Ahmadinejad, el líder iraní al que admira Maradona




  • Perfil ideológico y religioso del presidente de Irán al quiere  conocer el astro argentino del fútbol.


  • Su militancia juvenil, su camino hacia el poder y la acción gubernamental con la que despierta el fervor de los que se identifican con cualquier forma de anti-imperialismo.

Mahmud Ahmadinejad se convirtió en presidente de la República Islámica de Irán, en junio del 2005 con sólo 49 años de edad, como resultado del fracaso del gobierno reformista que encabezó Mohamed Jatami. Un fracaso inducido por el alto clero islámico ultraconservador, que saboteó sistemáticamente las políticas aperturistas del gobierno y los proyectos de leyes que la mayoría reformista impulsaba desde el Majlis (Parlamento).



 


Ahmadinejad era un hombre humilde, laborioso y honesto pero, fundamentalmente, estaba bendecido por el ayatola Alí Jamenei y la dirigencia más fanática y dura del régimen.


 


Esos sectores ultraconservadores lo ayudaron a convertirse en alcalde de Teherán, cargo desde el cual mostró toda su repulsión por las políticas de los reformistas. Y si Mohamed Jatami, en sus tiempos de  ministro de Cultura, había llenado la capital iraní de centros culturales, además de apoyar el cine independiente y la creación libre en las demás ramas del arte, Ahmedinejad cerró todos los centros culturales y convirtió esos edificios en espacios públicos de oración.


 


Muchas otras medidas del alcalde de Teherán levantaron grandes polémicas, como por ejemplo la censura de una campaña publicitaria de afiches callejeros en la que el futbolista inglés David Beckham aparecía en pantalones cortos. Pero cada una de sus embestidas moralistas acrecentaba el apoyo que le daba el liderazgo ultrareligioso y los sectores más conservadores del régimen.


 


De él se sabía que en la década del setenta militó en los grupos estudiantiles islamistas que protestaban contra la “revolución blanca”, el intento de imponer una occidentalización forzosa con que el despótico sha Reza Pahlevy terminó de hundir la antigua monarquía persa. Y se decía que en el 79, integró las turbas que ocuparon durante largos meses la embajada norteamericana tomando al personal diplomático como rehén.


 


Mostrando su compenetración con las banderas del fundador de la República Islámica, el ayatola Ruholla Jomeini, Mahmud Ahmadinejad integró las milicias basijis (grupos de choque ultraislamistas) y se alistó como voluntario en la “Santa Defensa” (como llaman los iraníes a la larga guerra contra Irak), donde habría combatido con tanto fervor que terminó integrando uno de los cuerpos de elite de los Guardianes de la Revolución.


 


La muerte de Jomeini dio lugar al crecimiento de los sectores reformistas, cuyas propuestas reflejaban los deseos de apertura y de libertades públicas que expresaban grandes franjas de la juventud iraní.


 


También apoyaban las luchas de los estudiantes secundarios y universitarios reclamando más ciencias y menos religión en los claustros académicos.


 


Los moderados y los reformistas ganaron, desde mediados de los noventa, todas las elecciones conformando la mayoría parlamentaria en el Majlis, y respaldando al presidente Jatami, un intelectual experto en el pensamiento y la obra de Montesquieu, y favorable al pensamiento crítico y la distensión en las relaciones de Irán con los países árabes y con Occidente.


 


Pero todas las iniciativas reformistas y aperturistas del Majlis y del presidente fueron saboteadas por la máxima autoridad religiosa, el ayatola Alí Jamenei, paralizando al gobierno hasta hacerlo fracasar.


 


Y cuando los estudiantes universitarios se rebelaron exigiendo reformas y apertura, las turbas fanáticas se abatieron sobre ellos ante la pasividad de Mohamed Jatami, un presidente paralizado por el temor a que Irán se sumerja en la guerra civil.


 


Muchos iraníes que votaban a los reformistas empezaban a convencerse de que los ayatolas y los ultraconservadores jamás los dejarían gobernar. Por eso empezó a crecer la candidatura de Ahmadinejad, el joven alcalde fundamentalista que tenía la bendición del alto clero y de todos los grupos fanáticos del régimen por ser un abierto enemigo de los reformistas.


 


Para ganar la elección presidencial, Ahmadinejad recibió una ayuda más del poder religioso. El Consejo de Guardianes de la Revolución, entidad que decide arbitrariamente quien puede y quien no puede ser candidato, prohibió las postulaciones de los reformistas más conocidos y respetados por la sociedad.


 


De 1.014 candidatos, el Consejo de Guardianes vetó 1007 candidaturas de las listas para legisladores, alcaldes y presidentes.


 


En la competencia presidencial, todas las encuestas vaticinaban el triunfo de los reformistas, pero los vetos del poder religioso dejaron  en carrera sólo al ultrareformista Mustafá Moing, a quién era impensable que el alto clero dejara siquiera asumir el cargo, y al ex presidente Alí Akbar Hashemí Rafsanjani, a quien impulsaba un sector moderado pero que se había vuelto impopular por el origen turbio de la gran fortuna que amasó a la sombra del poder.


 


En ese escenario pudo imponerse la candidatura del mimado por el poder ultrareligioso que hizo campaña repitiendo la consigna: “Irán no hizo la revolución para hacer la democracia”. Y desde la presidencia, Ahmadinejad volvió a encarrilar al país en la senda de dogmatismo religioso y confrontacionismo interior y exterior que marcó Jomeini.


 


Cuando estallaron rebeliones en las universidades demandando apertura y libertad académica, el presidente los reprimió con la policía y con esas turbas de jóvenes que insultan a las chicas que no usan hejab (velo) y a los muchachos que visten jeans y otras prendas occidentales.


 


La renta petrolera le ha permitido a Ahmadinejad una política de asistencia importante a los sectores más pobres de la sociedad, pero su beligerancia y sus declaraciones explosivas, como la negación del holocausto, el llamado a borrar a Israel del mapa y la realización de un congreso de humoristas para burlarse del genocidio cometido por los nazis, han frenado las inversiones generando inmensas dudas sobre el futuro cercano de la economía iraní.


 


Por cierto, su furia anti-norteamericana y anti –occidental partirá aguas y le dará, incluso en Occidente, admiradores y seguidores.


 


Lo curioso es que muchos se consideran de izquierda, a pesar de que Ahmadinejad es ultra-religioso y moralista, además de partidario de la censura para “preservar” la salud mental y espiritual del pueblo.


 


A mediados del año que está concluyendo, el presidente al que quiere conocer Maradona pronunció un discurso que lo describe ideológicamente, porque en él exhortó a los estudiantes a delatar a sus maestros y profesores que tengan ideas seculares y simpatías con la cultura occidental.


 

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