Lo que implica sacar a Bush de una oreja

*Acierto y error en la decisión del Congreso norteamericano de imponer la urgente retirada militar de Irak.
*Los demócratas debieran llevar al presidente a juicio político. En lugar de eso, procuran una retirada errónea en tiempo y forma.

Quizá la solución no solucione nada. La decisión demócrata de forjar desde el Congreso la inmediata retirada de las fuerzas de ocupación de Irak, parece más destinada a dar el golpe de gracia a la administración republicana, que a encontrar una solución seria al enchastre humano, político y militar que provocó el gobierno extremista que encabeza George W.Bush.

Siempre estuvo claro que la justificación de la invasión a Irak fue truculenta y errónea. Truculenta por falsificar pruebas sobre los supuestos arsenales de armas químicas. Y errónea porque el régimen baasista de Saddam Hussein no sólo no era aliado del terrorismo fundamentalista y de Al-Qaeda, sino que eran abiertos enemigos.

Poco tiempo después de concretada la ocupación y la caída del régimen sunita, quedó claro que el secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el vicepresidente Dick Cheney, máximos impulsores de la aventura militar y del unilateralismo, no contaban con planes de posguerra medianamente inteligentes y realistas.

Desde hace meses, en el Partido Republicano nadie en su sano juicio deja de percibir que este capítulo de la “guerra contra el terrorismo” es un tiro por la culata, ya que la invasión convirtió a Irak en un vasto campo de entrenamiento para terroristas de todo pelaje.

Ahora bien, la mayoría demócrata en ambas cámaras podría equivocarse si apuesta a una retirada urgente como tiro de gracia al irresponsable e improvisado militarismo republicano.


Lo que debieran hacer los legisladores de la oposición es: Primero, reconocer que, como partido opositor, se equivocaron al guardar silencio frente a la histeria nacionalista que desató el 11-S, así como al votar a favor de la guerra en Irak.

Y segundo, llevar a Bush y a Cheney a juicio político por haber mentido al Congreso y a la Nación sobre las razones para justificar un ataque militar, y por haber manejado con total negligencia el conflicto.

El hecho de que al actual presidente norteamericano ni siquiera se haya intentado poner ante un impeachment (juicio político) resulta incomprensible si se recuerda que mediante esa medida se hizo renunciar a Richard Nixon por el caso Watergate, trapisonda electoral que no ocasionó muertes ni desastres.


Más absurdo resulta aún pensar que Bill Clinton debió atravesar el vía crucis de un juicio político por una cuestión sexual: el caso Mónica Lewinsky.

Está bien que la oposición intente provocar un giro copernicano a la situación en Irak, dado el inmenso fracaso en poner fin a la guerra civil interétnica que estalló tras el derrumbe del régimen sunita. Y es lógico que ese giro copernicano implique la retirada de las fuerzas.

Pero que esa retirada sea en tiempo récord y dejando un sangriento caos, no hará más que fortalecer a las organizaciones terroristas ligadas a Al-Qaeda. Y estas organizaciones intentarán quedarse con todo el poder, creando una teocracia sunita-wahabita equivalente a lo que fue el régimen talibán en Afganistán.

Si no lo logran por no poder derrotar a las milicias chiítas, lo que intentarán con grandes posibilidades de éxito es dividir el territorio iraquí para crear un país teocrático en la región central de mayoría sunita.

Por más culpa que tenga Bush y su gobierno de extremistas neoconservadores, la solución a los desastres provocados no puede  implicar más desastres.

Abandonar a los iraquíes en el agujero negro en el que están puede ser tan irresponsable como el aventurerismo belicista de los neocons.

Por eso, los legisladores demócratas debieran usar la actual presión que ejercen a través de leyes que obligan al retorno de las tropas, para forzar a la Casa Blanca a impulsar un acuerdo regional mediante el cual los países vecinos se encarguen de pacificar Irak, sin entregarla al terrorismo ultrafundamentalista.

La verdadera solución parece tener que ver con la formación de una fuerza de ocupación formada por todos los países árabes y también Irán. Ese ejército multinacional de ocupación debe reflejar un acuerdo de todos los países, que se refleje también en la conformación de un nuevo gobierno multiétnico capaz de crear un ejército y una fuerza policial de las que formen parte todas las comunidades.

Los demócratas tienen razón en la evaluación que hacen sobre el gobierno y su aventura belicista. También la tienen al entender que la ocupación debe terminar.

Pero se equivocan al establecer plazo y forma de esa retirada.

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