Sarkozy, del centro a la derecha

*El nuevo presidente francés es un liberal que se convirtió a la derecha populista para conquistar el poder.
*Falta ver si, como presidente de Francia, se mantiene en su nueva posición o retoma el discurso liberal que dejó de lado para llegar al Palacio Eliseo.

Ségolène buscó a Francia en el centro, pero Francia estaba a la derecha. Así podrían titular los diarios, en su afán de interpretar el resultado final de la elección presidencial. Aunque, por cierto, el nombre que debería encabezar las portadas es el de Nicolas Sarkozy, dado que finalmente se impuso en la lucha electoral por el despacho principal del Palacio Eliseo, no es erróneo destacar el esfuerzo de la postulante socialista, y el giro que implicó su candidatura y su discurso en el espectro de la izquierda gala.

Más allá de la diferencia de votos, la primer mujer que buscó la presidencia y el ministro del Interior que terminó derrotándola, sostuvieron una titánica pulseada coronada por el debate televisivo más vibrante desde aquellos que sostuvo Francois Mitterrand primero con Georges Pompidou y después con Valery Giscard D’EstaingJacques Chirac.

Los títulos y análisis de los diarios evidenciaron la riqueza y particularidad de ese debate. Mostrando su paradójico resultado, tuvo razón el diario izquierdista “Liberación” al titular diciendo “Sarkozy no perdió, pero Ségolène Royal ganó”.



Algo parecido interpretó el conservador “Le Figaro”, cuyos análisis de la compulsa verbal que observaron por televisión millones de franceses, dejaban como conclusión que Royal había ganado pero Sarkozy había ganado más todavía.

¿Contradictorio? Efectivamente, tan contradictorio como una sociedad que exigió a la clase política un giro hacia el centro y luego, sencillamente, premió en las urnas al candidato que más ideologizó su discurso, o sea el que menos se movió hacia el centro.

Cuando era un joven de pelo largo que conquistaba con flamígera oratoria un escaño de concejal y luego la alcaldía de Altos del Sena, el coqueto suburbio de París donde creció éste hijo de un aristócrata húngaro y de una francesa rica, se atrevía a pregonar un liberalismo económico ajeno a la tradición estatalista francesa, dominante tanto en la izquierda como en la derecha.

Dentro del centro-derecha gaullista liderado por Jacques Chirac, Sarkozy continuó representando la posición favorable al mercado, a las privatizaciones y a la reducción de la inmensa legión de empleados públicos. Pero desde hace dos años, cuando se colocó en posición de buscar la presidencia, su discurso dejó notablemente de lado el liberalismo económico que lo caracterizaba, para concentrarse en la problemática de los inmigrantes. Y lo hizo con ideas, palabras y proyectos más cercanos al extremismo de Jean-Marie Le Pen, que al moderado conservadurismo surgido con la V República que fundó Charles de Gaulle.

Cuando en el año 2005 los jóvenes marginados de la periferia de París, Marsella y Lyon, hijos de inmigrantes magrebíes que nacieron en Francia pero sienten que Francia les da la espalda, protestaron contra la desocupación quemando automóviles, el primer ministro Dominique de Villepin fue tomado por sorpresa y doblegado por las circunstancias. En cambio, los mismos hechos de violencia favorecieron al ministro del Interior que planificó la represión y llamó “escoria” a los muchachos incendiarios.

De este modo, en las llamas de aquellos automóviles convertidos en antorchas se derritió el conservadurismo moderado y se forjó el ardiente discurso de un candidato radicalizado.

Si la disyuntiva de la derecha francesa es bonapartismo o modernización; el joven Sarkozy que promovía más mercado y menos Estado, parecía más cerca de la modernización; mientras que el candidato del discurso inflamable se encuentra, al menos en lo político, dentro de la tradición bonapartista.

La disyuntiva del Partido Socialista es similar pero no idéntica. Según el sociólogo Alain Turain, la izquierda debe dejar de ser “verbalmente revolucionaria” para convertirse en lo que nunca fue: “realmente reformista y modernizante”.

Royal fue la dirigente que más claramente entendió el reclamo de Turain. No es común que un político francés reivindique algo británico como modelo a seguir. Ni siquiera lo hizo De Gaulle con Winston Churchill, un inmenso estadista y el líder que mas lo ayudo en su gesta contra el régimen de Vichy. Pues bien, Royal se atrevió a proponer la Tercera Vía de Anthony Guiddens y el “blairismo” como ejemplos a seguir por la izquierda gala en los terrenos económico y social.

Con banderas “reformistas y modernizantes” enfrentó y derrotó en la interna socialista al ala izquierda del partido, liderada por Laurent Fabius. Y tras quedar segunda en la primera vuelta, fue ella quien sedujo más al candidato centrista que conquistó el tercer puesto; aunque Francois Bayrou se limitó a ofrecer un apoyo indirecto diciendo que “jamás votaría a Sarkozy”.

Tal vez, si Royal hubiera ofrecido a Bayrou el cargo de primer ministro en un eventual gobierno suyo, el dirigente que exhortó a los franceses a superar el viejo esquema izquierda- derecha la hubiera respaldado explícita y abiertamente, mejorando su chance en el ballottage.

En fin, la dirigencia no la dejó por pretender como premier al economista Dominique Strauss-Khan. Obviamente, no fue un buen cálculo político y terminaron perdiéndolo todo. No obstante, para todos los franceses estuvo claro el esfuerzo de Royal por buscar una posición centrista; aunque Francia, finalmente, se corrió hacia la derecha, eligiendo al hombre del discurso radicalizado.

Sólo resta ver si, ya en la presidencia, Nicolás Sarkozy sigue siendo el líder bonapartista que manejó el Ministerio del Interior y que hizo la campaña electoral; o vuelve a ser el “modernizador” que fue en su juventud, cuando tenía el pelo largo y conducía la comuna de un coqueto suburbio parisino.

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