Mi hija ya va a secundario, y las reuniones de padres son más esporádicas. Pero cuando iba a la primaria, hubo un promedio de tres reuniones de padres por año, y yo debo haber asistido a un 80% de ellas. En todas esas reuniones, sólo vi a dos padres. Uno de ellos, finalmente se hizo amigo mío.
Se podría objetar que mi hija iba a una escuela cuyo grupo de padres estaba especialmente ocupado. O que era inusualmente desentendido de las cuestiones escolares de sus hijos. Error. Por esas cosas del destino o del trabajo, nos mudamos cuatro veces mientras ella transitaba su infancia, de modo que cambió cuatro veces de colegio, sin contar el paso del jardín maternal al jardín con salita de 3 años. Una de esas mudanzas, además, fue a una provincia de lo que mal se llama “el interior”• del país. Y los dos padres que cuento son uno en Capital y uno en esa Provincia.
¿Qué pasa? ¿No es importante? Es cierto que muchas veces las reuniones de ese tipo son aburridas, que muchas maestras presentan un informe inverosímil sobre su majestuoso desempeño, y que las más de las veces se hacen en horarios de los que usamos para trabajar. Excusas hay infinitas, pero… ¿Nunca? ¿No será mucho no asistir JAMAS a una reunión de padres?
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A la mayoría de los padres de los compañeros de mi hija los conocí, si, una vez que hubo un prolongado paro docente. Ahí sí se hicieron tiempo para reunirse. La consigna era colgar a los docentes en el patio de la escuela por no ir a trabajar.
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Esa experiencia la viví muy de cerca: Los padres que jamás pisaron la escuela, que no le conocen la cara ni el nombre al docente de sus hijos, suelen tener una concepción de la educación similar a la playa de estacionamiento: Es el lugar donde depositan a la hija o el hijo unas horas mientras van a trabajar o a rascarse. Lo mismo da.
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A favor de los padres, también tengo la experiencia de que muchos, demasiados docentes tienen la concepción de que los padres son buenos de la puerta para afuera. Les molesta que les vayamos a preguntar como anda todo, que tipo de enfoque van a usar en tal o cual área, o cualquier cosa vinculada con lo que ellos creen hacer mejor que nadie.
Y es precisamente por eso que me asombra que los padres, lo hombres, no vayan casi nunca alas reuniones escolares. En primer lugar, y también según la experiencia que junté, en esas reuniones uno recolecta muchos elementos que le permiten un acercamiento distinto al hijo. Cuando digo distinto quiero decir más intenso, más complejo, menos superficial. Siempre que uno quiera hacerlo, claro, ahí hay una oportunidad de demostrarle, además, que a uno no le resbala nada de lo que tenga que ver con su vida.
Y por otro lado me preocupa que se siga reproduciendo esta modalidad de escuela como “isla” o peor aún “coto de caza” en el que sólo los docentes tienen opinión, y la sociedad no tiene arte ni parte. Y eso, ya excede en mucho las relaciones interpersonales. Eso tiene que ver con el tipo de sociedad que vamos a compartir. Demasiado importante como para que una buena excusa horaria la deje fuera de combate.
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