Presente Imperfecto - Capítulo 1.

*Por Dumas.

Nueve y cinco de la mañana.
Una mañana de sol primaveral; pero ya ni el buen clima le interesaba a Axel. Tenía una gran preocupación en la que pensar.
Parado en la vereda de enfrente del edificio donde su esposa trabajaba, le pidió un cigarrillo a un muchacho que pasó a su lado. Sacó una cajita de fósforos, prendió el cigarrillo y tiró la cajita a la vereda, vacía.

Una joven embarazada pasó frente a él; la siguió con la mirada unos pasos, y después Axel cruzó la calle hacia el edificio. En el frontispicio, un reloj digital marcaba las nueve y cinco.
Axel entró al hall, y caminó hacia el ascensor; la voz del guardia de seguridad le ordenó –en un grito- que apagara el cigarrillo porque estaba prohibido fumar allí adentro.
Axel apagó el cigarro en un cenicero de pié  y entró al ascensor.
Una mujer embarazada ingresó detrás de él. Axel le preguntó a qué piso iba: cuarto.
Axel iba al segundo.
Al llegar, se encontró en la gran oficina en la que trabajaba Ana: varios escritorios ubicados como un laberinto impersonal. Axel caminó en el lugar hasta llegar hasta el box de su esposa.
“Ana, tenemos que hablar…, tengo un problema”. Ana se asombró de verlo ahí, le recordó que no podía estar en ese lugar y que la comprometía con su superior, que por favor esperara a que ella volviera a casa.
“No, tenemos que hablar ahora, por favor…”. Realmente parecía desesperado.
El supervisor de Ana apareció, y recordó que en aquel lugar no se admitían visitas, que los temas personales se trataban en otro lugar… Axel comprendió, y se fue. Miró hacia un gran reloj colgado en la pared, las agujas marcaban las nueve y cinco de la mañana.

El supervisor le recordó a Ana parte del reglamento del trabajo: nadie ajeno a la oficina puede estar acá.
“Sí…, no se va a volver a repetir”. Dijo Ana.

Volvió a su casa, y la encontró tal como la había dejado al salir; con la excepción que ahora su impotencia hizo que tumbara una silla al suelo. Caminó hacia la habitación, y como un saludo del destino fijó la mirada en ése zapato negro que ahora estaba tumbado de costado al pié de la cama.
Dio media vuelta, y salió de la casa casi a la carrera.
Allí estaba otra vez: en la vereda, frente a la fachada del edificio de oficinas en el que Ana cumplía con su trabajo. El reloj del edificio marcaba las nueve y cinco.

Axel cruzó la calle, y le dejó paso a una mujer embarazada que cruzó primero la puerta giratoria.
Axel atravesó el hall en dirección al ascensor; desde su puesto de vigilancia, el guardia de seguridad apenas sí le dedico una mirada.
Axel subió al ascensor detrás de un hombre metido en un traje que cargaba un maletín.
El hombre le preguntó a que piso iba: segundo piso.
“Yo voy al séptimo –le dijo- y espero que no sea el séptimo infierno para mí; ya estoy llegando cinco minutos tarde a una reunión que empezó a las nueve…”.

Cuando la puerta del ascensor se abrió, Axel se encontró con la gran oficina comunitaria en la que Ana trabajaba; recorrió de memoria el camino hacia el escritorio de su esposa casi sin aliento.

“Ana, tengo que hablar con vos…”. Ana se alegró al verlo, le dijo que en ese momento no podían conversar, pero que pasara al mediodía para almorzar juntos y hablar tranquilos. “Ana…, creo que nunca voy a llegar al mediodía”. Su esposa comenzó diciéndole algo mientras lo tomaba de la mano, pero se detuvo al momento. “Que raro…-dijo- tuve un déjà vu; como si esto ya lo hubiera vivido…”. El supervisor apareció detrás de Axel, y amablemente le recordó que no se admitían personas ajenas en ese lugar, que no lo comprometiera y que por sobre todo, no comprometiera  a Ana.

Axel estuvo de acuerdo, y salió del lugar. Alcanzó a oír la voz de su esposa diciéndole que la pasara a buscar para almorzar, y que lo amaba.
 
Axel salió del edificio, cruzó la calle, y quedó mirando el reloj sobre la puerta giratoria: las nueve y cinco de la mañana.
“Hola, Axel…”, escuchó que lo saludaban a sus espaldas. Miró, y se encontró con un hombre de avanzada edad, vistiendo un sobretodo negro, con viejos guantes en las manos. Fumaba un cigarrillo.
Axel le preguntó quién era, si lo conocía, y cómo sabía su nombre.
“No, digamos que no me conocés. Pero yo sí te conozco a vos. Podés llamarme Diógenes, como el filósofo griego que vivía dentro de un barril; o como el perro de la historieta del diario. Soy el jefe de seguridad del edificio; te vi entrar varias veces y me dije éste pibe es sospechoso, lo voy a seguir.”

Al momento, el viejo le dijo que le había mentido: no era el jefe de seguridad del edificio.
 
“Esto es una locura…, estoy muerto, o estoy soñando. Sí, es eso: estoy soñando”, dijo Axel.
El viejo le dio una cachetada. Cuando Axel intentó defenderse, Diógenes lo detuvo con habilidad.
“ Sentiste el cachetazo. Te dolió; moral y físicamente. No estás muerto, Axel, ni tampoco estás soñando. Lo que esta pasando es verdad: hagas lo que hagas, y vayas a donde vayas siempre es a las nueve y cinco de ésta mañana…”.

Dumas

Dejá tu comentario