todos estos – miré a los hombres que imperturbables nos rodeaban. Toda la escena alumbrada con los faros de ambos autos. – Y si yo desaparezco…les va a resultar difícil. Además las carpetas…ya organicé para que salga a la luz si me pasa algo raro- mentí.
Hizo un último intento .No sé quien estaba ganando en ese momento.
Prendió el encendedor, cuidando de mantenerse a distancia prudente.
- ¡Pendejo de mierda! – gritó- ¿vos te creés que me vas a arruinar la carrera a mí?- de inmediato recuperó la calma. - Ahora te jodiste. Tu cháchara no me convenció. Cuento hasta 3 y si no me decís, te morís. Quemado vivo. ¿Sabés como duele eso?
- Váyase al carajo – le dije. No sé de donde sacaba coraje. O más bien sí: mi cálculo me decía que debía aguantar, que no llegaría mucho más allá mi tormento. Sabía que no lo iba a hacer. Pero y si me equivocaba? Con estos tipos sanguinarios. Estaba apostando mucho. Me mantuve en silencio tras mi última declaración.
Con el encendedor en alto, miró nerviosamente al bosque oscuro que nos rodeaba. Seguí su mirada y creí ver una sombra, unos ojos que desde allí observaban la escena. Y controlaban. Una sombra alta y oscura que respiraba con tranquilidad en medio de aquella tensión. Y que iba a decidir, iba a dar las órdenes.
Algo leyó Giménez Gaitan en aquellos ojos. Algún gesto pre-acordado que se me escapó.
Bajó el brazo, apagó el Ronson y se dio vuelta. No dijo más nada. Dos esbirros me cargaron en la caja abierta de la camioneta como si fuera una bolsa de papas.
Se encendieron los motores y las camionetas rehicieron el camino volviendo al centro. Cuando llegamos a casa me abrieron la portezuela de la caja. Bajé y partieron.
Me deslicé al jardín lindero y recuperé la bolsa con las tres carpetas. Mi tesoro. Mi pasaporte al estrellato periodístico. Me asomé y viendo que no había nadie, las oculté lo mejor que pude bajo la rueda de auxilio dentro de mi auto que estaba estacionado en la puerta.
Entré en casa, me di una ducha tratando de quitarme el olor a nafta. Eran las 6 de la mañana y empezaba a amanecer.
Me tomé un minuto para enviar un mail a mi gran amigo Alejandro Paganin, contándole brevemente lo sucedido y mi desempeño. Le hablé de una gran noticia pero no le di detalles.
Empecé a preparar mis cosas. Me iba a Buenos Aires.
Al rato cuando salí, vi que un auto oscuro llegaba y se estacionaba tras el mío. Lo ignoré y me dirigí al baúl. Cargué la valija en silencio y me subí. Cuando arranqué, el auto empezó a cojear, andaba como sobre cascotes. Me bajé y vi que las cuatro gomas estaban desinfladas. El auto negro se puso en marcha, lentamente y se me puso a la par.
González Gaitán asomó su cabeza desprolijada por el viento y una noche agitada.
- Suba, Alberto. Vamos que lo quieren ver.
Lo miré extrañado. Actuaba como si no hubiera sucedido nada. Estaba loco, o quería ponerme loco a mí?
- Vamos, Alberto. No sea pendejo. Suba que nos esperan.- Y abrió la puerta del acompañante. Estaba solo en el auto.
Pensé “¿qué carajos?” “El tipo ya tuvo ocasión de hacerme lo que quería, y bastante que me hizo la puta que lo parió”. “Ahora igual no tengo auto, vamos para el centro y veamos”.
Me subí a su auto tras recoger mi bolso personal. La valija y las carpetas quedaban en el auto varado en la calle. Manejó en silencio y enseguida llegamos. Entramos en la intendencia, vacía a aquella hora de la mañana, eran apenas las 7 y el pueblo dormía sus vacaciones.
Me guió suavemente hacia un salón de reuniones en el primer piso. Abrió la puerta y me dejó pasar. El salón estaba muy bien puesto, como para recibir gente importante. Había mesas, sofás, alfombras. Botellitas de agua, termos con café, medialunas, servilletas. Y sentado a la mesa principal, mi futuro suegro. Don Santiago Belaunde Briggs. Lo acompañaba un tipejo insignificante en lo personal, pero vestido con pompa incoherente para un día de Enero, en un Club de playa, a las 7 de la mañana. Medía no más de un 1.60 m.
Se paró a saludarme tendiéndome la mano en forma grandilocuente. Estaba peinado a la gomina y olía a colonia de la Franco Inglesa. Su atuendo, lo que para él sería Sport Formal era todo marca el tipo no quería correr riesgos: pantalón de La Martina, cinturón Hermés, zapatos mocasines de Guido ahí ya ponía la torta. Manos muy cuidadas, con las uñas hechas. No sabía que en el Country había quien puliera las uñas de los maniquíes como este tipo. Tendría unos 60 años.
- Hola Alberto, cómo estás esta mañana? – se paró y me tendió la mano mi futuro. Lucía impecable y fresco. – Te presento acá al Dr. Santibañez Urdapilleta. Al Comisario Capitán Gimenez Gaitán ya lo conocés, claro – sonrió.
Yo dejaba hacer.
Don Santiago me invitó con un gesto amable a sentarme a la mesa. Despidió sin mucho trámite al Policía con un
- Gracias Giménez. Por ahora no lo vamos a necesitar. – El esbirro se cuadró, chocó los talones y se fue cerrando la puerta suavemente.
Yo estaba en silencio. No entendía nada. Quien jugaba de qué, que hacía cada uno, quien era el fantoche que nos acompañaba, de qué iba todo esto. Las heridas de la noche anterior me dificultaban quedarme sentado en la misma posición durante un rato largo. El olor a nafta no se me quitaba de encima.
- Y a usted Doctor le rogaría que nos deje solos por un rato. Cuando termine de conversar con el señor Scalabritti necesitaremos seguramente de sus servicios por lo que le ruego que nos dé un rato a de privacidad. En la sala de al lado hay café igual que acá, y algo para desayunar.
El Doctor – ¿doctor en qué? ¿Un médico para curarme? ¿O envenenarme?, ¿un abogado para enjuiciarme? - se paró, saludó también y se fue.
- Bueno Alberto – sonreía y su expresión era tranquila - parece que has descubierto nuestro “dirty little secret”. – Cada tanto le gustaba intercalar como al pasar expresiones en inglés, o francés. Si lo juzgaba necesario el mismo traducía.- Nuestro sucio secretito. Es todo un logro: en 72 años de vida esto no salió del círculo íntimo. Y del jefe de policía de cada época. Las carpetas XXX no han salido nunca de la oficina, de donde tienen que estar. Cuando terminemos, espero que me devuelvas las tres que te llevaste. El Comisario es un hombre tosco. Creo que esta noche lo demostró por la manera en que te trató. Y además fue una torpeza inexcusable haber dejado que accedieras a las Carpetas, pero en fin. Ya arreglaremos eso. Ya pasó, ahora hay que lidiar con las consecuencias de semejante ineptitud.
- Vea Don Santiago. Sobre las maneras de González Gaitán, no crea que me chupo el dedo. Estoy seguro que actuó bajo sus órdenes. ¿Qué fácil si yo arrugaba no? Un susto al periodista y problema terminado… -le dije en forma abrupta y casi gritando. Estaba seguro que mi interlocutor, el que iba a ser abuelo de mis hijos había contemplado la tortura que me infligían sus esbirros desde el bosque.
Y la había detenido cuando consideró que ya no había más cartas que jugar. Si yo había resistido los golpes, los cortes, las amenazas y el conato de quemarme vivo, debía haber llegado a la conclusión de que no había manera de convencerme.
- Te propongo que miremos los dos hacia delante. De nada sirven los reproches por lo actuado. Acompañame unos minutos, quiero que oigas una historia y después decidas.
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