LAS DOS IZQUIERDAS

*Los actos contra la visita de Bush ponen en evidencia la pulseada que están librando dos concepciones de progresismo y de integración.
*Algunas de las protestas en Brasil y Uruguay muestran las huellas de Hugo Chávez.

Es totalmente comprensible que el paso de George W. Bush genere olas de actos y protestas en su contra. Este presidente norteamericano encarna un neoconservadurismo extremo y un militarismo imperial, que se parece haberse esmerado para convertirse en un símbolo mundial de la barbarie y la devastación.

Sobre todo, son comprensibles las marchas de repudio en los países que incluye esta gira. O sea, son más espontáneos menos digitados políticamente que el que encabeza Hugo Chávez en Buenos Aires.

Sin embargo, en algunos de esos actos se perciben hilos digitados desde Caracas. En Brasil, una de las protestas tendrá, como punto central, derramar azufre para señalar la presencia del demonio. Y Chávez tiene los derechos de autor sobre este gesto.

Él dijo en la Asamblea General de Naciones Unidas que el recinto olía a azufre porque momentos antes había estado allí el demonio. Fue el presidente venezolano quien dijo que Bush era “el diablo”, por lo tanto, cualquier utilización de este rótulo evoca al exuberante líder caribeño, y lo hace deliberadamente.

A su vez, una de las protestas organizadas en el Uruguay, implica una larga marcha con banderas venezolanas. Ambos casos demuestran que los organizadores de esos actos adhieren a la disyuntiva planteada por Caracas, regionalizada en la cumbre de Mar del Plata y confirmada en el actual acto de Buenos Aires: “Latinoamérica debe optar por Chávez o por Bush”.

Por cierto, aceptar semejante disyuntiva implica considerar al brasileño Lula da Silva, al uruguayo Tabaré Vázquez y a los chilenos Ricardo Lagos y Michell Bachelet como traidores de la izquierda y agentes del imperio que trabajan para impedir la integración.

Tal acusación resulta, obviamente, descabellada; sin embargo subyace en forma implícita en los actos que por estos días tienen financiación y motivación chavista.

En todo caso, está claro que la presencia del presidente norteamericano cuya negligencia y extremismo resultaron funcionales para un ideólogo de napoleónica osadía como Chávez, en su afán de erigirse como líder a escala continental.

Claramente identificados con él, los presidentes de Bolivia y de Ecuador, Evo Morales y Rafael Correa, entienden que la integración regional implica la erradicación de todo tipo de acuerdo económico y comercial con Estados Unidos y Europa; algo curioso ya que el país latinoamericano de mayor relación económica con la hiperpotencia del Norte es Venezuela, que le vende el setenta por ciento de su petróleo.

La centro-izquierda de Chile, Uruguay y Perú, por el contrario, adhieren a la posición de Lula, quien siguiendo la política exterior diseñada por Fernando Henrique Cardoso postula como objetivos: primero la consolidación, ampliación y fortalecimiento del Mercosur; y segundo, desde esta plataforma regional, establecer en condiciones ventajosas asociaciones económicas con las potencias de Occidente y de Asia.
A mitad de camino entre las dos visiones que dividen a la izquierda gobernante en América Latina, se encuentran presidentes como el nicaragüense Daniel Ortega y el argentino Néstor Kirchner.

El líder sandinista gesticula a favor de Chávez, agradeciendo los petro-dólares venezolanos que regaron su campaña electoral y buscando petróleo venezolano subsidiado para facilitar su gestión económica, pero al mismo tiempo busca tender puentes con Washington y ratifica el Tratado de Libre Comercio (TLC) que el anterior gobierno conservador, presidido por Enrique Bolaños, firmó con Estados Unidos.

Posiblemente, también el presidente argentino busque un lógico equilibrio entre una izquierda y otra, preservando por un lado las ventajas económicas de una buena relación con el rico gobierno venezolano, y adhiriendo por otro lado al enfoque sobre integración y Mercosur que comparten Brasil, Uruguay y Chile.

La diferencia entre las dos izquierdas tiene otros aspectos (que abordaremos en próximas columnas), pero es importante destacar la inteligente decisión de no hacer públicos los disentimientos. Para  percibir los desacuerdos hay que observar hechos, como los actos antiBush, pero no esperar declaraciones.

La chilena Bachelet, que se propuso corregir la apatía con que sus antecesores dieron la espalda a la región, después de mezclarse en varias oportunidades con los gobernantes de izquierda que la rodean volvió a recluirse detrás de la Cordillera; obviamente, con excepción de Lula y Tabaré, todo lo demás la defraudó.

De todos modos, más allá de que sea inteligente y responsable no hacer públicas las diferencias ni permitirse choques entre presidentes, la integración regional demandará en algún momento no muy lejano un debate amplio y plural sobre los dos modelos de progresismo que están librando una pulseada en Sudamérica.

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