¿Otra guerra de Bush?

*El aparato militar norteamericano ha comenzado a apuntar hacia Irán.
*Hay razones que impiden descartar el estallido de otro conflicto, que se dirimiría en términos nucleares.

¿Está Irán en la mira Bush? La acumulación de fragatas misilísticas y portaaviones en las aguas del Golfo Pérsico ¿señalan un inminente ataque norteamericano? La decisión de disparar contra los agentes iraníes que se encuentren en territorio iraquí, ¿equivale a una declaración de guerra?


 


A estas inquietantes preguntas que se formula el mundo no es posible responderlas con mediana certeza. Por un lado, porque nI en Estados Unidos ni en el mundo se le reconoce a Bush autoridad para semejante emprendimiento. Mucho menos cuando un ataque implicaría utilizar armas atómicas, a que son las únicas que pueden perforar los bunkers en los que Irán desarrolla su proyecto nuclear.


En el plano interno, perdió la credibilidad al mentir sobre los supuestos arsenales químicos de Irak, por lo que, ahora, no será creíble al justificar una guerra por el peligro nuclear que puede representar Irán.     

En el plano interno, perdió la credibilidad al mentir sobre los supuestos arsenales químicos de Irak, por lo que, ahora, no será creíble al justificar una guerra por el peligro nuclear que puede representar Irán. Y en el plano internacional, porque nadie apostaría un céntimo a que sumar conflictos en el Oriente Medio pueda sacar a esa región del caos que generó la invasión de Irak.


 


Por otro lado, si el Pentágono planificó la guerra contra Saddam Hussein sin haber resuelto la verdadera cuadratura del círculo iraquí, un orden de posguerra con armonía interétnica; mucho menos resuelto tendrá como encarar un escenario posterior a devastadores ataques sobre Teherán.

Es cierto que en Irán existen partidos moderados y partidarios del diálogo con Occidente. Algunos incluso ganaron elecciones logrando mayoría en el Majlis (Parlamento) y formando gobiernos como el de Mohamed Jatami. Pero también es cierto que antioccidentalismo persa, inflamado desde que en 1953 la CIA y el MI-6 (inteligencia militar británica) derrocaron al gobierno nacionalista de Mussadaq para defender los abusivos contratos de la Compañía Angloiraní, alinearía incluso a los partidos laicos y moderados contra una agresión norteamericana.


Además, en el nuevo escenario interno norteamericano, el ahora predominante Partido Demócrata no mordería nuevamente el anzuelo que mordió cuando la administración republicana le hizo creer a la nación que Saddam era aliado de Osama Bin Laden y que las armas iraquíes de destrucción masiva irían a parar a manos de los terroristas.



No sólo la oposición, sino también un sector del oficialismo, consideraría poco menos que descabellado abrir un tercer frente bélico, mientras reina el descontrol total en Irak y renace con sorprendente vigor la amenaza talibán en Afganistán.    


No sólo la oposición, sino también un sector del oficialismo, consideraría poco menos que descabellado abrir un tercer frente bélico, mientras reina el descontrol total en Irak y renace con sorprendente vigor la amenaza talibán en Afganistán.

¿Significa todo esto que debe descartarse totalmente una acción armada contra Irán? En absoluto. Descartar tal posibilidad es imposible por una serie de razones.
La primera es que el que de George W. Bush es un gobierno extremista y, como tal, nunca pueden descartarse las iniciativas más temerarias.


 


Sobre todo cuando se sienten acorralados, los líderes ideologizados tienen a intentar huidas hacia delante. O sea que, en lugar de moderarse y replegarse, acentúan sus rasgos más extremos y, perdidos por perdidos, se aventuran en los terrenos mas riesgosos.


Y por estos días, Bush es un presidente totalmente acorralado. La mayoría demócrata tanto en la Cámara de Representantes como en el poderoso Senado, le achican su margen de maniobra en la política interna, al tiempo que la devastación del Katrina mostró la ausencia de liderazgo y capacidad de gestión.


Su fracaso fronteras para adentro lo obliga a buscar el éxito en el emprendimiento que absorbió la totalidad de su empeño la totalidad de sus fuerzas gubernamentales: Irak. Pero tanto la realidad visible y el sentido común, como el informe de la prestigiosa comisión Baker-Hamilton, los pronunciamientos de varios altos círculos militares y el diagnóstico del nuevo jefe del Pentágono, Robert Gates, coinciden en que, hasta aquí, la ocupación ha resultado un rotundo fracaso de nefastas consecuencias.


 


La comisión Baker-Hamilton recomendó negociar la pacificación de Irak con Irán y Siria, iniciando una lenta pero constante retirada las de las fuerzas militares. Esa es también la política que avala la mayoría legislativa demócrata.


Ahora bien, para Bush aceptar este cambio de rumbo implica aceptar la gravedad de sus errores estratégicos, la ineptitud de sus comandos y la oceánica dimensión de su fracaso. Y es improbable que la obnubilada mente de un extremista incurra en semejante autocrítica.    

Ahora bien, para Bush aceptar este cambio de rumbo implica aceptar la gravedad de sus errores estratégicos, la ineptitud de sus comandos y la oceánica dimensión de su fracaso. Y es improbable que la obnubilada mente de un extremista incurra en semejante autocrítica.


 


Por eso desechó de inmediato entablar un diálogo con sus archienemigos Irán y Siria; mientras que, en lugar de retirar efectivos de Irak, envió varias decenas de miles de soldados para reforzar la ocupación militar.


Sobre Bob Gates, secretario de Defensa que reemplazó al desastroso Donald Rumsfeld, cae toda la responsabilidad de diseñar un esquema de seguridad que logre lo que hasta ahora no se logró: poner fin a la guerra civil interétnica y su desenfreno de violencia.


 


Y también le toca a Gates convencer a los chiítas de que  dejen de monopolizar el poder y lo compartan en debidas proporciones con los sunitas; y lograr que el inepto y corrupto primer ministro Al-Maliqui al menos intente conformar un gobierno medianamente eficiente.


Casi una misión imposible; pero sólo si el jefe del Pentágono logra al menos lo suficiente como para reemplazar la imagen de caos absoluto e incontrolable, por una situación que empieza a encaminarse hacia un orden y una pacificación, crecerá sobre Bush el acorralamiento y la desesperante sensación de fracaso. Y es en esa instancia donde los extremistas se vuelven aún más peligrosos.


 


El régimen iraní tiene mucho de despotismo lunático y, tanto el presidente Ajmadinejad como el ayatola Alí Jamenei, son fanáticos y belicistas acorralados en la decadencia económica y social de la decrépita teocracia. Por lo tanto, también ellos pueden jugarse al todo o nada en una confrontación bélica.

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