La ESMA desde adentro
*Un recorrido por la Escuela de Mecánica de la Armada hoy y un relato en primera persona.
Por Omar Lavieri
Había leído muchas veces sobre la tortura en la ESMA. Había escuchado a muchos sobrevivientes contar sus padecimientos. Pero recién hace unas horas conocí las mazmorras de Massera, Acosta y Astiz.
Pisé lugares como “capucha”, “capuchita” o el sótano donde los torturados vivieron en penumbras y escuchaban los gritos desgarradores de sus compañeros.
En el sótano, el sobreviviente de la ESMA, Víctor Basterra contó que los que como él, fueron trabajadores esclavos, miraban televisión y la transmisión se cortaba porque la tensión eléctrica bajaba cuando se aplicaba la picana, unos metros más allá.
El color gris de los techos a dos aguas del sector “capucha” (llamado así porque los detenidos estaban a ciegas), permanece tal cual estaban en los tiempos en que la dictadura mataba.
Cuesta imaginar el modo en que pasaban días y noches de encierro en las llamadas “cuchas”: cubículos de un metro de ancho por casi dos de largo donde apenas entraba una colchoneta. Basterra describió el olor que se percibía en esas celdas sin barrotes: era una mezcla de miedo, desesperación, coraje y suciedad.
Tal vez el lugar más difícil de visitar fueron las dos habitaciones para las embarazadas. Hasta los siete meses de embarazo ellas estaban con los otros detenidos, pero entonces las destinaban a una habitación de dos por dos para asistirlas en los partos y luego robarles los hijos.
Basterra, que fotografió a los torturadores y esas fotos fueron pruebas en los juicios, recordó el último parto que hubo en la ESMA. No fue en la habitación para las embarazadas, sino en la huevera. Ése era un calabozo, en el tercer piso, que tenía las paredes cubiertas por cartones de huevos para evitar que los gritos de los torturados se escucharan desde afuera.
Ese relato llenó de vida ese lugar que era sólo muerte. Porque Basterra recordó a los tres chicos Ruiz Dameri, cuyos padres están desaparecidos. A los dos mayores los ubicó en los pasillos de la ESMA corriendo sin saber qué sucedía a su alrededor. La más pequeña nació allí. Y los tres fueron restituidos a su familia de sangre.
En “capuchita”, el altillo de la cárcel de la ESMA, un detenido hizo un dibujo de una figura humana. Y otro escribió un nombre y apellido. Esas señales de vida intentaron ponerle freno a la muerte, allí, justo allí donde la vida no valía nada.
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