Argentina entre las dos veredas latinoamericanas

Hasta aquí, el gobierno kirchnerista se había mantenido en un punto equidistante entre los dos modelos de gobiernos centro-izquierdista que rigen en Sudamérica.

Coqueteando con uno y otro mantuvo cierta ambigüedad, también presente en su acción gubernamental, con algunos rasgos de socialdemocracia liberal y otros que son típicos de los nacionalismos autocráticos y populistas, que hoy enarbolan un discurso clasista.

Pero el sismo político desatado por el aumento de las retenciones y las grietas que se han abierto en la sociedad, parecen colocar a Cristina Kirchner en la disyuntiva de salir de la mitad de la calle avanzando decididamente hacia alguna de las dos veredas.

Una de esas izquierdas produce liderazgo de estadistas y clase dirigente, en su afán de superar el sectarismo clasista desde un progresismo de matriz liberal. La otra se mantiene en el clasismo y por eso produce liderazgos caudillistas.

Cuando un país está en manos de un caudillo, una porción significativa de la sociedad (que normalmente es mayoritaria) ama y defiende con fervor al líder, concediéndole inmensas cuotas de poder.

Pero la contra cara de este amor ferviente, es el odio visceral que le profesa el resto de la sociedad. Al punto que el nivel de amor al gobernante suele ser directamente proporcional al nivel del odio que despierta, aunque las proporciones sociales sean diferentes.

En síntesis, al caudillo se lo ama o se lo odia, por lo que la sociedad que rige inexorablemente se divide, y su poder de basa y fortalece precisamente en la fractura. En cambio el estadista no tiene el amor de unos y, por lo tanto, tampoco el odio de otros. Su poder se basa en el respeto generalizado a su investidura.

El caudillo ejerce un liderazgo sectorialmente fuerte, por lo tanto alimentado exclusivamente de la confrontación; mientras que el estadista tiene más fuerza institucional que sectorial, por lo que su liderazgo es de armonización y no de confrontación.

En el marco de la confrontación caudillista, el escenario político es siempre un campo de batalla, todo lo que no está en su trinchera necesariamente está en la trinchera enemiga y la única negociación posible es la que establece condiciones a la capitulación de ese enemigo.

En la política de los estadistas, la mesa del diálogo y la negociación reemplaza al campo de batalla porque su poder se basa en la armonización y no en la confrontación.
 
Por cierto, armonizar intereses no implica claudicar en el objetivo esencial de toda izquierda: la búsqueda del equilibrio social y la construcción de una sociedad igualitaria, pero en la comprensión de lo que Aristóteles planteó al definir la justicia “como la igualdad de los hombres en lo que son iguales y la diferencia en lo que son diferentes”.

Para la izquierda caudillista, la armonización de intereses implica una capitulación ideológica, por lo tanto sólo la confrontación la mantiene ideológicamente pura. De este modo, para la izquierda caudillista todo lo demás es “derecha”, incluida la otra izquierda.

La izquierda liberal-progresista atenúa su esencia igualitarista en pos de su valoración de la diversidad y el pluralismo como partes también esenciales de la vida democrática. Mientras que la izquierda caudillista entiende por democracia el gobierno de la mayoría.

El retorno al concepto de “voluntad general” elaborado por Jean Jacques Rousseau, pero adulterado mediante el liderazgo fuertemente personalista que el iluminista ginebrino siempre despreció, es lo que distingue a los regímenes mayoritaristas de las democracias plurales.

Una de las izquierdas latinoamericanas es mayoritarista, en la medida en que sus regímenes implican la marginación y el choque como único modo de relación del poder mayoritario con las minorías.

El caudillismo mayoritarista tiene más raíz en la historia latinoamericana que el progresismo liberal. Por eso, al igual que en sus expresiones conservadoras, el caudillo tiene más base en la cultura política y el mayoritarismo es normalmente confundido con la democracia.

Para la izquierda confrontacionista, todo lo demás es derecha. O sea, el terreno de lo abyecto y despreciable. Incluida la otra izquierda.

Por cierto, en el espectro conservador-derechista y liberal- conservador de América latina, se da exactamente la misma división. Esa que hoy se ve claramente en la izquierda regional por estar ella en la mayoría de los gobiernos.

Las dos izquierdas no confrontan entre sí, pero están claramente situadas en veredas diferentes. Una tiene como principal exponente al venezolano Hugo Chávez y practica una versiones radicalizadas de clientelismo político y estatal- populismo, en el marco de un capitalismo corporativo donde, siguiendo el modelo ruso, ganan los empresarios que se vinculan al poder y pierden los que se mantienen al margen.

La otra tiene como principal exponente al gobierno centro-izquierdista de Chile y al pensamiento de Ricardo Lagos como más clara expresión.

Lagos, el hombre al que el mexicano Carlos Fuentes definió como “el único estadista latinoamericano”, acepta que la marcha hacia el equilibrio social dentro de su modelo es más lenta, pero la señala como un camino más genuino y avanzado, por basarse en la democratización de la educación y el conocimiento; lo que él llama “modelo neocelandés”.

El gobierno argentino intentó situarse en un punto equidistante, con rasgos de una y otra izquierda, y quedó en el medio de la calle que separa las dos veredas.

Las últimas medidas adoptadas, así como el discurso de la presidenta y su sísmica consecuencia, crearon un escenario un escenario marcado por la fractura, por lo que su disyuntivas es suturar la división al precio de anotarse una derrota, o profundizarla en el intento de afianzar su perfil mayoritarista.

El sismo político desatado ha puesto a temblar la calle. El gobierno ya no podrá permanecer en la mitad de la calzada. Y avanzar hacia una vereda o hacia la otra es hoy su debate existencial.

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