La Argentina hipocondríaca

*Los argentinos son médico-adictos. Siempre tienen algún achaque para lamentarse.

EFE
Por EFE

¿Cómo andas? es una pregunta que conviene no formular… a menos que se este preparado para bancarse las consecuencias.

Los argentinos siempre tienen algún achaque. Siempre les duele algo. Siempre fueron o están por ir al medico. En cualquier cartera femenina o bolsillo masculino hay pastillas de todo tipo, cuando no radiografías o resultados de análisis de laboratorio. Nadie pasa más de seis meses sin  un chequeo.


Ningún argentino de clase media deja pasar más de seis meses sin darse una vuelta por el osteopata (mezcla de Kinesiólogo y aprendiz de Karate  que “golpea” hasta destruir la ultima contractura) ni por el dentista, ya sea para reforzar el “blanqueo” o para extraerse, “por si acaso”, todas las muelas de juicio.

Los argentinos son médico- adictos (en promedio se calcula que realizan cinco visitas anuales al medico mientras que Alemania se producen tres y en Japón solo una y media), tendencia que se acentúa entre aquellos que, al pagar una obra social, manifiestan una enfermiza tendencia a “amortizar” el costo cada vez mas alto del servicio. Esta patología se traduce en reiteradas visitas a diferentes profesionales de la cartilla, así como la solicitud, sin que medie consejo profesional, de todo tipo de estudios (es muy “top” hacerse, por ejemplo, alguna resonancia magnética de vez en cuando).

Es un hecho que gran parte de los argentinos de más de 45 años tenga mas fotografías de su cuerpo por dentro que por fuera (especialmente las mujeres, que a la hora de la consulta son mayoría).

Los consultorios – adictos necesitan constantemente diagnósticos y, si es posible, retirarse de la visita con alguna receta para evitar la frustración. De ahí que, de cada seis pacientes que van a la consulta, dos crucen directo a la farmacia, ya sea a buscar un remedio o algún suplemento de distinto tipo (sin contar el consumo de remedios homeopáticos y alternativos).

No importa si se trata de un calmante para el dolor de estómago, un antibiótico para la otitis o una vitamina para recobrar la energía, lo importante es irse “con algo”. Aunque suene ridículo, lo peor que le puedan decir a un paciente argentino es “No tiene nada”. Sin nada que contar a los vecinos y sin receta, el hipocondríaco no existe.

Claro que para estas situaciones límite siempre hay algún medico amigo, enfermero conocido o un farmacéutico corrupto que funciona como proveedor de gotas o pastillas (según la propia Confederación Farmacéutica Argentina, se estima que el 35% de las ventas se hace sin prescripción medica).

Automedicados por decisión, desesperación u omnipotencia, el destino inevitable es el de victimas de la propia ignorancia (ya sea por desconocer si el remedio elegido es el mas adecuado o la dosis que debe ingerirse), un desconocimiento que puede ser letal.

Subproducto del síndrome disruptivo que perfora la armonía social, los empastillados andan por la vida chocando de consultorio en consultorio, de laboratorio en laboratorio, listos para responder, a quien ose preguntarles: “¿Cómo andas?”, temible frase: “¿Bien, o te cuento?”.

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