Lula abrazado con Bush
*Si bien no se prestará a discusiones ideológicas ni confrontará con otros líderes de la región, el presidente brasileño ratificó en Washington su adhesión a las políticas de Estado de su país.
*Hugo Chávez y Fidel Castro satanizaron al etanol y demás biocombustibles, diciendo que implicarán un genocidio.
En la primer mitad de su primer mandato, esto le hubiera costado una ola de críticas y pataleos en su propio partido. El ala izquierda del PT entraba en estado catatónico cuando Lula, junto a su entonces ministro de Hacienda, el ex trotkista Antonio Palocci, dejaba en claro que la lucha para revertir la obscena desigualdad del Brasil debe darse dentro del capitalismo.
En cambio, este fin de semana todos los diarios y los noticieros lo mostraron en Camp David, junto a Bush y su esposa Laura, pero no hubo histerias ideológicas en el partido oficialista ni ola de críticas con la palabra “traición” como constante.
Al respecto, el cálculo del equipo gubernamental de Lula arriba a las siguientes conclusiones:
También hay algo que tiene en claro la experiencia de Itamaraty (cancillería brasileña) a diferencia de las inexpertas o, liza y llanamente, inexistentes políticas exteriores de muchos países sudamericanos: Creer que insultar a Bush es buen negocio porque reditúa en la política interna y no afecta la relación con el próximo gobierno norteamericano porque será demócrata, es un razonamiento demagógico y temerario.
Además, todos los aspirantes demócratas han descalificado al líder venezolano. Hillary Clinton fue la que más duramente repudió a Chávez, hace sólo un par de semanas; pero también Obama y Edwards lo describieron como un demagogo autoritario.
La sospecha que parece compartir la clase política norteamericana es que, dada la falta de controles sobre el poder en Venezuela, los gobiernos que hacen negocios con Chávez apuestan a la corrupción sin riesgos.
Lula da Silva no quiere pelarse ni confrontar con el hombre fuerte de Caracas. No fue a Estados Unidos a que le dictaran fórmulas para contener a Chávez. Fue siguiendo un proyecto germinado en tiempos de su antecesor, Fernando Enrique Cardoso: apostar fuerte al etanol para convertir a Brasil en “la Arabia Saudita verde del futuro”.
Pero acusó recibo de las embestidas lanzadas por el exuberante líder venezolano. Lula sabe que el acto en Buenos Aires fue más contra él que contra Bush.
Allí, en el estadio de Ferro Carril Oeste, Chávez dijo que promover el etanol es alentar un genocidio, porque implicará usar alimentos como combustible.
El reciente editorial de Fidel Castro en el Granma, sosteniendo exactamente lo mismo que Chávez, lo que equivale a llamar genocida a Lula, fue seguramente instigado por el presidente de Venezuela. ¿Por qué? Porque Cuba sería uno de los grandes favorecidos por el auge de los biocomustibles, debido a que las plantaciones de caña de azúcar (materia prima del etanol) equivaldrán en el futuro a los actuales yacimientos petrolíferos.
El presidente de Brasil asimila en silencio los golpes recibidos desde Caracas y La Habana. Aparentemente, su decisión sigue siendo evitar toda confrontación; incluso sumarse a iniciativas de Chávez que son sumamente positivas, como la creación del Banco del Sur.
Pero no se paraliza cuando lo corren por izquierda. Sobre todo cuando se trata de consolidar a Brasil como potencia económica mundial; avanzar hacia un escaño permanente en el Consejo de Seguridad, y consolidar su liderazgo a nivel regional.
Lula y su entorno parecen convencidos de que tales objetivos, sobre todo el de afianzar a Brasil (y no al propio Lula) como cabeza de la región, son metas que no se alcanzan negociando con presidentes personalistas que, como Chávez, aspiran a liderar ellos mismos (y no sus países) a Latinoamérica.
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