Cacerolazos: ¿Quién dijo que los inventó la tele?



  • Las protestas con ollas y sartenes que se vivieron en las dos últimas jornadas no fueron un invento de la televisión sino una realidad de la que ella dio cuenta. Si la TV dejara de informar sobre lo que sucede, tarde o temprano, se estaría suicidando.


 


Los cacerolazos que estallaron tras el discurso de la presidente Cristina Kirchner lo demostraron: de la nada, la televisión no puede inventar nada. Y al sol, tampoco puede taparlo con la mano.


 


De tanto repetir que lo que no está en la tele no existe, se corre el riesgo de creerla omnipotente. Hay políticos, funcionarios, empresarios, aspirantes a famosos y hasta simples televidentes propensos a atribuirle a la pantalla más poder del que tiene. Que es un medio tan masivo como influyente, nadie lo pone en duda. Pero de ahí a pensar que está en sus manos construir la realidad, la distancia se vuelve abismo.


 


Largas horas pasé estos días mirando los canales de aire o de cable que nos ofrecían información sobre el conflicto del campo. Desde la vasta cobertura de TN, con móviles en las diversas localidades del país donde se registraban cortes de rutas, hasta los noticieros de Telefe o los de Canal 13 y la extensa transmisión que condujo Mónica Gutiérrez, primero en el noticiero de América y luego en la señal América 24, anteayer, nada escapó a mi interés de ciudadana. Seguí con atención las placas de Crónica TV, sus transmisiones “en vivo y en directo”, los compases de su legendaria marchita. A golpe de control remoto, pasaba luego a los envíos de Canal 26 o a la CNN en español, por caso.


 


Veía y escuchaba, obviamente: para eso está la tele. Hasta que en un momento, ya no pude escuchar. Fue anteayer, instantes después de las 20. Entonces un batifondo metálico mezclado con estruendos de bocinas se coló en la tranquilidad de mi departamento, que ni siquiera da a la calle, y me quedé mirando la pantalla donde los periodistas decían palabras que no alcanzaba a oír. No entendí qué pasaba. Hice un zapping vertiginoso. Vicio de espectadora, quería que la tele me explicara lo que estaba ocurriendo a metros de mi casa. Confieso que me llevó un ratito advertir el absurdo que estaba protagonizando: ¿por qué quedarme inmóvil en un sillón frente a la pantalla en vez de ir a mirar los hechos en el sitio donde ocurrían?


 


Antes de salir a la calle, caí en la tentación de hacer un zapping más: entonces me topé con la placa de Crónica TV, el canal que tomó la delantera en el anuncio de que las cacerolas habían ganado la calle. Estaba claro: lejos de inventar el descontento de los ciudadanos, la tele cumplía con su papel de informar.


 


Ya en la vereda, el panorama era el siguiente: la gente, en los balcones, dándole duro a los cacharros; los automovilistas, a bocinazos limpios; los transeúntes desprovistos de ollas y sartenes, batiendo palmas. Encontré a los vecinos de mi barrio deliberando en una esquina. Me uní al corrillo para saber lo que decían. Ninguno hablaba de las retenciones. Tampoco hacían alusión al precio de la soja. No contaban las hectáreas de la abundancia ni se mostraban preocupados por el fantasma de un inminente desabastecimiento. Relataban, en cambio, sus penurias de clase media castigada.


 


La creciente inflación iba de boca en boca. Una mujer que acusó 52 años de edad hizo pública su preocupación por haber renunciado al servicio de medicina prepaga, que su bolsillo ya no puede afrontar. La pérdida la angustia, dijo, porque su hija que es instrumentadota en un hospital público le relata el calvario de las esperas para conseguir turno en cirugía. Otro vecino, padre de dos adolescentes, vociferaba sus dos temores dominantes: el miedo a la inseguridad y al aumento de las expensas. Apenas dijo “expensas”, la suya fue una causa común: quien más quien menos, la mayoría se veía, a mediano plazo, como morosos forzado por las circunstancias. De pronto, llegó Vero, una joven de mi edificio. Tiene un marido, un hijo pequeño y una beba. Viven los cuatro en el departamento de dos ambientes que pueden alquilar. Como la mayoría de los que estábamos en esa esquina, a la soja, Vero sólo la ha visto en milanesa; en materia de tierras, sólo posee la que entra en la maceta de un potus. ¿Qué hacía Vero allí, apoyando el reclamo de lo que Luis D´Elía llama la oligarquía? ¿Qué hacían los demás? ¿Serían, acaso, piqueteros de la abundancia? Me permito dudarlo. De lo que estoy segura, en cambio, es que no fue la tele la que los impulsó a ganar la calle.


 


Anoche, la relación entre el cacerolazo y la tele tuvo idéntica forma. A las 20, el barullo volvió a dejarme sin poder oír las voces que salían del televisor. No fui a la calle. Me dediqué a hacer zapping. A las 20.10, Crónica TV volvió a dar cuenta de los hechos: “Cacerolazo en avenida Santa Fe y Callao”, anunció una placa, cuando las cacerolas ya retumbaban en muchas otras esquinas. A las 20.16, la pantalla se hizo eco del resto de las protestas: “Cacerolazo en Barrio Norte, Palermo y Belgrano”. A las 20.37, América 24 dio paso al móvil que cubría la protesta en la Plaza de Mayo. Tres minutos más tarde, Telenoche, se ocupaba del tema.


 


Es evidente: los cacerolazos no han sido una creación de la tele sino un hecho. La televisión tenía dos opciones: dar cuenta de ellos o renunciar a la obligación periodística de informar. Los cacerolazos fueron una noticia y de la tele, esperamos que además de entretener, nos informe. Que nadie tema: aunque quisiera, la TV sería incapaz parir la realidad a su antojo. Pero que nadie se ilusione: aunque quisiera, la TV no podría tapar el sol de una enorme noticia con la mano, ni con vanidades ni con policiales ni con el pronóstico del tiempo. Si lo intentara, tarde o temprano, la TV se estaría suicidando.

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