La Argentina hipocondríaca
*Los argentinos son médico-adictos. Siempre tienen algún achaque para lamentarse.
Por EFE
¿Cómo andas? es una pregunta que conviene no formular… a menos que se este preparado para bancarse las consecuencias.
Ningún argentino de clase media deja pasar más de seis meses sin darse una vuelta por el osteopata (mezcla de Kinesiólogo y aprendiz de Karate que “golpea” hasta destruir la ultima contractura) ni por el dentista, ya sea para reforzar el “blanqueo” o para extraerse, “por si acaso”, todas las muelas de juicio.
No importa si se trata de un calmante para el dolor de estómago, un antibiótico para la otitis o una vitamina para recobrar la energía, lo importante es irse “con algo”. Aunque suene ridículo, lo peor que le puedan decir a un paciente argentino es “No tiene nada”. Sin nada que contar a los vecinos y sin receta, el hipocondríaco no existe.
Claro que para estas situaciones límite siempre hay algún medico amigo, enfermero conocido o un farmacéutico corrupto que funciona como proveedor de gotas o pastillas (según la propia Confederación Farmacéutica Argentina, se estima que el 35% de las ventas se hace sin prescripción medica).
Automedicados por decisión, desesperación u omnipotencia, el destino inevitable es el de victimas de la propia ignorancia (ya sea por desconocer si el remedio elegido es el mas adecuado o la dosis que debe ingerirse), un desconocimiento que puede ser letal.
Subproducto del síndrome disruptivo que perfora la armonía social, los empastillados andan por la vida chocando de consultorio en consultorio, de laboratorio en laboratorio, listos para responder, a quien ose preguntarles: “¿Cómo andas?”, temible frase: “¿Bien, o te cuento?”.
Dejá tu comentario