Super Pancho - Parte 9
*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.
Mientras tanto la “relación especial” de los cuatro seguía viento en popa. Cada una de ellas veía satisfecha por lo visto sus necesidades no sólo físico-espirituales, sino las derivadas de sentirse por fin alguien en el panorama vital y cultural de la época: vivían una aventura poco usual, puramente satisfactoria y que les proporcionaba la sensación de no tener nada que envidiarle a las divas, artistas, modelos y personajes que poblaban sus lecturas de revistas del corazón, grandes hermanos y programas de chimentos vespertinos. Hoy en día se vive en forma vicaria, mucha gente por lo menos: a través de lo que les sucede a unos personajes cuya vida elegimos seguir, vamos de sorpresa en sorpresa, de excitación en decepción, de alegría en desazón. Y si cada una de aquellos prototipos, las modelos tenía un promedio de dos novios o amantes por año, que bueno poder sentir con ellas aquella montaña rusa de emociones. En ese entorno febril, aquellas tres entonces tenían el “bonus” declarado: no sólo vivían en carne propia –y que carne, digámoslo porque es un aspecto que no debe dejarse en el olvido ni soslayarlo cada vez que se haga mención a él, un segmento que no dejaba de cumplir, y cuyo uso frecuente no hacía sino perfeccionar el aspecto técnico que, sumado a las antedichas condiciones naturales rendía sin competencia a cualquiera que se atreviera o tuviera la suerte de ponerse a su disposición–los avatares bisemanales, no sólo se encariñaban en distinto grado con el poseedor del adminículo –Rubén jamás dejó de ser atractivo en lo personal, nunca perdió la dignidad y una medida de auto respeto que algún desavisado podría considerar en jaque ante el ritmo que había impreso a su vida y la profesión que de alguna manera parecía haber elegido, y siguió siendo aquel hombre seguro, confiado y sereno, ágil y al mismo tiempo tierno que habíamos conocido cuando Romina lo trajo al Country– sino que podían considerarse personajes cuya vida era comparable en subas y bajas a las de aquellas heroínas de hoy, las modelos y divas de la televisión. Estaban, cada una de ellas viviendo una gran aventura, divertida y llena de emociones.
El asunto progresó y se estabilizó en el tiempo. Generó ramificaciones inesperadas: cuando alguna de las tres salía de viaje, se consideró –-los cuatro en sesión especial no era común que se reunieran– que era razonable que cediera sus derechos a alguna amiga. Siempre –se acordó– que Rubén la aprobara previamente, sino le podía resultar imposible llevar a cabo sus menesteres. Estas “suplencias” fueron, durante el año y medio que duró el arreglo si no muy usuales, varias. Julia se fue a Europa con su marido. Invitó a tomar el té a su amiga ya tanteada e interesada. Rubén, de incógnito para la candidata, observaba desde una mesa aledaña. Aprobó y lo hizo con un gesto, tras lo cual se retiró. Julia entonces perfeccionó y confirmó la cesión de derechos. Hubo dos o tres situaciones similares, con un rechazo que posteriormente contó con el aval de las otras dos, que comprensivas apoyaron la tesitura de Rubén: no le hubiera sido posible con la candidata rechazada, “uno no es una máquina tampoco, y si no hay cierta química…”.
Hubo una petición especial de Anabella para alegrar a una amiga caída tras un divorcio particularmente penoso y convencida de que no habría hombre capaz de interesarse en ella. Salió confiada en sus encantos a re-comenzar las actuaciones. También alguna invitada para algún evento especial, e incluso una legisladora amiga de Elisa que cedió gentilmente su turno para que su amiga fuera aliviada de las pesadas cargas de la función pública. A lo largo de todos estos avatares Rubén siguió siendo como digo, el mismo de siempre sin perder nada de su antigua personalidad. El hecho de haberse convertido en una especie de juguete sexual –así podría haberlo visto un observador externo aunque ninguna de las socias del particular club lo pensara de esa manera- no influía en su forma de verse a sí mismo ni de comportarse con los demás, por lo menos eso podíamos afirmar nosotros porque la mirada interior ya se sabe, siempre queda para cada uno.
La comunidad del Country estaba apenas enterada de lo que sucedía en términos generales y nadie, prácticamente, de los detalles. Yo los supe por una serie de casualidades, la menor de las cuales era la de compartir una especie de amistad con Rubén que fue creciendo a partir de responsabilidades mutuas en el desarrollo del campeonato de fútbol. Él era la estrella sin la cual el equipo no funcionaba y yo quien estaba a cargo desde el punto de vista del manejo del fútbol del Country. De manera que poco a poco se fue franqueando en parte, y el resto pude unir yo mismo los puntos con observaciones parciales que, una vez enmarcadas en la situación general adquirían sentido y se comprendían. Por el resto, nadie seguía ni la vida de las tres afortunadas féminas, ni las finanzas de Rubén con tanto detalle como para anoticiarse de las idas y vueltas, ni revolcones de cada uno de ellos. Otro que pudo haber maliciado algo era el marido de Julia, su mujer tan cambiada para mejor, pero si lo hizo no se enteró nadie. E indudablemente amigas pero externas a nuestra comunidad, las invitadas desde luego, otras muy probablemente.
Hubo situaciones que pudieron haber afectado aquel equilibrio tan inestable. Porque inestable lo era: bien mirado era obvio que no podía seguir así, tan práctico, utilísima para siempre. Elisa era la más consuetudinaria, usuaria prolija de los servicios del Super Pancho. Si hubiera sido por ella, las cosas podrían haber seguido idénticas in eternum. Mujer práctica e inteligente, ya las hormonas relativamente aquietadas y los sentimientos encausados se hacía servir su ración y dos veces por semana lo consideraba sumamente adecuado. Con Julia era otro el cantar. No tanto por lo más joven que lo era apenas. Pero se había tomado el asunto gradualmente más en serio. Su matrimonio era un fracaso estrepitoso no tanto por lo dramático o exterior sino por el hondo vacío y desinterés que le propinaba su marido, sumergido en sus negocios, finanzas y, casi seguramente amantes temporarias. De manera que la bella cuarentona iba sumándole ingredientes a la relación con Rubén, algunos de los cuales eran reales –regalos para el cumpleaños y fiestas que el galán recibía con grandeza y actitud de prócer-, cartitas y melindres. Y otros, fruto puramente de su imaginación, en la que florecían fantasías que le reservaban un lugar exclusivo en la cama y los pensamientos de aquel a quien cada vez más consideraba una especie de novio o amante.
Por su parte Anabella era mucho más prosaica, como correspondía a su edad, y a los no pocos novios que circulaban por su vida y lecho. Pero también había un lugar especial en su corazoncito reservado para Rubén. En primer lugar, innegada, no ocultable, reconocida directa o implícitamente, la completitud. El éxtasis que le producían aquellos interminables centímetros ingresando (y egresando claro) a y de su cuerpo joven no podía ser empardado por ninguno de los pálidos yuppies por los que se dejaba seducir en las tardes capitalinas. Pero no era sólo eso. Ella apreciaba las dotes espirituales que sabía reconocer en el galán campestre: simple pero íntegro, recio pero tierno, previsible y a la vez sorprendente en su creatividad, inesperada precisamente en aquella personalidad aparentemente tan predecible.
Milagrosa o sabiamente no traspasaban la sutil barrera del bien común. Ninguna se planteaba acciones que le procuraran ventajas en el corazón de Rubén. Las tres tenían todo tipo de cortesías y arrumacos hacia él pero respetaban la base del arreglo tripartito, intuyendo que ese triángulo era el que definía la relación y que mejor dejar las cosas tal como venían funcionando que intentar cambios que pudieran arruinar lo que tanto significaba para cada una de ellas.
La completitud y vale la pena ahondar –en fin– en ese concepto tan vital en aquellas relaciones iba mucho más allá de lo que nosotros los varones podemos imaginar. Son hormonas que usualmente duermen o no aparecen sino muy esporádicamente las que son llamadas a escenas cuando se produce la visita a zonas nunca exploradas y más si es una visita sabía y bien educada. Y las hormonas, cuando empiezan a recorrer un cuerpo femenino de esa manera, parece que generan éxtasis y conocimiento profundo, místico a veces. Allí es cuando el puro placer físico torna en espiritual. Es sabiduría que asciende desde las partes bajas e inunda el cerebro, tras haber pasado por el corazón. Es el tipo de experiencias a las que nadie puede ni quiere renunciar una vez degustadas.
Asi que las tres tenían más, bastante más, puesto en aquella relación de lo que hubieran admitido en público y aún se decían a sí mismas.
Todo tiene que terminar pero mientras estamos puestos a ello no queremos enfrentar esa certidumbre o hacemos creer que esta vez será la excepción, cuando la pregunta no es si sucederá sino cuándo. Hay situaciones básicamente estables, y otras que están esperando cualquier accidente para desarmarse, deshacerse y dispersar a sus componentes. Algún factor cambiará algún día ineludiblemente y como esas construcciones que constan de miles de piezas de dominó, cuando la primera se mueve, todas terminan por hacerlo.
El escándalo, la ira, los gritos y desafueros de Elisa surgieron recién el martes siguiente, día de visita. No podía creer que nuestro galán se hubiera amancebado con la joven sin decir ni una palabra. La tenía viviendo con él y no había habido advertencia alguna para la matrona que se consideraba burlada cuando entró a la casa. Allí los vio bien juntitos, en el sillón del jardín, la noche estaba tibia. Abrazados tomaban mate. Cuando Elisa apareció en escena, Rubén no se apuró en despegarse más bien lo hizo al rato. La presentó
- Esta es Norma, mi prima no sé si la conocés.
Se dieron un beso de cortesía. Rubén murmuró algo al oído de la joven y tomando del codo a Elisa la guió hacia adentro. Aquello fue un desastre. La mujer inquiría, cuchicheando y preguntando lo que era de obvia respuesta. El joven daba alguna explicación poco precisa como suelen darla ahora, y se apresuraba a desvestir a su compañera y hacerlo él mismo. Por fin pudieron consumar pero no fue nada satisfactorio para la dama madura. Esto era, si alguna vez lo había vivido, como ir a hacerse atender por un escort varón: poco tiempo, la mente en otra cosa, caricias fingidas y el viejo mete y saca. No era lo de siempre, todo cambiado y para peor.
CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES
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