Tirón de orejas

*Lo inaceptable y lo revelador en la crítica del gobierno norteamericano a Néstor Kirchner por el acto de Chávez contra Bush en Buenos Aires.

Fue una reacción tardía, pero dura. Nicholas Burns, la voz de la Secretaría de Estado que mejor maneja el lenguaje de la suavidad y la mesura, reprochó al gobierno argentino por el acto que encabezó Hugo Chávez cuando George W. Bush estaba en Montevideo.

Pero la dureza de la recriminación no estuvo tanto en las palabras como en la ocasión: fue durante una conferencia de evaluación de la gira de Bush por la región. Y en este punto hay razón en la reacción argentina. El tercero de la cancillería norteamericana, después de Condoleza Rice y Thom Shannon, transgredió un límite diplomático  al plantear públicamente al embajador José Octavio Bordón lo que debió plantearle en privado.

No obstante, la contracrítica argentina tiene algunos puntos débiles. Es cierto, como dijo el ministro Aníbal Fernández, que si Chávez hizo actos en el propio territorio norteamericano, entre ellos uno en Manhattan donde lo más suave que dijo de Bush es que era “un borracho” y un “demente”, por qué no tendría en la Argentina la misma libertad de expresión.
 
Pero en este punto, si algo es indudable es que el gobierno norteamericano no auspició de ningún modo los actos de Chávez en los Estados Unidos, limitándose a tolerarlos; en cambio, ¿alguien puede creer que el gobierno de Néstor Kirchner no tuvo en absoluto que ver con el acto en Ferro?
Una constante en el discurso del presidente argentino es su denuncia contra la hipocresía. ¿No es hipócrita, además de inútil, negar algo tan evidente?

En América latina, sólo Cuba, Bolivia y la Argentina le dan a Chávez los escenarios que siempre reclama para autoproclamarse como líder regional y defenestrar a Bush con su discurso exuberante.


Y la voluntad de autoproclamación queda a la vista en las formas y los contenidos de sus actos. Por caso, si el presidente venezolano hubiera dado aquel día en Buenos Aires una conferencia explicando por qué el modelo de integración que él propone es beneficioso para la región, y detallando razones por las cuales considera negativo el Tratado de Libre Comercio que impulsa Washington, sus críticas a la gira de Bush como intento de dividir arteramente la región hubieran  tenido un marco totalmente respetable.

Pero lo que hubo no un acto académico acorde con una investidura oficial y con su carácter de visita oficial en otro país, sino un discurso de barricada con una catarata de insultos contra el presidente norteamericano; y más allá de que Bush merezca varios de esos insultos, lo que nadie puede pretender es que en Estados Unidos no haya reacción alguna.

Ahora bien, si como señalan ciertos rumores, la embajada norteamericana en Buenos Aires propició reuniones para alentar críticas y cuestionamientos al gobierno de Kirchner, en eso sí hay una clara e inaceptable injerencia en los asuntos internos que debe ser abiertamente denunciada.

No es difícil imaginar actividades de ese tipo, porque el accionar de embajadores norteamericanos actuando como virreyes en la vida interna de otros países, ha sido una constante a lo largo de la historia.

Pero volviendo al tirón de orejas que Nicholas Burns le dio al embajador Bordón como mensaje a la Casa Rosada, lo más interesante es que la queja estuvo acompañada de un elogio. El funcionario del Departamento de Estado exaltó la colaboración argentina en temas altamente estratégicos para Washington, como la estabilización de Haití, los votos contra el proyecto nuclear iraní en la Organización Internacional de Energía Atómica, la lucha contra el terrorismo en el mundo y contra el narcotráfico en la región. Precisamente por toda esa colaboración, a renglón seguido la reclamó al gobierno de Kirchner “coherencia en la amistad”.


Por cierto, “coherencia en la amistad” no debe significar alineamiento irrestricto equivalente al sobreactuado servilismo de la era Menem. Sin embargo, Argentina debería replantearse los alcances y consecuencias del doble juego al que apuesta el gobierno, al colaborar con Washington en lo estratégico y, al mismo, tiempo dar escenario a la desmesura caricaturesca de Chávez y su artillería de insultos.


Muchos países de la región mantienen buena relación con el presidente de Venezuela sin prestarle los servicios escénicos que sólo le prestan Cuba, Bolivia y la Argentina.

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