JUEGO DE ROL - Parte 1

*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.

Télam
Por Télam




La acción la dirigía Giménez Gaitán. Ge-Ge le decían. Y también la protagonizaba, el también pegaba.

Habían llegado a casa a las 2.30 de la madrugada. El timbre y los golpes a la puerta me despertaron y tuve tiempo de mirar el reloj luminoso. Abrí y el propio Comisario se adelantó seguido por dos lugartenientes a los que conocía de vista.

- Buenas noches Alberto  necesitamos  hablar con Ud. en la Oficina de Seguridad- espetó sin más como si me hubiera telefoneado o me hiciera una visita social..
- Giménez... ¿qué hace despertándome a esta hora? ¿Está loco?
- No, m’hijo, necesitamos hablar con urgencia. - y ya se metieron en casa. Más hombres esperaban en la camioneta de la Policía que habían estacionado a la puerta.

Me empujaron hacia el dormitorio y uno de ellos me arrojó la ropa que había dejado sobre una silla. Mientras me vestía, entre protestas y preguntas no contestadas, dos de ellos miraban mi escritorio, uno tomó la notebook y se la llevó afuera, Giménez vigilaba. Se lo notaba nervioso, tenso. Nada de esa actitud tan suya de amabilidad untuosa ante los superiores. Esta noche no estaba para juegos.

Claro que yo sabía qué buscaban.

Ya afuera me metieron en el asiento trasero entre dos hombres corpulentos. Partió la camioneta seguida de la otra. Cuando llegamos a la rotonda, en lugar de enfilar hacia la Comisaría, tomó el camino que llevaba a los Andes Chicos.

Llegamos enseguida. Una pequeña meseta entre las montañas artificiales y los árboles. El claro no tendría más de 5 metros de diámetro, más allá una cornisa y el bosque cercándolo todo, oscuro.

Me bajaron a empujones, iluminaron la escena con los faros de los dos vehículos  y ahí mismo empezaron a golpearme. Nadie preguntaba nada. Dos me tenían y uno se ocupaba de golpearme. El Cabo Santibáñez. También lo conocía. Pegaba con cuidado, en forma pareja, rítmica. Espaciando los golpes para que yo los pudiera sentir, y él tomar aire entre uno y otro. Golpes cuidadosos. Yo sabía porqué: no querían dejar marcas. Por ahora todo parecía controlado. Pero tremendamente doloroso. Cada tanto el propio Giménez se ocupaba, para que el otro tomara un respiro.  Los golpes tenían la eficacia, la sabiduría que otorga la experiencia de una tarea hecha por años. Patadas en los huevos, porrazos  feroces en la garganta con el canto de la mano que me quitaban la respiración. Me sostenían la cabeza y el Cabo me hundía los ojos con sus dedos como morcillas. Parecía que me los reventaba, que me los iba a incrustar en el cerebro, dejarme ciego. La cabeza se me partía. Entonces se detenía. Para recomenzar tras unos minutos.

Golpes en las sienes, en los oídos, en la espalda. Una lluvia.

Esto durante un rato de duración indescifrable para mí. Interminable. No paraban.

- Bueno Alberto, ¿dónde está? ¿Dónde la pusiste mi viejo?- la voz apenas tirante de Giménez Gaitàn.
- No sé. ¿Qué pasa? No entiendo. ¿Qué le pasa? – apenas pude decir recuperando la respiración.- ¿Qué carajo quiere Giménez? – alcancé a balbucear.

Hizo una seña y todo recomenzó. Me dieron vuelta, colocándome boca abajo. Me bajaron el pantalón de un zarpazo y empezaron a azotarme con ramas de eucalipto que recogieron del lugar. Improvisaban dos látigos con ellas. Dolía y ellos lo hacían con paciencia metódica. La carne ardía y se despellejaba. Una paliza que se extendió a mi espalda quitándome jirones de piel. Ya habían sobrepasado la limitación autoimpuesta: no les importaba dejar marcas. Pésima señal. Los límites iban cayendo rápidamente.

Empecé a aullar. Perdí el control. Dicen que llegado un momento a todos le pasa. Mis gritos y lágrimas se debían oir, pensaba yo, pero no pensaba en realidad. Es que llega un momento de la paliza en que llorás, rogás y gritás como un animal.

Siguieron azotándome el culo, las piernas, la espalda. Golpes que caían sobre mi cabeza. Algunos daban la vuelta y abrazaban el pecho desde atrás. Ahora los tipos contaban. Uno…dos…
Mientras me pegaban, uno se me puso enfrente, desenvainó un cuchillo enorme y sonrió. Me puso la hoja frente al ojo derecho y empezó a apretar. Se lanzaba como decidido a  quitármelo, y cedía. Me marcaba la piel. Me mantenía abierto el ojo con una mano y con la punta del cuchillo me tocaba el iris. Delicadamente.


 







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”…..y te puedo asegurar que mantener el valor cuando empieza la pura violencia física es muy otra cosa. Valor bajo fuego lo llaman los militares y lo valoran, lo aprecian. Por una vez tengo que estar de acuerdo con ellos. Para quien nunca lo ha vivido, te digo es imprevisible, no sabés cómo vas a reaccionar. Por más que lo hayas visto en tantas películas, o como es mi caso a lo largo de la tarea profesional: una cosa es verlo y saberse fuera, y muy distinto cuando sos vos el que está metido en eso. Pueden ser tiros, o golpes y también cuchillos, armas de cortar: que te amenacen con esas es casi peor,  podés sentir la inminencia del corte, la sangre, el dolor. Cuando te empiezan a lastimar, y siguen y siguen… la verdad es que nadie sabe de antemano cómo va a reaccionar. Pero lo más seguro es que a los gritos y con terror. El asunto es no dejarse quebrar. Resistir. Te tiene que importar mucho lo que está en juego, para no descontrolarse,  aflojar, darles todo lo que te piden. Gritá y llorá, pero no aflojes.
Que sabio: el Otro siempre se burlaba, hablaba socarronamente cuando se refería a los “dolores del espíritu”. Decía que los del cuerpo son infinitamente peores. Como siempre estaba en lo correcto.
Y a vos que sos mi amigo de confianza, con quien no tengo que alardear te puedo decir con supremo orgullo que no les aflojé y me lo aguanté. De mí no obtuvieron lo que querían.
Te dejo por ahora con un abrazo. Nos vemos pronto en cuanto regrese a Buenos Aires y te cuente el final de la historia”
Alberto







 


CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES

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