Alfredo De Angeli: del anonimato al estrellato televisivo


  • Conocé las seis razones por las que el dirigente de la Federación Agraria de Entre Ríos resulta tan carismático en la pantalla.

No hay argentino que no lo conozca. Su rostro y su voz son reconocibles en todo el territorio de la República. Venía de ser un ciudadano anónimo para quien no estuviera directamente vinculado a la producción agropecuaria. Su imagen creció hasta el punto de alimentar dislates como la sospecha de sus opositores de que pueda llegar a ocupar el sillón de Rivadavia en las próximas elecciones. Alfredo De Angeli consiguió la proeza mediática de escalar a la cima de la popularidad en menos de 80 días. ¿Cómo lo hizo? Sin duda, con un carisma televisivo sorprendente. Si se lo hubieran preguntado dos meses atrás, ni él mismo habría imaginado que, fruto de un reclamo sectorial, la gente empezaría a llamarlo “Alfredo”; así, sin apellido, como a las grandes estrellas de la tele: Mirtha, Marcelo, Susana.


 


Pero lo cierto es que el dirigente de la Federación Agraria de Entre Ríos sedujo de tal modo a las cámaras que los titulares de las cuatro entidades del campo tuvieron que acordar el 25 de mayo último que De Angeli se sumara a la lista de oradores en el acto realizado en Rosario; aunque más no fuera, en calidad de “autoconvocado”. Negarle la palabra en el multitudinario encuentro habría sido un pecado de lesa comunicación. La TV esperaba su discurso con la ansiedad del hambriento ante un trozo de pan. En la pantalla, De Angeli atrae. En la planilla del rating, De Angeli mide. En el rebote en los medios gráficos, De Angeli da títulos.


 


La pregunta del millón es la siguiente: ¿Por qué se convirtió Alfredo De Angeli en el niño mimado de la tele? Yo sugiero media docena de razones:


 


De entrada, explicó el reclamo de los productores agropecuarios en un lenguaje comprensible para todos. Apostado en una ruta del interior del país, tradujo los términos de una herramienta de política económica como son las retenciones móviles a un idioma más amigable para quienes desconocemos los tecnicismos que dominan los iniciados.


 


Se mostró bien dispuesto para recibir a la prensa. Habló, siempre, con cuanto medio le acercara un micrófono o una cámara. Sin embargo, tuvo la prudencia de no dejarse encandilar por las luces de la tele: cuando creyó necesario desplazarse del epicentro mediático del conflicto, Gualeguaychú, para atender las asambleas que se desarrollaban en otras localidades, privilegió su misión de dirigente empeñado en conseguir un beneficio para el sector sobre su incipiente estrellato televisivo.


 


Maneja la oratoria con destreza: cuando está frente a las multitudes, arenga; cuando concede una entrevista, baja el tono de voz, apela a la expresión llana y al decir paciente que el imaginario colectivo atribuye a la gente criada en el campo; a medida que las asambleas televisadas corrieron el riesgo de aburrir a la audiencia, incorporó a sus dichos el infalible aditamento del humor. Más aún, cuando el atractivo mediático de las horas de vigilia en la ruta amenazaba con decrecer, hizo declaraciones que les dieran un título a los medios. Por caso, el día que a sabiendas de que su propuesta no podría concretarse, desafió al ex presidente Néstor Kirchner a debatir con él en la TV. Y no se ahorró la frase que lo dejaría libre de la sospecha de soberbia: aclaró que Kirchner es un universitario y él, “un gringo” cuya educación formal no superó el séptimo grado de la escuela primaria.


 


Comprendió rápido que la TV está hecha para el gran público y que en ella se juegan el rechazo o la simpatía de la opinión pública. Así, puso especial cuidado en ganarse el favor de las clases medias urbanas y evitó los gestos y las palabras que pudieran alejarla. Un ejemplo: enseguida advirtió que las medidas que trajeran aparejado el desabastecimiento o los alimentos pudriéndose en las rutas como sucedió en los primeros días del reclamo, tendrían mala prensa. ¿Qué hizo entonces? Convenció a los asambleístas de evitar ese tipo de acciones susceptibles de irritar a los habitantes de las grandes ciudades.   


 


Durante la mayor parte del largo conflicto, habló con firmeza pero sin agresiones; se mostró enérgico pero jamás crispado. Y apenas percibió que la queja del gobierno por el tenor de su discurso del 25 de mayo último podía ganar terreno en la opinión pública, actuó como un valiente: disculpándose. “Si me zafé, pido perdón”, dijo. Y fue aplaudido, una vez más.


 


Hasta el momento, mantiene la prudencia de hablar únicamente sobre el tema que lo ha llevado a la pantalla. A diferencia de otras figuras que aterrizaron en la tele por un reclamo puntual _por ejemplo, Juan Carlos Blumberg_ y en un suspiro se largaron a opinar sobre el mundo y sus alrededores, De Angeli se muestra cauto. Por tentadora que le resulte la tendencia mediática a consultar cual oráculo a las figuras que dan rating, él no se deja deslumbrar por el Olimpo de las cámaras, siempre fugaces,  y mantiene su verba con los pies en la Tierra. Al fin y al cabo, sus intereses se juegan antes en la tierra cultivada que en el veleidoso cielo televisivo.

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